En el aula de Farmacia, Marta Marín explica cómo funciona la serotonina cuando algún estudiante formula la pregunta inevitable: ¿y los psicodélicos? Para una química especialista en síntesis orgánica computacional, habituada a rastrear el movimiento invisible de los átomos, la pregunta no resulta incómoda. Resulta irresistible.
Marín lleva años moviéndose en esa frontera: entre el rigor del laboratorio y los grandes interrogantes sobre la mente humana que la ciencia todavía no termina de responder.
Una química con preguntas que van más allá de las moléculas
Marta Marín Luna es profesora titular de Química Orgánica en la misma universidad donde se formó. Allí realizó su tesis doctoral y amplió su perfil investigador con estancias en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la Universidad de Vigo y varios centros de investigación en Alemania. Una trayectoria construida con método y continuidad.
Su especialidad es la química computacional aplicada a la síntesis orgánica: rastrear cómo se forman las moléculas, cómo evolucionan las reacciones, qué recorridos invisibles siguen los átomos antes de convertirse en algo nuevo. Para Marín, la química es creación y observación al mismo tiempo, aunque rara vez se las trate como una sola cosa.
Nunca concibió la ciencia como un espacio cerrado. Desde sus primeros años de formación le interesaron la mente, la memoria y la conciencia —disciplinas aparentemente alejadas del laboratorio que ella siempre consideró parte natural de una misma curiosidad. Se reconoce heredera de los pensadores clásicos para quienes el conocimiento no tenía fronteras rígidas.
El momento en que la serotonina abrió otra puerta
El giro hacia los psicodélicos no llegó de forma abrupta. Llegó en el aula. Mientras explicaba el funcionamiento de neurotransmisores como la serotonina a sus estudiantes del Grado en Farmacia, Marín empezó a encontrar referencias constantes a estas sustancias: en preguntas de los alumnos, en documentales, en estudios recientes sobre nuevas terapias psiquiátricas.
Decidió estudiarlas con las herramientas que mejor conoce. No desde la especulación, sino desde la química, la historia de la ciencia y el análisis crítico. Un enfoque riguroso aplicado a un territorio que durante décadas ha estado rodeado de prejuicios y simplificaciones de todo tipo.
No fue una ruptura. Fue la continuación lógica de una curiosidad que siempre había mirado más allá de las moléculas: la misma científica que estudia reacciones orgánicas comenzó a preguntarse qué ocurre cuando esas reacciones tienen lugar dentro del cerebro humano.
Psicodélicos: de los rituales ancestrales al laboratorio moderno
En sus charlas de divulgación, Marta Marín propone un recorrido histórico que comienza mucho antes de los laboratorios modernos. Estas sustancias, también llamadas enteógenas, tienen una presencia documentada en rituales ancestrales y prácticas religiosas de culturas muy diversas. Su uso no es nuevo. Lo nuevo es la perspectiva científica con que hoy se las estudia, y el rigor con que esa perspectiva empieza a imponerse.
El siglo XX marcó un punto de inflexión. Figuras como Albert Hofmann —cuyo descubrimiento del LSD se convirtió en uno de los hitos de la química moderna— son referencias que Marín contextualiza con precisión. No como anécdotas curiosas, sino como momentos históricos que transformaron la forma de entender la mente.
Para ella, estas sustancias no pueden analizarse de forma aislada. Exigen su contexto cultural, social y científico, y exigen también reconocer los prejuicios que las han acompañado durante décadas: prejuicios que han dificultado tanto su investigación como su comprensión pública.
Depresión, ansiedad, Alzheimer: el potencial terapéutico bajo la lupa
Algunas de estas sustancias, muchas de ellas estructuralmente relacionadas con la serotonina, pueden influir en la percepción y en la conciencia. Eso es lo que la ciencia lleva tiempo intentando comprender con mayor precisión, y lo que Marín explica con claridad cuando aborda su potencial terapéutico.
El interés científico actual apunta a posibles aplicaciones en el tratamiento de trastornos como la depresión, la ansiedad o el Alzheimer. Líneas de investigación todavía en desarrollo, con resultados preliminares que generan expectativas pero que también exigen cautela. La distancia entre un hallazgo prometedor y una terapia consolidada sigue siendo considerable.
Marín defiende una postura clara: la respuesta responsable ante estas sustancias no es la prohibición, sino la regulación, la información y el conocimiento. Una posición que no ignora los riesgos, sino que los afronta desde la evidencia científica y el debate abierto.
La divulgación como forma de devolver la ciencia a la calle
Para Marta Marín, la investigación no concluye cuando se publica un artículo académico. Concluye cuando la sociedad comprende, pregunta y debate. La divulgación, en ese sentido, no es un complemento de su trabajo: es parte constitutiva de él, una manera de devolver a la calle lo que se investiga en la universidad.
Su perfil representa algo que aparece con creciente fuerza en la ciencia española: la científica que no renuncia a la especialización, pero tampoco a la mirada amplia. Que domina su disciplina y, al mismo tiempo, la conecta con la filosofía, la historia y la cultura.
Hay algo que articula toda su trayectoria. Explorar la materia, estudiar cómo se mueven los átomos y cómo se forman las moléculas, puede ser también una forma de explorar la mente. Esa idea, que en otro contexto podría sonar metafórica, en manos de Marta Marín es, sencillamente, química.
