Globos, pancartas y veinte aulas reorganizadas de un día para otro. Así recibió el CEIP Ciutat de Cremona, en Alaquàs, a todo un colegio vecino cuyo edificio había quedado arrasado por la DANA.
La riada de octubre dejó decenas de centros educativos cerrados en la provincia de Valencia. Familias dispersas, docentes que también habían perdido sus casas, aulas convertidas en barro. En medio del caos, surgió una pregunta urgente: ¿cómo se mantiene en pie la educación cuando el suelo, literalmente, ha desaparecido?
Una emergencia que no podía esperar
La DANA de octubre de 2024 dejó decenas de colegios e institutos valencianos cerrados o directamente inaccesibles. Las imágenes eran contundentes: aulas llenas de barro, patios anegados, edificios que ya no existían. Para muchas familias, la pregunta más inmediata no era cuándo volverían a la normalidad, sino si sus hijos podrían seguir yendo a la escuela al día siguiente.
Ante esa urgencia, Fundación Naturgy activó una red de Centros Educativos Acogedores. Escuelas sin daños estructurales abrieron sus puertas para que otros centros no tuvieran que parar. Algunos niños llegaron incluso a dormir en esos colegios durante los primeros días.
Lo que hace aún más significativo ese esfuerzo es el contexto en que ocurrió. Muchos docentes y familias de los centros acogedores también vivían en municipios afectados. Abrieron sus puertas cuando ellos mismos estaban atravesando la crisis. Como describe Nuria Barber, de la secretaría técnica de la red Efigy Schools, el resultado fue «bastante sorprendente» viniendo de centros que actuaron «en momentos que también eran difíciles para ellos».
El CEIP Ciutat de Cremona: acoger a todo un colegio
El CEIP Ciutat de Cremona, en Alaquàs, es uno de esos centros. Su edificio no sufrió daños, pero la tragedia llegó igualmente: muchos de sus alumnos y profesores vivían en municipios arrasados. Aun así, el colegio respondió primero acogiendo a alumnado disperso y luego asumiendo algo mucho más complejo: recibir a un colegio entero cuyo edificio había quedado destruido.
Eso supuso reubicar seis aulas de Infantil y catorce de Primaria. Los horarios se rehícieron desde cero y los espacios se reorganizaron por completo. La coordinación entre dos equipos docentes que no se conocían tuvo que funcionar desde el primer día.
Ese primer día, los alumnos del Ciutat de Cremona recibieron a los recién llegados con globos y pancartas. No fue un gesto improvisado: fue una decisión consciente de hacer que los niños se sintieran en casa. Su directora, Susana García Serra, lo resume con claridad: trabajaron «codo con codo» las dos comunidades educativas, resolviendo cada detalle, desde el comedor hasta el transporte.
De la crisis a la red: nace ‘Sumando Energías por Valencia’
La emergencia reveló algo que ya existía pero que la DANA hizo visible: una red de confianza entre centros educativos. Tras la crisis, los colegios afectados se incorporaron a la red Efigy Schools de Fundación Naturgy, formalizando esa colaboración en un proyecto llamado Sumando Energías por Valencia.
El programa se articula en dos ejes. Uno es la instalación de placas solares en alrededor de 40 centros seleccionados; el otro, un programa educativo sobre transición energética, sostenibilidad y resiliencia. Pero antes de diseñar cualquier intervención, el primer paso fue escuchar. Nuria Barber lo explica con precisión: «reunirse con los centros, escucharlos, conocer cómo han vivido la experiencia».
En el CEIP Ciutat de Cremona, el proyecto encontró terreno fértil. La iniciativa se llevó a la asamblea de representantes del alumnado, y fueron los propios estudiantes quienes decidieron que la comisión de medio ambiente del centro liderara el proceso. Los más mayores asumieron la representación y se encargaron de trasladar el aprendizaje al resto del colegio. Auditorías energéticas, talleres, consumo responsable: la sostenibilidad pasó a impregnar el día a día del centro.
Una canción compuesta con las voces de los supervivientes
El colofón del proyecto es una canción. No una pieza encargada desde fuera, sino una creación colaborativa entre una cantante valenciana y el alumnado de la Red Efigy Schools. El objetivo, según Barber, es «dar voz a estos centros de manera simbólica para que ellos colaborativamente puedan poner voz a aquello que han sentido desde esa perspectiva de solidaridad y red de apoyo y esperanza».
El proceso de composición es en sí mismo una experiencia educativa. Los estudiantes no son receptores pasivos: son coautores. Esa distinción importa. La canción no habla sobre ellos; la construyen ellos.
Cuando esté terminada, representará el cierre narrativo de la emergencia y la apertura hacia algo nuevo. Una forma de decir: esto ocurrió, lo vivimos juntos y seguimos adelante.
La lección más duradera: la resiliencia se construye en red
Lo que ocurrió en Valencia tras la DANA apunta a algo que va más allá de la gestión de una catástrofe concreta. Cuando existe una red previa de confianza entre centros, la respuesta colectiva puede ser más rápida y más efectiva que la institucional. No porque las instituciones fallen, sino porque la proximidad y el vínculo humano tienen una velocidad propia.
Una comunidad educativa cohesionada es también, en cierto modo, infraestructura de emergencia.
Esa idea invita a replantear qué significa realmente la «resiliencia escolar». Los protocolos administrativos son necesarios, pero no suficientes. Lo que el Ciutat de Cremona demostró en Alaquàs no estaba en ningún manual: estaba en la cultura del centro, en la disposición de sus docentes, en la decisión de recibir a otros con globos cuando ellos mismos estaban en medio del caos.
Quizás la pregunta que deja esta historia no es cómo se reconstruye un colegio después de una riada. La pregunta más profunda es qué tipo de comunidades educativas queremos construir antes de que llegue la próxima.
