El 6 de septiembre de 2024, el Roig Arena abría sus puertas con titulares ambiciosos y una pregunta sin respuesta clara: ¿podría cambiar realmente la escena musical de una ciudad que durante décadas había visto pasar las grandes giras de largo?
Un año después, los números hablan solos. Un millón y medio de visitantes, más de 300 eventos, y artistas que van de Rod Stewart a Quevedo —que reunió a más de 19.000 personas en una sola noche— confirman que algo ha cambiado. Pero el debate de fondo va mucho más allá de las cifras de asistencia.
Una ciudad que durante décadas se quedaba fuera del circuito
Durante décadas, València no era una opción real para las grandes giras internacionales. El problema no era el público. Era la infraestructura: sin un recinto capaz de responder a las exigencias técnicas, de producción y de aforo de los grandes espectáculos, la ciudad sencillamente no entraba en los planes de los programadores.
El modelo de las giras ha cambiado de forma radical. Los grandes artistas apuestan hoy por menos fechas, despliegues más complejos y estadios reformados para ofrecer experiencias únicas, lo que ha elevado el listón de lo que una ciudad necesita para estar en el circuito. En España, ese listón lo marcaban el Palau Sant Jordi de Barcelona y el Movistar Arena de Madrid. Quien no tenía algo comparable quedaba fuera, y València llevaba años en esa situación.
Los números del primer año: 1,5 millones de personas y un récord inesperado
Las cifras del primer año superaron cualquier previsión. El recinto esperaba recibir un millón de visitantes en su primer ejercicio y llegó a 1,5 millones, con más de 300 eventos entre conciertos, espectáculos, partidos del Valencia Basket y citas corporativas.
El cartel musical reflejó una diversidad poco habitual para una sola sala: La Oreja de Van Gogh, Judas Priest, Aitana, Hans Zimmer, Rod Stewart, Joaquín Sabina, Pet Shop Boys. El récord lo estableció Quevedo, que reunió a más de 19.000 personas en la pista principal en una sola noche. Estos datos se inscriben en un contexto más amplio: según el Anuario SGAE, la música en directo acumula un 77,1% más de recaudación respecto a antes de la pandemia, con solo un 20,6% más de asistentes. El público gasta más por concierto, y el modelo del evento-experiencia se consolida.
Por qué el Roig Arena ha cambiado las reglas del juego local
Uno de los factores que más destacan los profesionales del sector es la calidad de sonido del recinto. Fuentes especializadas, incluido un promotor que trabaja en varias ciudades españolas, lo señalan como un elemento diferenciador real frente a otros espacios.
El promotor Daniel Molina, de Just Life Music y director del Deleste, apunta en el Anuario de la Música Valenciana 2025 que el recinto ha permitido atraer «conciertos y artistas internacionales que antes no contemplaban la ciudad por falta de infraestructuras adecuadas». Eso se traduce en visitantes, pero también en imagen de ciudad. La llegada del Roig Arena coincide, además, con la mayor crisis de espacios al aire libre para grandes conciertos en València: no resuelve ese desequilibrio, aunque abre una ventana para que las promotoras locales mantengan su línea de negocio.
Lo que el éxito no resuelve: el ecosistema que sigue faltando
El impacto del Roig Arena admite dos lecturas. Ha elevado el techo de la escena, permitiendo recibir artistas que necesitan grandes aforos. Pero no ha modificado el suelo: las salas pequeñas y medianas siguen sosteniendo el tejido cotidiano de músicos, promotores y público sin que su situación haya mejorado.
Lorenzo Melero, de Loco Club, lo explica con claridad: salas y estadios no compiten por el mismo público. El nuevo recinto es un eslabón más en la cadena —local de ensayo, sala pequeña, sala mediana, sala grande, estadio—, no una amenaza para el resto. Pero ese eslabón final no puede ocultar los que faltan en el medio. «En Valencia, faltan salas de todos los tamaños, sobre todo salas entre 100 y 300 o 400 personas», advierte Melero. Molina apunta en la misma dirección: el entusiasmo por el nuevo recinto no debería tapar un problema estructural que la ciudad arrastra desde hace años.
El caso de Conciertos de Viveros es ilustrativo. El ciclo fue durante años una referencia del verano valenciano, pero su modelo muestra hoy signos de agotamiento: lentitud institucional, dificultades para cerrar fechas y ausencia de una dirección artística sólida.
El reto pendiente: construir industria, no solo recibir giras
El promotor Rafa Jordán, de Pro21, señala la cuestión más incómoda. Las grandes giras dependen en buena medida de promotoras externas y multinacionales que controlan los principales venues europeos. València puede recibir esas giras, pero no las genera ni las controla.
Su propuesta es concreta: una «lanzadera musical» que construya un ecosistema local alrededor de las giras, en lugar de limitarse a recibirlas. Es, en el fondo, una reclamación de política cultural activa. El doble concierto de despedida de La Fúmiga —cerca de 40.000 personas en el Roig Arena— apunta en esa dirección: la música valenciana también puede escalar, aunque hacerlo de forma sostenida requiere planificación, red y apoyo institucional, no solo un recinto de gran capacidad.
El segundo año del Roig Arena llegará con nuevos conciertos y probablemente nuevos registros de asistencia. Lo que habrá que observar es si, en paralelo, la ciudad avanza en lo que el recinto no puede resolver por sí solo: las salas medianas que faltan, el modelo de Viveros que necesita renovarse y una política cultural que convierta la infraestructura en industria.
