En los pasillos del Museo de la Ciudad de Murcia, el tiempo no es una línea recta. Es un tejido que alguien se ha empeñado en desmallar y volver a tejer, casi a diario.
Esa alguien es Clara Alarcón Ruiz: funcionaria, directora de tres museos y autodefinida «especialista en cosas sin importancia». Una historiadora que no encaja en el molde tradicional —el de los grandes bustos de mármol y las fechas de batalla— porque lleva décadas mirando hacia otro lado: hacia las grietas donde viven las mujeres que la historia oficial nunca buscó.
Una revolución que empezó con un pantalón
Cuando Clara llegó al Museo de la Ciudad en 1999, el edificio acababa de inaugurarse. El equipo femenino llevaba uniformes de azafata: falda corta, medias de cristal. Un código de vestimenta que resumía, sin disimulo, el papel que se esperaba de las mujeres en la cultura: ser ornamento, no protagonistas.
Clara y sus compañeras decidieron ponerse pantalón. Un gesto pequeño, casi doméstico, pero en él estaba ya el germen de todo lo que vendría después: una forma de entender la gestión cultural donde las mujeres son agentes activas, no decorado.
Desde aquel primer acto de resistencia simbólica, su radio de acción no ha dejado de crecer. Hoy dirige el Museo de la Ciudad, el Belén de Puente Tocinos y el Belén Móvil de Casillas. Tres espacios distintos, una misma convicción.
El desierto yermo de la historia local
Clara tiene una expresión para describir lo que encontró cuando empezó a mirar los museos de historia local con ojos críticos: un «desierto yermo». No una laguna, no un olvido puntual. Un vacío estructural, construido ladrillo a ladrillo durante siglos.
Su diagnóstico es preciso. La memoria colectiva se ha levantado bajo el peso de coronas y magnates —reyes, héroes, batallas— mientras quienes sostuvieron la vida cotidiana, quienes cocinaron, limpiaron, criaron y cosieron, no tuvieron busto de mármol ni fecha en el calendario.
Frente a eso, Clara defiende una historia construida de abajo hacia arriba. No como concesión ni como tendencia pasajera, sino como metodología y como postura ética. Completar el relato no es solo un gesto reparador: es, sencillamente, hacer historia más rigurosa.
Del archivo al presente: mujeres rescatadas del polvo
Entre los hallazgos que Clara ha sacado a la luz hay uno que condensa su método mejor que cualquier teoría. Una limpiadora del ayuntamiento del siglo XIV reclamaba, en un documento municipal, una cuerda para subir agua del pozo. Un registro mínimo, y sin embargo en esas pocas líneas cabe una vida entera: el trabajo, la precariedad, la presencia silenciosa.
También recuperó a Rosario Bertolucci, conocida como «la japonesita murciana», ilustradora de los años veinte cuya huella estaba a punto de borrarse definitivamente. Sin la intervención de Clara, probablemente nadie la habría buscado.
El método es siempre el mismo: testamentos, registros municipales, archivos locales. Los rastros que dejaron quienes nunca tuvieron quien los custodiara. Esta labor se extiende además a través del colectivo Priscas Exaltat y de su presencia en Onda Regional, donde esa historia recuperada llega hasta el gran público.
Un museo como farmacia de guardia
Bajo su dirección, el Museo de la Ciudad ha dejado de ser un destino de excursión escolar. Es un espacio de uso cotidiano. En los largos meses del calor murciano, los vecinos entran a leer, a beber agua, a reconocer un retrato. Clara lo define, con precisión, como una «farmacia de guardia» cultural.
La divulgación que practica huye de la cátedra rígida. Un tornillo, un tipo de pan medieval, una gincana sobre el amor en el museo: cualquier detalle menor puede ser la puerta de entrada a la historia. Ella misma se define como «especialista en cosas sin importancia», porque lo grande se comprende mejor desde lo pequeño.
La perspectiva de género no es un apartado especial en su trabajo. Es el eje. Si se habla de biología, ella busca a la bióloga. Si se celebra la fundación de la ciudad, rescata a la mujer que habitaba esas calles. No como añadido, sino como condición para que el relato sea completo.
Una mirada crítica que se contagia
El legado de Clara no se mide en exposiciones organizadas ni en piezas catalogadas. Se mide en algo más difícil de cuantificar: la curiosidad crítica despertada en una ciudad. Que un murciano recorra las salas del museo y descubra que la historia también tiene nombre de panadera o de vecina es, en sí mismo, un cambio de perspectiva.
Queda, sin embargo, un reto pendiente. Esta forma de trabajar depende hoy, en buena medida, de una sola persona y de su energía. Institucionalizarla —convertirla en criterio compartido, no en excepción individual— es la tarea que ninguna exposición puede resolver por sí sola.
Y luego está la pregunta que el trabajo de Clara deja en el aire, sin respuesta fácil: cuántas historias locales, en cuántas ciudades, siguen esperando a alguien que las desmalle y vuelva a tejer. La respuesta, probablemente, dice más sobre nosotros que sobre ellas.
