Érase una vez un hombre, sentado
a una mesa, que contemplaba el ir y venir de los transeúntes en una ciudad, que
aquí vamos a llamar Otravezconlaroja, ciudad
cuya principal característica era la estupidez de sus ciudadanos, pero que
nadie se sienta ofendido, porque este relato es totalmente una ficción,
cualquier hecho en él que guarde alguna similitud con la realidad es pura
coincidencia.
Decía que se encontraba un hombre
sentado a una de las mesas de un café en el centro de Otravezconlaroja, para hacer honor a la verdad, tenemos que decir
que era el más popular de todos los cafés, popularidad esta que se la debía a
que allí se solían reunir los políticos antes de entrar a los plenos que
celebraban una vez por semana y en los que se suponía que debatían sobre
cuestiones, nada banales, en relación con los intereses de la ciudad y de sus
ciudadanos, hemos de decir que estas cuestiones eran para el escaparate, nunca
sabríamos lo que se cocía en la trastienda.
Nuestro hombre no era ni
político, ni nada que se le pareciese, pero al decir verdad tampoco era otra
cosa que un hombre, según defendía éste ante sus contertulios: tres indigentes
y un gato que solían pasar todas la mañanas para sacarle un café a nuestro
filósofo, el gato, como habrán podido adivinar no venía por el café, sino por
los restos del mollete que nuestro hombre se solía jalar para mantener bien
alto el placer que producen las costumbres y tradiciones en el abigarrado mundo
de lo cotidiano; tampoco era, para ser exactos y fieles a la verdad, nuestro
hombre, un filósofo entendido como tal, bueno, como se entiende el concepto de
ser filósofo según los términos y cánones establecidos por la Real Academia de
Filosofía que en Otravezconlaroja estaba
establecida para garantizar que los filósofos asociados tuvieran su cobertura
laboral asegurada.
Así que nuestro hombre no era
nada más que un hombre, que tampoco era un indigente, ni un gato, ni otra cosa
que, puede ser, un paseante en corte, pero sin pertenecer a ésta, más que nada
porque algo ácrata era este nuestro hombre que apesadumbrado se quejaba,
aquella mañana, sin que él tuviera este vicio, el de quejarse, de que aquello
que habían dado en llamar crisis era todo un cuento creado para que los
poderosos de Otravezconlaroja se
enriquecieran todavía más a costa de los sudores y los esfuerzos de la clase
obrera, que había creído, o mejor dicho, a la que habían hecho creer, que
pertenecía a la clase burguesa dominante desde hacía algunos lustros, cosa esta
que había que dejar bien clara, según la última reunión de los más poderosos,
grupo al que habían bautizado con el nombre de R20, quizás la idea del nombre
saliera de la cabeza de una gran lumbrera y a la que respaldaba la burguesía
porque ésta luminaria les proporcionaba cuanta luz necesitaban para ver bien en
el oscuro camino que habían decidido recorrer con el fin, no menos luminoso, de
poner a la clase obrera en el lugar que le correspondía, según los criterios,
como es evidente, de la clase dominante.
Se quejaba nuestro hombre que no
era ni filósofo, ni nada parecido, ni comulgaba con cánones establecidos, de
que aquella lumbrera hubiera tenido en suerte convencer con su pobre discurso a
los que lo mantenían para tal fin, y no era esto lo peor, sino que había
conseguido, tergiversando y manipulando los enunciados y usando según lo que
quería decir, determinadas palabras que
cambiaban el mensaje pero no su fin, convencer a la clase obrera de que
la responsable de aquel desaguisado llamado crisis era
ella.
Ya eran tiempos de nuevo de sumir
en la miseria a esa clase productora, base de toda sociedad, y que mantenía los
pilares de Otravezconlaroja sin la
menor protesta ya que estaba confundida por el buen discurso demagógico, y casi
dogmático inventado por el mayor de los intelectuales del reino al que, en uno
de esos arranques de grandeza que suelen tener ciertos iluminados
intelectuales, se le había ocurrido crear una especie de mito basado en el
imperio romano y surgido tras haber recordado la frase de “pan y circo”, que
con toda seguridad pusiera en práctica más de un César, y que fuera inventada
por otro poeta de aquel tiempo, quizás también luminaria del poder romano como
fuera Juvenal. Así que nuestro actual genio creador del discurso y el método
para oprimir a los obreros haciéndoles creer culpables de sus desmanes, creó
para entretenimiento de éstos el fútbol y en plena caída económica, y en pleno
latrocinio que el pueblo burgués perpetraba sobre el pueblo obrero condenándolo
a la miseria y colocándolo de nuevo el escalón más bajo de la pirámide, se le
ocurrió que se celebraría la Eurocopa, para
mantener tranquila a la población y ocultar hechos controvertidos, como el robo
a gran escala que se estaba realizando expropiando a los obreros de cualquier
derecho adquirido tras las grandes luchas, que décadas antes se habían
sucedido.
Nuestro
hombre da al gato el resto del mollete, y a los indigentes el café que de
costumbre es bien recibido por éstos, y los ve alejarse avenida abajo hacia sus
refugios de cartón bajo el Arco del Triunfo junto a la fuente de Neptuno donde
unos miles de desalmados celebran la vitoria de La Roja por haber vencido en el
campeonato.
-¡Míralos, qué infelices!, mientras ellos festejan ese efímero triunfo, el poder burgués asesta el mayor golpe de suerte, a partir de mañana, toda la clase obrera habrá sido reducida a la categoría de esclavos del siglo veintiuno.