Los centros de datos consumen hoy 460 TWh al año en todo el mundo —la mitad de toda la electricidad que genera Japón—. Y eso es solo el punto de partida: según Wood Mackenzie, esa cifra se multiplicará por siete antes de 2040, impulsada por una nueva generación de agentes de inteligencia artificial que podría demandar hasta 40.000 veces más potencia de cálculo por tarea que los chatbots actuales.
La infraestructura terrestre ya acusa la presión. En Estados Unidos, conectarse a la red eléctrica puede llevar siete años. El agua escasea, los costes de construcción no paran de subir, y ante esos cuellos de botella, algunas de las mayores empresas tecnológicas del mundo han empezado a mirar hacia arriba.
Una demanda que se dispara más allá de lo previsto
Los 460 TWh que los centros de datos consumirán en 2026 son solo el punto de partida. Wood Mackenzie proyecta que esa cifra alcanzará 1.280 TWh en 2030 y llegará a 3.700 TWh en 2040: un crecimiento del 703 % en catorce años, a una tasa anual del 16 %.
El motor principal es la inteligencia artificial. Los agentes de IA de próxima generación podrían requerir entre 10.000 y 40.000 veces más potencia de cálculo por tarea que los chatbots actuales. Dimensionar con precisión esa magnitud resulta casi imposible.
La expansión tampoco es geográficamente homogénea. Estados Unidos y China concentran el 78 % de la capacidad mundial planificada de nuevos centros de datos, mientras el resto del mundo compite por un espacio cada vez más estrecho en una carrera que ya tiene ganadores definidos.
Los límites físicos de construir en la Tierra
La demanda crece, pero la infraestructura no puede seguirle el ritmo. En Estados Unidos, obtener una conexión a la red eléctrica puede llevar hasta siete años. No es un trámite menor: es un obstáculo que paraliza proyectos enteros antes de que comience la construcción.
Los equipos tampoco están disponibles de inmediato. Las turbinas de gas tienen plazos de entrega que se extienden hasta 2030, y pedir hoy no garantiza recibir a tiempo.
El agua añade otra capa de tensión. En regiones áridas, los sistemas de refrigeración compiten directamente con las poblaciones locales por un recurso escaso. Los costes de construcción siguen subiendo, arrastrados por el encarecimiento de la mano de obra y los materiales. La presión es real, y no hay una solución sencilla a la vista.
El espacio como alternativa: atractivo pero tres veces más caro
Ante esos obstáculos, la mirada se desplaza hacia arriba. Los números, sin embargo, no son favorables. Un centro de datos orbital hipotético de 1 GW costaría unos 170.000 millones de dólares —más del triple que una instalación terrestre equivalente—, y los costes de lanzamiento y los satélites representan aproximadamente el 60 % de esa cifra.
Para que la opción orbital resultara competitiva, esos costes tendrían que caer un 70 %. Una reducción considerable.
Aun así, hay actores que apuestan con fuerza. SpaceX y xAI han anunciado planes para desplegar 100 GW de capacidad informática orbital al año, una cifra equivalente a diez veces la capacidad anunciada por todos los demás desarrolladores del mundo juntos. La concentración en empresas estadounidenses resulta llamativa: el resto del mundo suma menos de 0,5 GW de capacidad orbital prevista.
La caída histórica de los costes espaciales: ¿puede continuar?
La trayectoria de los costes espaciales en la última década ofrece argumentos para cierto optimismo. Los cohetes reutilizables ya han reducido los costes de lanzamiento alrededor de un 90 % respecto a los desechables —una caída que habría parecido improbable hace veinte años—, y la actividad no para de acelerarse.
En 2025 se registraron 324 intentos de lanzamiento orbital, un 25 % más que en 2024, con el 70 % realizado por operadores comerciales. Ese mismo año se pusieron en órbita 4.517 satélites —un 58 % más que el año anterior—, y el 87 % pertenecía a entidades privadas.
Se espera que las actividades de las cinco principales compañías del sector comiencen a acelerarse entre 2027 y 2028. Si los costes continúan cayendo al ritmo histórico, la brecha con las alternativas terrestres podría estrecharse. Pero «podría» no equivale a «lo hará».
Mientras tanto, la inversión en tierra no frena
La incertidumbre sobre el espacio no ha detenido el flujo de capital hacia la Tierra. Anthropic se ha comprometido a invertir 45.000 millones de dólares en tres años en SpaceX para acceder a Colossus 1, su centro de datos terrestre con 300 MW de capacidad y 220.000 GPU de Nvidia. Una apuesta cuantiosa por la infraestructura convencional.
Wood Mackenzie prevé una inversión acumulada de 9 billones de dólares entre 2026 y 2040 para construir unos 395 GW de nueva capacidad terrestre. Ese es el escenario base. Los centros de datos orbitales no figuran en él.
Robert Liew, analista de Wood Mackenzie, lo resume con precisión: los centros de datos orbitales son «una propuesta seria a largo plazo», pero por ahora siguen siendo una apuesta sobre la evolución futura de los costes, no una necesidad económica. El capital irá primero a donde la ecuación ya funciona.
Lo que venga después dependerá de cuánto y a qué velocidad continúen cayendo los costes espaciales. Si la reducción del 70 % necesaria para alcanzar la paridad llega antes de 2035, el mapa de la infraestructura digital podría cambiar de forma sustancial. Si no llega, la Tierra seguirá siendo el único tablero disponible, con todos sus límites incluidos.
