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Natalia Carbajosa se detiene en mitad del camino, saca su libreta y anota un verso que nadie más ha escuchado aún

by Paula Gutiérrez
20 de agosto de 2026
in Sin categoría
Poeta Natalia Carbajosa junto a su bicicleta en un camino empedrado, anotando versos en un cuaderno durante el ocaso otoñal

Natalia Carbajosa, detenida en un sendero empedrado entre árboles otoñales, captura un verso efímero en su libreta bajo la cálida luz del atardecer.

A veces Natalia Carbajosa frena la bicicleta en mitad del camino, saca la libreta que lleva siempre encima y anota un verso que todavía no existe para nadie más. Es poeta, traductora y profesora, y su vida entera parece transcurrir en ese espacio donde el lenguaje deja de ser una herramienta para convertirse en algo más parecido al conocimiento. Entender cómo se construye esa forma de estar en el mundo exige volver al principio.

Una infancia de bibliotecas y libros prestados

Natalia aprendió a leer a los siete años. Poco después, aprendió a escribir. Pero antes de la escritura vino algo más fundamental: el ritual de los sábados por la mañana en la biblioteca pública de Zamora. Devolver dos libros y salir con otros dos. Una cueva del tesoro que se renovaba cada semana.

Sus primeras lecturas fueron tan variadas como reveladoras. Gloria Fuertes y Ana María Matute convivían con Julio Verne, Mujercitas y los cómics de Mortadelo y Filemón. Entre ellos no había jerarquía alguna. Todos contribuían a construir lo mismo: una relación con los libros que, décadas después, permanece intacta.

Ese vínculo no tardó en transformarse. La lectura voraz de la infancia fue derivando, de forma casi natural, hacia la escritura. La adolescencia trajo la necesidad de responder a lo que se leía, de encontrar en las palabras propias un eco de las ajenas. La escritura llegó como consecuencia lógica, no como decisión deliberada.

El descubrimiento de la poesía como territorio propio

Durante la adolescencia, Natalia leyó menos en cantidad pero con mayor precisión. Descubrió a Machado, a Juan Ramón Jiménez, a los poetas de la Generación del 27 y, más adelante, a los grandes nombres de la poesía hispanoamericana. Las lecturas dejaron de ser exploración sin mapa para convertirse en búsqueda.

En la universidad, junto a otros compañeros, fundó una pequeña revista literaria: su primer espacio de comunidad creativa, el lugar donde comprendió que su voz natural era la lírica. Ha explorado el relato y ha hecho incursiones recientes en el teatro, pero su escritura siempre regresa al mismo cauce.

Para ella, la poesía no es exactamente un género. Es un acontecimiento. Algo que sucede y transforma, que llega sin avisar a través de una imagen cotidiana, un recuerdo o un objeto cualquiera. Esa definición dice mucho sobre cómo vive y cómo trabaja.

Traducir poesía: el arte de elegir qué se pierde

Cuando Natalia llegó a Cartagena en 1999 con 27 años, encontró en la Universidad Politécnica un contexto aparentemente alejado de la poesía. Era profesora de Lenguas Modernas, doctora en Filología Inglesa, y necesitaba tender un puente entre su labor docente y su escritura creativa. La traducción fue ese puente.

Lleva más de veinte años dedicada a la traducción poética y ha traducido más de veinticinco libros, principalmente de poesía angloamericana del siglo XX. Entre sus trabajos más recientes figura su labor como cotraductora de la obra de Ana Blandiana, poeta rumana galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2024.

Traducir poesía es un ejercicio permanente de equilibrio entre técnica e intuición, explica. Cada verso exige una solución distinta. Cada palabra obliga a decidir qué se sacrifica para que algo esencial permanezca. No hay fórmulas: solo criterio, escucha y la conciencia de que toda traducción es también, inevitablemente, una interpretación.

La poesía no se posee, se frecuenta

Los grandes temas que recorren su obra son los de siempre: el amor, la pérdida, la incomunicación, la belleza, el paso del tiempo. Temas que no envejecen porque no tienen solución. La poesía los frecuenta sin pretender resolverlos.

Por eso lleva siempre una libreta encima. A veces frena la bicicleta en mitad del camino y anota un verso; otras veces se levanta de madrugada. La mayoría de esas notas nunca se convierten en poema, pero todas forman parte de algo que ella llama la espera: ese estado de atención sostenida que precede a la escritura y que, en cierto modo, ya es escritura.

Esa misma concepción dialógica del lenguaje la traslada a su labor como coordinadora de un club de lectura en la universidad, abierto a estudiantes, profesorado y personal de administración. Allí no hay respuestas correctas. Solo miradas que se complementan.

La vida de Natalia Carbajosa invita a preguntarse qué significa prestarle atención al lenguaje, no como especialista, sino como hábito cotidiano. Quizás la libreta en el bolsillo no sea un gesto exclusivo de poeta, sino una forma de recordar que las palabras importantes suelen aparecer cuando nadie las espera, y que merece la pena estar preparado para anotarlas.

Tags: escritura creativalecturaliteraturaNatalia Carbajosapoesíatraducción
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