En Cabeza Ladrero, un yacimiento a un centenar de kilómetros de Zaragoza, los arqueólogos no buscan emperadores ni templos de mármol. Buscan jarras de vino, fichas de juego recortadas en cerámica y grafitos trazados sobre columnas. La Roma cotidiana, la que los libros de Historia rara vez recogen.
La ciudad que existió aquí durante 1.500 años llegó a ocupar veinte hectáreas. Luego, en algún momento antes del siglo VII, desapareció. Nadie sabe exactamente por qué.
Una ciudad en la calzada de Augusto
Cabeza Ladrero no nació romana. El yacimiento, situado en Sofuentes, dentro del municipio de Sos del Rey Católico, se fundó entre los siglos IX y VIII antes de Cristo. Tardó siglos en alcanzar su mayor apogeo, pero cuando lo hizo, llegó a ocupar veinte hectáreas. Una ciudad de tamaño medio, según los arqueólogos, cuya posición geográfica le otorgó un papel estratégico de primer orden.
Augusto la integró en la calzada que construyó entre el 9 y el 5 antes de Cristo, una vía que unía Caesaraugusta —la actual Zaragoza— con el sur de Francia atravesando las Cinco Villas. La ciudad no solo figuraba en el mapa: asumió la responsabilidad del mantenimiento y la vigilancia de ese tramo de camino.
La prueba más elocuente de esa importancia son los miliarios. En menos de treinta kilómetros de calzada, los investigadores han localizado más de veinte. Para el arqueólogo Ángel A. Jordán, esa concentración «nos está marcando un interés enorme por parte de la administración provincial romana por el mantenimiento de ese tramo concreto de la vía».
La Roma de barro: lo que esconden las excavaciones
El equipo que excava Cabeza Ladrero desde 2016 tiene un objetivo declarado: encontrar la Roma que no aparece en los manuales. No la de los emperadores con toga ni la de los templos de mármol, sino la de las personas corrientes que vivían, bebían y se aburrían.
Los hallazgos respaldan esa búsqueda. El objeto más frecuente en las excavaciones son las jarras. Su abundancia apunta, según Jordán, a «una sociedad en la que la gente se emborracha». No como dato anecdótico, sino como retrato de una comunidad que celebraba, compartía mesa y organizaba su tiempo libre.
Parte de ese tiempo libre incluía los juegos de mesa. Los arqueólogos han recuperado hasta cuatro fichas fabricadas con fragmentos de cerámica recortada y pulida hasta darles forma circular. Objetos sencillos, casi improvisados, pero cargados de significado: alguien los hizo para entretenerse, no para la posteridad. Y junto a ellos, grafitos trazados sobre columnas de mármol. Expresiones espontáneas que demuestran que el arte callejero no es un invento moderno. «Te venía un chaval y te hacía un grafito en plena columna de mármol», describe Jordán con una sonrisa implícita en sus palabras.
La necrópolis habla: amor, maltrato y hambre
Durante ocho campañas, el equipo concentró buena parte de su trabajo en la necrópolis. El objetivo era construir una imagen completa de la experiencia romana en la zona, distinta a la que ofrecen otros yacimientos cercanos. Lo que encontraron resultó más complejo de lo esperado.
Hay casos que emocionan al equipo: enterramientos que muestran cuidado, respeto y afecto hacia los muertos. Gestos que atraviesan los siglos y resultan reconocibles.
Pero la necrópolis también guarda sombras. Algunos restos presentan indicios de maltrato físico, y otros muestran señales de malnutrición, incluso en niños. Jordán lo resume sin dramatismo: «Hemos localizado elementos que nos llevan a pensar en malos tratos o gente que las pasó canutas de hambre». Añade, con cierto alivio, que varios de esos niños sobrevivieron y siguieron adelante. El resultado es un retrato social que no idealiza ni condena. Solo describe.
El misterio del abandono: fuego, peste o saqueo
Antes del siglo VII, Cabeza Ladrero dejó de existir. No de forma gradual y documentada, sino de manera abrupta y sin explicación clara. Una ciudad con agua, tierras fértiles y posición privilegiada simplemente desapareció.
La campaña de 2025 busca respuestas. Los indicios más recientes apuntan a un final violento: cenizas y restos de incendio aparecen en distintos puntos de la calle principal, lo que abre la hipótesis de un ataque de los bagaudas, grupos rebeldes que saquearon varias ciudades del valle del Ebro durante los siglos V y VI.
La otra teoría es epidémica. En el siglo VI, la llamada plaga de Justiniano devastó el Imperio. En algunas regiones, los investigadores estiman que pudo matar hasta el 25% de la población. Ninguna hipótesis está confirmada. Ambas siguen sobre la mesa.
¿Corrupción romana en las millas?: un detalle que no pasa desapercibido
Entre todos los hallazgos, hay uno que provoca una sonrisa incómoda. Las millas romanas oficiales medían 1.481 metros. Los miliarios de Cabeza Ladrero, sin embargo, marcan aproximadamente 1.400. Una diferencia de unos ochenta metros por tramo.
Jordán no descarta la explicación más humana posible: «Los romanos eran muy buenos ingenieros, así que igual el contratista quiso ahorrarse unos dinerillos y lo hizo de esa forma». Nadie puede probarlo. Pero la sospecha tiende un puente entre el pasado y el presente que ningún libro de texto logra construir.
La campaña de 2025 continúa excavando. Quedan muchas preguntas sin respuesta, y probablemente cada respuesta traerá nuevas preguntas. Eso, en el fondo, es lo que hace relevante a Cabeza Ladrero: no habla de un Imperio abstracto, sino de personas concretas que jugaban, bebían, amaban y, quizás, también hacían trampas. Como cualquiera.
