Los veranos suelen ser tiempos pródigos en vivencias. Entre
las experiencias fuera de lo común que nos puede tocar vivir está la de hallar
un vencejo caído del nido que no puede volver a él. Existen centros de
recuperación de aves silvestres en donde se hacen cargo de ellos. Muchos
confunden a los vencejos con las golondrinas, pero a diferencia de estas, sus
alas tienen forma de guadaña, su vuelo es más acrobático y sobre todo los
vencejos gozan de fama planetaria porque fuera de los periodos de crianza nunca
se posa en el suelo. Son las criaturas aladas más aéreas que existen ninguna
otra se les acerca. Todo les ocurre en el cielo, comen, se aparean, hallan
material de construcción de nidos y hasta duermen en el aire. Han fundado el
monacato de los vientos, la total consagración al dios Eolo, pues estos
pajarillos de apariencia extraña son de las rarísimas estirpes de los hijos de
un dios de la Naturaleza.
A finales de junio hallé un polluelo diminuto de vencejo en
el portal de mi trabajo; sin pluma alguna todavía creí que era un gorrión bebé
caído y muerto. Pero era vencejo y estaba vivo. Lo primero fue calmarle la sed
con gotas de agua que tomó. Darle de comer a un vencejo es complicado. Solo
digieren los insectos. Hace tres años ya cayó otro en mis manos, hallado en el
mismo sitio (¿hermano mayor de este?), prosperaba con grillos vivos y gusanos
de la harina que es fácil encontrar en tiendas de animales. Se me murió por
darle tres hormigas que resulta que portan ácido fórmico, un veneno. Esta vez
no cometería ese error, era la oportunidad de rehabilitarme como cuidador de
vencejos criando a mano esta diminuta criatura del cielo desde muy pequeño.
Tenemos por costumbre los humanos el bautizar a los animales
a nuestro cargo. Este acabó llamándose Apu, pues "Apus" es el nombre
científico de los vencejos, palabra griega que significa "sin pies",
pero le quité la s final y la palabra se identificaba con otra del quechua que
yo conocía por mi afición a la música de los Andres, "Apu", palabra
de la lengua andina que significa montaña. Es curioso, a veces los nombres no
son obra de nuestra voluntad sino especie de imposición de los númenes. Apu
resulta que fue soltado desde lo alto de la montaña más cercana a su lugar de
nacimiento por lo que el vencejo "montaña" inició su primer gran
vuelo desde una.
Los papás de Apu vinieron a finales de abril desde el sur de
Africa; abriendo surcos en el aire cruzaron más de 6000 kms de distancia, sin
escalas, para instalarse en el nido de la calle Espartero de Murcia en donde,
seguramente, desde hace varios años, crian a sus vencejitos. Terminada la cria,
resueltos los progenitores, salen solícitos de retorno sobrevolando la costa
africana oeste a pasar nueve meses haciendo picados sobre elefantes y búfalos
cuyos merodeadores insectos deben de ser plato de gourmet vencejil.
Aunque el vencejo Apu no pronunciaba palabra alguna en la
lengua humana resultó ser un gran comunicador, porque esto de comunicar no es
cruzar sonidos sino alcanzar el alma y ganar la voluntad del interlocutor y Apu
era un maestro consumado en conquistar las simpatías de todos, lo que podemos
llamar un seductor nato cuyas armas iban directo al corazón del humano. En eso
reside la magia de la interacción que los humanos hemos perdido en el camino de
nuestra evolución degenerativa.
Los vencejos tienen costumbres curiosas y así son muy
educados en cosas de ir al inodoro. Cuando tienen ganas de hacer caca, porque
nunca orinan, empiezan a caminar hacia atrás para no ensuciar el epicentro del
nido.
Con gusanos y grillos a base de tomas diarias cada hora y media
o dos el vencejillo Apu iba toman fuerza, ganando alas y peso y mostrando
nuevas habilidades.
Acercándose la fecha de la suelta empiezan a hacer
ejercicios de agitar las alas, dejan de comer o reducen mucho la ingesta. Un
vencejo es incubado durante unas tres semanas y la crianza dura unas seis mas.
En total nueve semanas en el nido. Viven en torno a 7 años y alguno ha
alcanzado los 21.
Hasta los cuatro años no alcanzan la madurez reproductiva y
ese periodo lo pasan en el aire día y noche. Ningún avión posee un piloto
automático tan sofisticado.
El vencejo paga a su criador son sensaciones y enseñanzas.
Igual que emite un pitido casi constante (pshiiiiii) idéntico al que emiten los
adultos volando pero de menor intensidad, irradia su conocimiento del cielo. En
las muchas horas pasadas con él tiempo tuve de ponerme en su piel y captar que
el océano gaseoso de la masa aerea no es para ellos invisible o transparente
como para nosotros. Perciben detalles de su medio como nosotros los percibimos
del nuestro, del suelo y yo creo que aun muchos más como el poder de percibir
las tormentas o saber a ciencia cierta por donde echar para llegar a un sitio
donde nunca has ido. El aire, el viento, no es para ello lo que para nosotros,
sino una fuerza viva en la cual se sienten mucho más a gusto que nosotros con
nuestra sensibilidad atrofiada acerca de lo que nos rodea. Morir de vencejo y
renacer de humano recordando el pasado debe inducir una depresión suicida.
Apu puso fin a su periodo de crianza por humanos a las cuatro
semanas justas de su hallazgo, saltando desde lo alto de un precipicio de
paredes rocosas, haciendo un picado de más de doscientos metros en caída,
seguramente a más de doscientos kilómetros por hora, un remonte en planeo sobre
las copas de los pinos y un giro hacia el pueblo de Los Garres en donde le
perdí de vista.
Poco se sabe de la vida aérea de los vencejos. Hallamos
vencejos caídos heridos pero rara vez vencejos muertos adultos. ¿Los disuelve
el aire transformándolo en aquello a lo que tanto se han asimilado en cuerpo y
alma?
Tal vez la magia de los vencejos, con la que he tenido la suerte de estar en contacto, haga posible tal milagro.