Jueves, 28 de junio de 2012

La crisis, el cuento de nunca acabar

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Peter Magnus.

[Img #3337]Érase una vez un hombre, sentado a una mesa, que contemplaba el ir y venir de los transeúntes en una ciudad, que aquí vamos a llamar Otravezconlaroja, ciudad cuya principal característica era la estupidez de sus ciudadanos, pero que nadie se sienta ofendido, porque este relato es totalmente una ficción, cualquier hecho en él que guarde alguna similitud con la realidad es pura coincidencia.

Decía que se encontraba un hombre sentado a una de las mesas de un café en el centro de Otravezconlaroja, para hacer honor a la verdad, tenemos que decir que era el más popular de todos los cafés, popularidad esta que se la debía a que allí se solían reunir los políticos antes de entrar a los plenos que celebraban una vez por semana y en los que se suponía que debatían sobre cuestiones, nada banales, en relación con los intereses de la ciudad y de sus ciudadanos, hemos de decir que estas cuestiones eran para el escaparate, nunca sabríamos lo que se cocía en la trastienda.

Nuestro hombre no era ni político, ni nada que se le pareciese, pero al decir verdad tampoco era otra cosa que un hombre, según defendía éste ante sus contertulios: tres indigentes y un gato que solían pasar todas la mañanas para sacarle un café a nuestro filósofo, el gato, como habrán podido adivinar no venía por el café, sino por los restos del mollete que nuestro hombre se solía jalar para mantener bien alto el placer que producen las costumbres y tradiciones en el abigarrado mundo de lo cotidiano; tampoco era, para ser exactos y fieles a la verdad, nuestro hombre, un filósofo entendido como tal, bueno, como se entiende el concepto de ser filósofo según los términos y cánones establecidos por la Real Academia de Filosofía que en Otravezconlaroja estaba establecida para garantizar que los filósofos asociados tuvieran su cobertura laboral asegurada.

Así que nuestro hombre no era nada más que un hombre, que tampoco era un indigente, ni un gato, ni otra cosa que, puede ser, un paseante en corte, pero sin pertenecer a ésta, más que nada porque algo ácrata era este nuestro hombre que apesadumbrado se quejaba, aquella mañana, sin que él tuviera este vicio, el de quejarse, de que aquello que habían dado en llamar crisis era todo un cuento creado para que los poderosos de Otravezconlaroja se enriquecieran todavía más a costa de los sudores y los esfuerzos de la clase obrera, que había creído, o mejor dicho, a la que habían hecho creer, que pertenecía a la clase burguesa dominante desde hacía algunos lustros, cosa esta que había que dejar bien clara, según la última reunión de los más poderosos, grupo al que habían bautizado con el nombre de R20, quizás la idea del nombre saliera de la cabeza de una gran lumbrera y a la que respaldaba la burguesía porque ésta luminaria les proporcionaba cuanta luz necesitaban para ver bien en el oscuro camino que habían decidido recorrer con el fin, no menos luminoso, de poner a la clase obrera en el lugar que le correspondía, según los criterios, como es evidente, de la clase dominante. 

Se quejaba nuestro hombre que no era ni filósofo, ni nada parecido, ni comulgaba con cánones establecidos, de que aquella lumbrera hubiera tenido en suerte convencer con su pobre discurso a los que lo mantenían para tal fin, y no era esto lo peor, sino que había conseguido, tergiversando y manipulando los enunciados y usando según lo que quería decir, determinadas palabras que  cambiaban el mensaje pero no su fin, convencer a la clase obrera de que la responsable de aquel desaguisado llamado crisis era ella.

Ya eran tiempos de nuevo de sumir en la miseria a esa clase productora, base de toda sociedad, y que mantenía los pilares de Otravezconlaroja sin la menor protesta ya que estaba confundida por el buen discurso demagógico, y casi dogmático inventado por el mayor de los intelectuales del reino al que, en uno de esos arranques de grandeza que suelen tener ciertos iluminados intelectuales, se le había ocurrido crear una especie de mito basado en el imperio romano y surgido tras haber recordado la frase de “pan y circo”, que con toda seguridad pusiera en práctica más de un César, y que fuera inventada por otro poeta de aquel tiempo, quizás también luminaria del poder romano como fuera Juvenal. Así que nuestro actual genio creador del discurso y el método para oprimir a los obreros haciéndoles creer culpables de sus desmanes, creó para entretenimiento de éstos el fútbol y en plena caída económica, y en pleno latrocinio que el pueblo burgués perpetraba sobre el pueblo obrero condenándolo a la miseria y colocándolo de nuevo el escalón más bajo de la pirámide, se le ocurrió que se celebraría la Eurocopa, para mantener tranquila a la población y ocultar hechos controvertidos, como el robo a gran escala que se estaba realizando expropiando a los obreros de cualquier derecho adquirido tras las grandes luchas, que décadas antes se habían sucedido.

Nuestro hombre da al gato el resto del mollete, y a los indigentes el café que de costumbre es bien recibido por éstos, y los ve alejarse avenida abajo hacia sus refugios de cartón bajo el Arco del Triunfo junto a la fuente de Neptuno donde unos miles de desalmados celebran la vitoria de La Roja por haber vencido en el campeonato.

-¡Míralos, qué infelices!, mientras ellos festejan ese efímero triunfo, el poder burgués asesta el mayor golpe de suerte, a partir de mañana, toda la clase obrera habrá sido reducida a la categoría de esclavos del siglo veintiuno.

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