El Córdoba CF marcó primero, dominó los primeros minutos y llegó al descanso con el marcador igualado. Aun así, perdió en el último suspiro. Otra vez.
El 3-2 en El Plantío ante el Burgos no es solo un resultado: es el cuarto arranque liguero consecutivo de Iván Ania al frente del equipo blanquiverde y la cuarta derrota. Caras nuevas, proyecto reforzado, destellos de buen fútbol… y el mismo desenlace de siempre.
Un arranque prometedor que engañó a todos
El Córdoba salió a El Plantío con una idea clara: presionar desde el primer segundo. Víctor Sánchez, el gran fichaje del verano, fue el protagonista inmediato. Apenas había transcurrido un minuto cuando ya obligaba a Ander Cantero a una parada a bocajarro. El sevillano, que hace apenas siete meses competía en Tercera Federación, no tardó en justificar la apuesta del club.
La apertura del marcador llegó al minuto 11. Víctor recogió el balón y lo sirvió en bandeja para Diarra, que armó un reverso seco que mordió el césped antes de colarse en la portería local. El Córdoba mandaba y lo sabía.
Carracedo estuvo a punto de ampliar la ventaja con un latigazo que rozó el palo, y Cantero volvió a responder con otra intervención de mérito. La sensación era de superioridad real, no de espejismo. Ania había apostado por equilibrar calidad y recorrido en el mediocampo: Isma Ruiz como ancla, Diarra liberado para atacar espacios, Eder García en un rol más creativo. El planteamiento funcionaba. Por ahora.
El Burgos despertó y volteó el marcador
El partido giró en cuestión de minutos. Álex Forés igualó al 24 aprovechando un error de Juan Gutiérrez, que no logró ganarle la carrera al delantero valenciano en el segundo palo tras un centro de Curro Sánchez desde la izquierda. Un despiste puntual con consecuencias inmediatas.
El Burgos no tardó en ir a por la remontada. Ignasi Vilarrasa, exjugador del propio Córdoba, ganó metros por la banda izquierda y puso un balón tenso al corazón del área. La zaga blanquiverde no logró despejarlo con contundencia, el rechace quedó muerto y Javi Llabrés, con tiempo para pensar, colocó el 2-1 con calma.
En apenas quince minutos, el Córdoba pasó de dominar a resistir. El mediocampo se convirtió en un desierto, las bandas dejaron de funcionar y las imprecisiones se multiplicaron. El equipo que había comenzado el partido con autoridad parecía incapaz de encadenar dos pases seguidos. La fragilidad defensiva, ese problema que ya se conoce de sobra en El Arcángel, volvía a asomar.
El empate sobre la bocina y la ilusión del descanso
Parecía que el Córdoba se marcharía al descanso tocado. Pero el fútbol reservaba una última vuelta de tuerca. Sobre la bocina del primer tiempo, Juan Gutiérrez ganó un balón en el costado y lo dirigió hacia dentro. Egoitz Muñoz protegió la acción y, en la frontal, Eder García apareció para enganchar un voleón a media altura que supuso el 2-2. El gol llegó en el minuto 50, justo antes del pitido del árbitro.
El vestuario cordobés recibió el descanso con la sensación de haber sobrevivido y con argumentos para creer en la remontada. Aunque el empate in extremis ocultaba los problemas estructurales que el equipo había arrastrado durante todo el primer acto: las grietas defensivas seguían ahí, igual que la incapacidad para sostener el dominio inicial. Llegar al descanso con tablas no borraba lo que se había visto.
El golpe definitivo en el último suspiro
El segundo tiempo comenzó con más control cordobés. Ania buscó blindar el resultado con la entrada de Álex Martín y Carlos Albarrán en los minutos finales, intentando cerrar los espacios que el Burgos comenzaba a encontrar. La precaución llegó tarde.
En el minuto 90, Mollejo —uno de los recién incorporados por Sergio Francisco— ganó la carrera a Rubén Alves y desnudó a la defensa blanquiverde. David González apareció en el área pequeña para cabecear a placer y poner el 3-2. El VAR revisó la jugada, pero no cambió el resultado. El último gesto del Córdoba fue un intento de chilena de Diego Percan que no llegó a ningún sitio: una imagen que resumía el tramo final, el de un equipo que llegó tarde a todo cuando más importaba.
La maldición de los estrenos y el problema defensivo de fondo
Cuatro temporadas, cuatro derrotas en el partido inaugural. El dato ya no puede atribuirse a la mala suerte ni a la casualidad. Iván Ania ha perdido los cuatro arranques ligueros al frente del Córdoba CF, y este último quizás es el que más duele porque el equipo mostró destellos reales de calidad ofensiva.
El problema no está en la capacidad de generar ocasiones. Está en lo que ocurre cuando el rival tiene el balón. Las transiciones rápidas del Burgos encontraron una y otra vez los mismos espacios, las mismas carreras sin vigilancia, los mismos errores de posicionamiento. No es un accidente: es un patrón.
Sin mejorar el nivel defensivo, las aspiraciones en la categoría de plata serán limitadas. El propio resultado lo dice con claridad: el Córdoba marcó dos goles en Burgos y aun así perdió. Eso invita a preguntarse cuántos partidos puede permitirse regalar de esta manera un equipo con aspiraciones reales, y si este ciclo de estrenos fallidos es el síntoma de algo más profundo que ningún fichaje de verano ha logrado corregir todavía.
