El Sporting de Gijón cerró la pretemporada como el Doctor Jekyll y Mister Hyde: dos equipos en uno, irreconocibles el uno del otro. Durante 45 minutos, los de Larcamón sometieron al Valladolid con un fútbol eléctrico y dos goles en menos de diez minutos. Luego llegó el segundo tiempo, y con él, algo que nadie en El Molinón habría anticipado.
En apenas seis minutos, el marcador se dio la vuelta por completo.
Una primera parte de manual: dos goles en diez minutos
Larcamón alineó un once muy cercano al que se espera para el debut liguero ante el Sabadell el lunes 17. Guillamón y Corredera formaron el doble pivote, Pablo García y Guille Rosas ocuparon los carriles, y Otero y Sarco compartieron la punta con Gelabert por detrás. En la zaga, Duñabeitia cubrió el centro ante la ausencia de Pablo Vázquez, flanqueado por Diego y Gularte.
El guion se desarrolló con una rapidez que pocos anticipaban. Antes de los cinco minutos, un cambio de orientación desde Diego hasta Guille desembocó en un centro que Gelabert condujo hasta línea de fondo. El rechace quedó en la frontal, Guillamón golpeó mordido y, sin querer, dejó solo a Otero, que batió con calidad al portero Aceves.
El Sporting no bajó el ritmo. Combinaciones cortas por dentro, llegadas por banda y cambios de orientación en largo sorprendieron una y otra vez a la defensa del Valladolid. En menos de diez minutos, Pablo García encontró el carril para centrar al primer palo y Otero volvió a aparecer, más listo que la defensa, para cruzar el balón y sentenciar la primera parte antes de que el rival pudiera reaccionar.
Gelabert fue el motor de todo. Su capacidad para bajar a recibir y servir de cara descolocó sistemáticamente la unidad defensiva rival, y el sistema de Larcamón funcionó con una precisión que, en esos minutos, hacía pensar en un Sporting muy distinto al que llegaría después del descanso.
El Valladolid recorta antes del descanso: la primera señal de alerta
El dominio rojiblanco no impidió que el Valladolid encontrara un camino de regreso antes del pitido final. A escasos segundos del descanso, un agarrón de Guille a Tomeo en un córner señaló penalti. Iván Alejo, el capitán visitante, ejecutó con un tiro ajustado a la derecha de Yáñez que, aunque adivinó el lado, no pudo detener.
Pese al gol, el Sporting mantenía su estructura. Una línea de cinco bien marcada, tres centrocampistas por delante y la presión de Otero y Sarco anulaban cada intento del Valladolid de acercarse con peligro. La sensación de control persistía, aunque cada acercamiento visitante generaba más inquietud que el anterior.
En el segundo tiempo, Yáñez protagonizó una intervención decisiva: a puro reflejo, sacó en la línea un remate de cabeza a bocajarro de Barberá que parecía gol cantado. El tipo de parada que refuerza la confianza de un equipo. Era una advertencia que el marcador aún no reflejaba, pero que el juego ya insinuaba con claridad.
Seis minutos, tres goles: el derrumbe que nadie esperaba
El empate llegó de una forma casi poética en su crueldad. Latasa robó el balón a Diego en una salida desde atrás, y Yeray aprovechó el espacio para sacar un disparo espectacular desde la frontal que entró lamiendo el palo. El 2-2 borró del mapa al Sporting en cuestión de segundos.
Lo que siguió fue un colapso sin precedentes en esta pretemporada. Cuatro minutos bastaron para que el Valladolid sentenciara: primero, Tomeo aprovechó un mal disparo de Clerc para desviar el balón y engañar a Yáñez, 3-2; después, un desajuste tremendo de los centrales dejó a Latasa solo frente al portero, que cruzó el balón sin oposición para el 4-2.
Tres goles en seis minutos. El sistema que había funcionado a la perfección durante 45 minutos se desmontó por completo, sin respuesta táctica ni anímica visible. El equipo que había dominado con autoridad desapareció en el tramo más exigente del partido.
Lecciones de pretemporada antes del debut en liga
El partido dejó evidencias en las dos direcciones. El Sporting tiene argumentos ofensivos reales cuando las piernas responden y el sistema fluye: Otero, Gelabert y la salida de balón desde Yáñez mostraron una identidad reconocible y atractiva. Un punto de partida válido para la temporada.
Las ausencias también pesaron. Gaspar, Loum, Ferrari y Jorge Sáenz se quedaron fuera por molestias o procesos de recuperación, y esa falta de profundidad en el plantel condicionó el rendimiento en el tramo final, cuando el equipo más lo necesitaba.
Larcamón tiene una semana para ajustar los desajustes defensivos antes de recibir al Sabadell. La fragilidad en la salida de balón —el punto débil que explotó Latasa en el tercer gol— y la incapacidad para gestionar el empate son aspectos que el cuerpo técnico deberá corregir con urgencia.
La dualidad que mostró el Sporting no es solo una anécdota de pretemporada. Puede ser el gran dilema de la temporada: brillante cuando todo fluye, vulnerable en cuanto el partido se complica. Cómo resuelva Larcamón esa ecuación determinará hasta dónde puede llegar este equipo en Segunda División.
