A veces ocurren acontecimientos que muestran cómo somos y
cómo entendemos la vida y, en este caso, la fe en el Dios de Jesús. Me refiero
a la actuación del cardenal Rouco Varela en relación al desalojo de las
personas desahuciadas y las que las acompañaban solidariamente en La Almudena,
que querían que su sufrimiento se visualizara desde la iglesia, porque
entendían que la comunidad eclesial conlleva la acogida, la escucha, el diálogo
y el compromiso desde la solidaridad y la justicia social.
Me vais a permitir que este acontecimiento lo rehaga para
expresar cómo me hubiera gustado que ocurriera, sin ningún tipo de acritud.
Vamos allá.
<Se ha producido un encierro de familias desahuciadas en La Almudena para que su
sufrimiento sea escuchado. Los responsables del templo se han puesto en
contacto con el arzobispado. El cardenal Rouco Varela, una vez informado, ha
pedido que nadie se ponga nervioso y que no se llamara a la policía porque es
la casa de Dios y nadie puede entrar con armas. Una vez dicho esto, se ha
dirigido inmediatamente al templo para dialogar con las personas allí
congregadas.
Una vez allí, ante el asombro de los presentes, saludó uno a
uno y se sentó con ellos, diciéndoles que quería escuchar su realidad, porque
intuía que si habían decidido estar allí congregados era porque estaban
sufriendo muchísimo. Le dijeron que habían sido desahuciadas de sus hogares y
que la no condonación de la deuda dejaba sin futuro a sus hijos. Le dijeron que
su acción no respondía no un menosprecio o falta de respeto a la iglesia, sino
una acción de desesperación, de impotencia, de no saber qué hacer ya. Le
dijeron, de todas formas, que si él creía que tenían que irse porque era una
acción inapropiada, lo harían.
El cardenal Rouco Varela se quedó en silencio unos segundos,
les pidió un tiempo para orar, obteniendo el asentimiento de los presentes.
Pasado casi media hora, volvió y les dijo: La Iglesia es acogida ¿Cómo no va a
acoger a los pobres? Dios quiere que extendamos nuestros brazos a todos los que
están sufrimiento y los abracemos y caminemos juntos. Tenemos que ser Buena
Noticia para los Pobres, como dice el evangelio de S. Lucas. Además, he leído
la segunda lectura de este domingo de 2 Corintios 8, 7.9.13-15 que habla de la
generosidad y que dice. “En el momento actual, vuestra abundancia remedia la
falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará vuestra
falta; así habrá igualdad”. En nuestra sociedad se ha instaurado la codicia, la
avaricia y la envidia. Os podéis quedar hasta el lunes y aquí tenéis a los
responsables de este templo para lo que necesitéis, aunque están un poco
desconcertados y nerviosos, que por otra parte es lógico. Lo que sí os voy a
pedir que os pongáis en aquel lugar, que no sea aquí en el altar, porque hay
personas que no lo van a entender y que pueden herir su sensibilidad y que no
acaban de comprender lo que significa la denuncia profética y lo que nos dice
el evangelio que Dios no quiere sacrificios, sino misericordia. Y, si queréis
el domingo vengo a la última misa y podemos tener presente vuestro dolor y
alzar nuestra voz, como comunidad eclesial, para que los poderosos conviertan
su corazón de piedra o de acero, como las cajas fuertes, en un corazón de amor,
justicia y generosidad y para que en sus decisiones pongan en el centro de las
mismas la dignidad de los últimos.
Al parecer la delegada del gobierno se puso en contacto con
el cardenal para poner a disposición dos unidades de antidisturbios y la
respuesta fue contundente: la gente que hay aquí son mis hermanos, no necesitan
porras ni empujones, necesitan justicia y amor. Por cierto, que los que crean
los disturbios son los financieros, los políticos corruptos y cómplices. La
gente bastante buena es que está mostrando una solidaridad perseverante y sus
protestas son muy cívicas antes las tremendas agresiones y violencias que están
sufriendo por decisiones políticas. Tal vez, lo mejor que se podría hacer es
mandar a los antidisturbios en contra de los financieros y los políticos
cómplices y no mandar a las fuerzas de orden público a controlar o sofocar las
justas reivindicaciones de la gente>.
¡Ojalá hubiera pasado así o parecido! Insisto, no lo digo con acritud, sino con tristeza y una cierta dosis de amargura. El pecado de omisión favorece a los de siempre, a los que cometen las injusticias. Nosotros siempre debemos estar al lado de los empobrecidos, de las víctimas de este sistema neoliberal, que sólo entiende de ganancias y beneficios sin límites. A veces, nos escudamos en la labor de Cáritas, que esta haciendo una labor inmensa. Pero, hay que recordar que la justicia social es personal y no se puede delegar en nadie ni en ninguna institución, en este caso en Cáritas. Y, por otro lado, también Cáritas denuncia las causas y los causantes de este empobrecimiento en todo nuestro planeta. Sin olvidar lo que dice el Éxodo 23, 6: “No negarás justicia al pobre”.