Últimamente no vemos más allá de
la crisis, ni siquiera yo misma (¡y con razón, es cierto!). No obstante, al
igual que para unos el fútbol constituye una forma de escapar de la ominosa
realidad española actual, la cultura, la crítica y la teorización literaria
también son ámbitos alternativos a la crisis; ámbitos que existen y que están
ahí, aunque no sean del gusto de todo el mundo. Yo os propongo con este
artículo huir un poco del famoso panem et circenses y compartir así con
vosotros una serie de cuestiones de índole literaria. ¿De qué se alimenta el
escritor? ¿Es el buen escritor que se precie un hombre de acción o es más bien
un hombre de biblioteca, ajeno a la vida y al mundo? ¿De qué materia prima se
nutre cada uno de estos perfiles? Siempre tendemos a justificar con mil y una
razones nuestros fallos o nuestra ineptitud -transitoria o no- para con alguna
tarea. Como no me siento especial ni ajena al mundo, voy a tratar de justificar
por qué a veces es tan difícil escribir o por qué no siempre el autor es capaz
de desarrollar una idea. Me circunscribo, pues, al vaivén de la vida y al tren
de los segundos, por si encuentro alguna respuesta satisfactoria o logro
suscitar alguna cuestión interna en el lector.
Siempre, absolutamente siempre, hay ideas que podemos usar a la hora de escribir. Y hay ideas desde que existe el mundo. Son muchos los autores que han escrito partiendo de una idea en apariencia insignificante, desarrollándola de modo tal, que han transformado lo que en un principio hubiera pasado desapercibido para unos, en auténtica revelación. Aquí reside la magia y al talento del escritor, que es capaz de transformar la realidad a partir de la realidad misma y de crear mundos posibles a partir de menudencias (dentro del relativismo que podemos encontrar en este término). El escritor, a la hora de trabajar, dirige su mirada “hacia afuera” y observa el mundo desde un prisma propio. Por su parte, el autor que se sumerja únicamente en sí mismo difícilmente podrá escribir e inventar (porque para inventar ha de tener un pie en la realidad). Incluso aunque escribiera un cuento de hadas.
Es más que probable que queramos escribir sobre la Segunda Guerra Mundial sin haberla vivido en primera persona. Bien, en este caso podemos indagar e intentar contar con los testimonios de quienes sí vivieron aquello y a partir de ahí elaborar toda una historia de ficción que tendrá, ineludiblemente, su base en la realidad. Es posible que queramos narrar sobre un hecho histórico que no hayamos vivido y siempre poder recurrir a libros que nos ayuden en nuestra tarea, pero será nuestra experiencia vital la que nos proporcione la clave que nos permita realizar descripciones y comprender muchas cosas del pasado, aunque no las viviéramos. “¿Y qué pasa con la ciencia ficción?” dirán algunos. Lo mismo. Absolutamente lo mismo. Aunque inventemos un mundo completamente ficticio (contando con que toda literatura es ficción, ya me entendéis) y diferente de aquél en que vivimos a diario, para desarrollar la historia partiremos, consciente o inconscientemente, de los conocimientos previos que tengamos sobre la vida y nuestra realidad. En palabras de Pío Baroja en su Prólogo casi doctrinal sobre la novela: “Es lo que ocurre con una maceta: la maceta porosa se confunde, en parte, con la naturaleza de alrededor; su superficie se llena de musgos y de líquenes, la tierra que está dentro y lo que vive en ella se nutre, respira, experimenta las influencias atmosféricas; en cambio, en el jarrón, en el búcaro vidriado, la planta y su tierra están bien aisladas, pero no hay movimientos de dentro a fuera, ni al contrario”; no hay ósmosis y endósmosis y la planta corre el peligro por la pobreza cósmica de ir al raquitismo y a la muerte. […] El escritor puede imaginar, naturalmente, tipos e intrigas que no ha visto; pero necesita siempre el trampolín de la realidad para dar saltos maravillosos en el aire. Sin ese trampolín, aún teniendo imaginación, son imposibles los saltos mortales”.
Un escritor no puede renegar de cuanto le rodea y esconderse en sí mismo renunciando a la realidad exterior, a la vida y a sus vicisitudes. Damián, amigo de los libros y de las letras en general, se refugió en sí mismo para meditar sobre sus problemas e intentar buscar solución a una racha vital crítica que le contaminó demasiado, bloqueándole por completo y convirtiéndole en un auténtico huraño. A Damián dejó de importarle la vida más allá de que la que encontraba en el área geométrica de su habitación; los problemas ajenos eran una ofensa que no merecía ser tenida en cuenta si se la comparaba con el cómputo de problemas propios. Sus días se llenaron de vidrio, un vidrio en que sólo podían dibujarse sobre el vaho su nombre y su desgracia. Así fue cómo dejó de escribir y su alma se laceró aún más. Ya no veía nada más que a sí mismo y poco a poco fue renegando de la vida y de los paisajes de lluvia dorados con tornasoles grises y azules, así como del canto de los pájaros y de los besos de algún amor prohibido. Ya no existía más literatura que su autobiografía. Dijo alguna vez Henry James: “el hombre renunciará a la novela sólo cuando la vida misma no le convenga”.