Hay veces que la mejor o la única opción es
perderse para reencontrase con uno mismo. Hay veces que coincides en el espejo,
pero no reconoces tu alma; y las alacenas y la buhardilla se van quedando vacías
de realidad para colmarse de un ser extraño que nada, y todo, tiene que ver con
tu reflejo. Una suerte de réplica impersonal, difusa, desnortada y obcecada en
tomar un ‘atajo’ que corresponde a los cadáveres que debiste sepultar hace
demasiado tiempo…
La solución es desaparecer del espejo, borrar cada
cicatriz de neutra palidez y mediocridad, aniquilar este presente que te asfixia
y rescindir esa acidez en negación que te desdice y te destruye. Cual poseso
vital incontenible, incontrolable, cual díptero empecinado y salomónico, salir
zumbando, poner mil millas de por medio y provocar un tsunami de justicia que
desdibuje la orilla infecta del piélago pretérito. Paraguas de demencia meditada
y una consciencia que se renueve en cada gota de lluvia sustantiva y nítida, –
sin interferencia exterior- que proporciona santuario donde guarecerse de la
ponzoña impropia, y de la propia.
Estoy sentado en la terraza de un hotel de alta
montaña. Truena un cielo helado, anegado de invierno a pesar de lo avanzado del
mes de julio: una tormenta de verano para la resurrección del verso dormido,
soñado. Un sueño es un comienzo y así hay que tomarlo, así hay que vivirlo: con
la naturalidad del sabor a despertares, del aroma a violetas que cantan en abril
y en cada sendero impredecible de un albor que empieza a ser posible y
alcanzable. Aún así, y gracias al gélido viento y esa lluvia de lágrimas que se
rien de uno mismo, este sueño no será desmentido por el verano más extraño pero
deseado de toda mi vida, sino todo lo contrario.
Allí, premeditado en los
soportales de ese refugio de alturas, alpino aunque no esté en los Alpes sino en
el corazón del viajero, allí se nace de nuevo. Un café bien reposado completa la
partida, la llegada, y todo lo demás. Nunca se debe dudar de un sueño cuando
tantas veces lo has abrazado despierto. Lo peor es no poder soñar. En todo caso,
un sueño resuelto es un gran avance hacia la solución de este enigma que es la
vida. Un peldaño eterno hacia la cumbre de uno mismo. El café está cargado de
voluntad propia, yo también. Estoy justo en el lugar donde tantas veces he
deseado reiniciar la memoria. Y no es una voluta de humo rancio en la insomne y
lenta madrugada, es una certeza sin huella malsana. Justo aquí, en esta terraza
apuntada hacia la cima más inconsumible, inagotable, se hacen realidad mi
anhelo, mi espejo, el deseo, el sueño. Justo aquí fluye el manantial de una vida
nueva… y aquell@s miserables
no están en ella…
El viaje ha sido agotador, inacabable. Tanta
distancia de espacio como de tiempo derrochado en sueños que se revelaron
pesadillas. Tanta penumbra como arias de sirena entre esa niebla de mezquindad e
incompetencia que todo lo plaga. La distancia vitalicia se hizo insoportable, se
hizo voracidad de egoísmo y voz neutralizada por la sombra del pusilánime. Se
hizo brecha en la fortaleza del guerrero. Consumió todo el cupo de optimismo
para una vida entera en solo unos pocos años.
Y no es cuestión de crisis económica, es la acritud
del conformismo, la inercia acomodaticia, insolidaria e insensible que nos han
inyectado desde el nacimiento. Las tinieblas se expanden imparables, se
revalidan en cada ser humano que jamás tendrá consciencia de su rareza, de su
condición de irrepetible, de sí mismo. Jamás tendrá el valor de mirarse desde
dentro, ni reconocer la nulidad de una vida diseñada para la esclavitud, el
vasallaje, el diezmo y el derecho de pernada del poder sobre esa masa informe,
muda y pobre en ambición de humanidad. Esa es la verdadera crisis que nos
aniquila. Lo otro, lo que tanto publicitan en beneficio propio, sembrando más
nubarrones negros para engrosar nuestro miedo, la crisis de los mercaderes y los
avaros, es solo el reflejo de estos tiempos de oscuridad social y de retorno al
homínido cavernario.