El pueblo griego ha perdido el favor de los dioses del
Olimpo y anda como alma en pena a la deriva en un angustioso camino que conduce
a ninguna parte, es decir, a la muerte sin sentido.
Cuenta Herodoto en sus viajes por Egipto en el siglo V antes
de nuestra era que los griegos tomaron de los egipcios sus dioses removiéndoles
el nombre. Homero nos refleja en sus relatos La Odisea y La Ilíada como sentían
los antiguos griegos el mundo. Los dioses, pobladores del Olimpo, eternos,
bebedores de néctares, dirigían la vida de los hombres aunque en asamblea
dejaron claro que muchas desgracias que los hombres creían provenían de los
dioses eran el fruto de la propia estupidez humana.
En aquellos gloriosos tiempos los griegos eran hombres
amantes de la lucidez, que ensalzaban a los sensatos y se conducían por la
voluntad de los númenes cuya observancia, plegarias y sacrificios les deparaban
una vida menos estropeada y arrastrada de lo que puede ser en otro caso.
Hoy los griegos están huérfanos de los grandes hombres.
Ninguno de los líderes de los partidos entronca con esa tradición ancestral. Y
es que los griegos de ahora han perdido el favor de los dioses. El Olimpo les
ha abandonado. La codicia del euro ha sido un canto de sirenas que les ha
colocado en un callejón sin salida. Era pan para hoy y hambre para mañana. Y
ahora parece que no tienen ni Odiseos, ni Pericles, ni Solones dechados en el
arte de la sensatez y sabiduría que les alumbren el camino de salida. Todos en
fila india sin futuro hacia el infierno como borreguitos en manada. Pobres griegos.
La caída de ese canto de sirenas que euro-hechiza a las
multitudes y las sume con la promesa de la salvación en su contrario, parece
que vendrá, no por Grecia, sino por Iberia, o Hispania, la tierra de los
conejos según la llamaron los remotos fenicios. Aquí parece que toca liberar la
gran batalla pero no porque el actual íbero sea mejor que el griego sino porque
la rueda de la fortuna detiene su flecha en este punto.
Un decreto del Olimpo va a poner fin a la eurocracia
devolviendo las cosas al estado de naturaleza. Los dioses quieren recuperar su
ascendencia sobre los hombres, pero pronto seremos el campo de Agramante en
donde será difícil distinguir quien está de cada lado en tan turbulenta
batalla.
Los estoicos lo sentenciaron, el que cumple su destino es
conducido por él, el que se resiste es arrastrado.
Grecia es arrastrada porque no acepta su destino. Toneladas de sufrimiento se ahorraría si hubiera cogido el toro por los cuernos y tomado el camino de retorno a su naturaleza, mirar hacia el Olimpo y no seguir los cantos de sirenas.