En las tumbas de cinco princesas egipcias del Imperio Medio, los arqueólogos encontraron algo que durante décadas no supieron cómo interpretar: dagas, arcos, flechas y mazas. ¿Eran símbolos de poder o armas que esas mujeres realmente usaron?
Las momias permanecieron perdidas durante años hasta que un proyecto de conservación las redescubrió en el Museo Egipcio en 2020. Ahora, por primera vez, sus propios huesos ofrecen una respuesta.
Armas en tumbas de mujeres: un debate de décadas
Las tumbas se encontraron en Dahshur, un complejo funerario a 40 kilómetros al sur de El Cairo. Junto a los cuerpos aparecieron dagas, arcos, flechas y mazas. La pregunta era inevitable: ¿qué hacían esas armas en los enterramientos de mujeres de la realeza?
El debate dividió a los investigadores durante décadas. Una parte sostenía que los objetos eran ofrendas rituales, símbolos de poder sin uso práctico. Otros no estaban tan seguros. Sin pruebas directas sobre los propios cuerpos, ninguna postura lograba imponerse.
Las tumbas pertenecen a hijas de Amenemhat II, tercer faraón de la dinastía XII, que gobernó entre 1915 y 1880 a.C. Cuatro de las seis personas estudiadas eran hermanas. Sus cámaras funerarias eran prácticamente idénticas, y todas fueron sepultadas con objetos que la tradición asociaba exclusivamente a los hombres.
Los restos habían estado perdidos durante años. Fue un proyecto de conservación en el Museo Egipcio, en 2020, el que los redescubrió —abriendo la puerta a un análisis que nadie había podido realizar antes.
Lo que los huesos revelan: músculo, fractura y destreza
El equipo aplicó análisis biomecánico a las momias. Los resultados fueron concluyentes: las extremidades superiores de estas mujeres mostraban un desarrollo pronunciado, coherente con acciones repetitivas y de alta intensidad, como tensar la cuerda de un arco o estabilizar un arma durante el impacto.
La princesa Ita tenía entre 28 y 34 años al morir. Su musculatura en la parte superior del cuerpo era notable. Según la doctora Zeinab Hashesh, autora principal del estudio, ese perfil físico es compatible con el uso habitual de mazas y dagas.
El caso más significativo es el de la princesa Itaweret, de entre 20 y 34 años. Sobrevivió a fracturas de costillas y de pie, probablemente causadas por golpes o caídas desde altura. Su esqueleto, según los investigadores, corresponde al de una arquera experta.
La princesa Khenmet, de entre 30 y 40 años, mostraba signos de adelgazamiento óseo, aunque sus ligamentos eran extraordinariamente robustos. Otro indicio de una vida físicamente exigente.
No eran regalos simbólicos: la evidencia lo confirma
La conclusión del estudio no deja margen de duda. Las armas encontradas en estas tumbas no eran ofrendas rituales: eran herramientas que estas mujeres utilizaron de forma activa a lo largo de sus vidas.
«Esto explica directamente la presencia de arcos, flechas y mazas en las tumbas de las mujeres», afirma Hashesh. «No se trataba solo de regalos simbólicos, sino de herramientas que utilizaban activamente.»
La evidencia va más allá de las cuatro hermanas. La princesa Noub-Hotep y el rey Hor, también analizados en el mismo estudio, presentan marcas esqueléticas compatibles con el uso del arco. El patrón se repite, y eso descarta el caso aislado.
Las lesiones curadas añaden otra capa de información. Su recuperación sugiere acceso a atención médica avanzada para la época. Estas mujeres no eran figuras decorativas en la corte.
El estudio fue publicado en la revista Frontiers in Environmental Archaeology por investigadores de la Universidad Beni-Suef y el Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto.
Anomalías genéticas y vida en la corte: lo que aún falta por saber
Las hermanas compartían anomalías en la columna vertebral, rasgo que los investigadores interpretan como indicio de consanguinidad entre sus progenitores, práctica documentada en las dinastías del Antiguo Egipto para preservar la línea real. Varias presentaban también infecciones y deficiencias nutricionales. La vida en palacio no garantizaba, al parecer, una salud perfecta.
El estudio tiene limitaciones importantes. Los cráneos de las princesas se perdieron a principios del siglo XX. Los análisis de isótopos estables, que podrían revelar detalles sobre su dieta y origen geográfico, tampoco se han completado aún.
Los propios investigadores reconocen un problema de fondo: durante décadas, el foco estuvo en los objetos y las joyas, piezas de artesanía extraordinaria que fascinaron a quienes las estudiaron. Las personas que las portaban quedaron en segundo plano.
Esa omisión tiene un coste real. Si los huesos de estas princesas hubieran sido analizados antes, la imagen de la mujer en el Imperio Medio podría haber cambiado mucho antes. Vale la pena preguntarse cuántas otras historias siguen esperando dentro de colecciones que creemos conocer bien.
