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Juan Eladio Palmis.
Lunes, 9 de enero de 2017
juan eladio palmis

Jubileo en Caravaca

[Img #14052]En la media que el cristianismo se fue haciendo menos judaico y más griego, aumentaron los ídolos y las idolatrías hacia las imágines, hasta extremos de crearse verdaderos problemas sociales por los partidarios de ellas o no, porque las gentes empezaron a adorar las imágenes como si fueran divinas en sí mismo. Pero aquí, acá, cuando estamos adjudicándole masa a los neutrinos, no tenemos ese caso de rivalidad en esta obediente y sobrada de euros para nuestra salvación, cortijá murciana, donde, respondiendo al unísono ante el sonido del cuerno eclesial, o el canto alegre de los pastores, la tradicional alegría del año sabático judío, llamado año jubilar por aquello del disimulo, con euros para emborrachar de por medio, de esos que no duelen gastar porque son públicos, llega una vez más a Caravaca, cuando todavía nada sabemos de las cuentas del anterior jubilo, del cual solo sabemos que fueron gastos gastados al estilo eclesial español, otro nuevo gran jubileo que, como todas las proposiciones del clero, llevan emparejado, según los medios, unos tremendos beneficios económicos, en los que solo las gentes adelantamos unos pocos euros públicos, para después recobrarlos con creces.

 

Como quería, porque deseaba saber hasta dónde puede llegar la desfachatez de la cortijá y su mafia apostólica perulla, aunque solo fue por instantes, tiempo y deferencia que tuve para él, no así para el señor rey, durante segundos presencié en la pequeña pantalla un apostólico encuadramiento en el que se veía al presidente imputado de la cortijá murciana entre dos cruces, una a estribor, otra a babor, y él en medio, en una iconoclastia de piadosa primera división, seguramente diciéndonos a los cortijeros (escucharlo no lo escuché) que fuéramos nenes buenos, que nos dejáramos joder con alegría y optimismo porque al fin y al cabo en este mundo estamos de paso, y el Mar Menor, por decir algo, por nombrar algo, como mejor está, es como está: Muerto.

 

Este año jubilar coincidente con el lento proceso y procedimiento de intentar verter alegría justiciera en la cortijá, según un jubileo popular totalmente diferente pero no indiferente, aunque parezca lo contrario en muchos cortijeros, viene como pedrada en ojo de boticario a los palmeros, mariachis, seguidores y estado mayor de la citada mafia apostólica perulla de la cortijá, porque si ya cada uno de los años pasados nos costó a las arcas públicas una cáscara blanca y ovalada, por esa otra vía de la alegría pastoril que significa el jubileo caravaqueño, por ese son de cuernos templados al fuego entre cánticos de pastores (coño, si ahora resulta que la mayoría de los pastores son moricos), vamos a saber lo bien y engrasado que funciona un entramado, el de la cortijá murciana, donde pasan los años y no pasa naica y nadie devuelve lo trincado, o restaura lo jodido.

 

Helena, la madre del barbilampiño Constantino el Grande, que según algunas lenguas murió sin papeles ni de emperador ni de cristiano aunque hayan querido algunos otra cosa y por eso lo etiquetaron con aquello de grande, fue, aquella mujer, que con muy buen tino comercial llegó a santa, sin tener en cuenta que la gente persa eran mayoritariamente zoroastros que adoraban el fuego porque servía para guisar y calentarse por la noche y los días fríos, cuando arrasaron Jerusalén allá por el siglo IV, difícilmente hubieran dejado intacta la madera de la cruz donde el cristianismo vaticano centraba, desde unos pocos años de antes, la simbología de su religión.

 

Pero dice la crónica, como si fuera un medio de comunicación subvencionado actual, que quince años después de estar perdida la citada cruz, la mami de Constantino dijo que la cruz había aparecido, no solo el madero, sino los clavos, la lanza de un soldado romano, la esponja y la corona de espinas, todo un hallazgo al completo del que dio fe la ciencia del momento de su autenticidad.

 

Con semejante hallazgo en las manos, no solo es que se potenció en fama la calidad del hierro fundido en los hornos orientales, porque más de trescientos años son años ya para entonces para cualquier hierro, sino que lo emotivo del hallazgo fue que nadie tuvo, como si fuera ahora, pelotas a discutir la más mínimo respecto a lo difícil que resulta semejante aparición.

 

Y claro, volviendo a nuestros tiempos actuales, si son miles los peregrinos que vienen de todas partes del mundo a la llamada jubilar a Caravaca con los bolsillos llenos porque es, según, un turismo selecto, no es nada fácil ver dónde está la necesidad de que nos cueste millones al erario público algo que podrá redimir a los pecadores, pero a los que no tienen pecado, a lo mejor no les hace ninguna gracia.

 

Y mucho menos a los verdaderos pastores de ahora, que seguro, en la cortijá muy pocos tendrán papeles y contrato en regla, pero si ubicados dentro de la regla generalizada de la estafa social que están resultando todos los partidos políticos, gobierne quien gobierne.

 

Salud y Felicidad.

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