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Nobel de Medicina estudia gusanos para entender la vida humana — y tiene una teoría radical sobre Marte que pocos científicos comparten

by Dirección
29 de junio de 2026
in Actualidad
Científico anciano con bata blanca examina gusanos C. elegans bajo microscopio óptico en laboratorio universitario

Un Nobel de Medicina dedica su vida al estudio del diminuto gusano C. elegans para descifrar los misterios de la biología humana — y propone una teoría sobre Marte que desafía el consenso científico.

Gary Ruvkun llegó a Valencia con el Nobel de Medicina 2024 en el bolsillo y décadas de trabajo encima: años estudiando un gusano de apenas 959 células que muchos colegas consideraban, en el mejor de los casos, una curiosidad de laboratorio.

Lo que este biólogo molecular de Harvard encontró en ese organismo microscópico acabó siendo algo mucho más grande. La pregunta es qué puede enseñarnos realmente un gusano sobre la vida humana —y por qué Ruvkun cree que la respuesta llega mucho más lejos de lo que la mayoría de científicos está dispuesta a admitir.

El gusano que vale un Nobel

Gary Ruvkun y Victor Ambros recibieron el Nobel de Medicina 2024 por descubrir los microARN, un mecanismo de control genético identificado por primera vez en el Caenorhabditis elegans. El hallazgo ocurrió en 1993, pero tardó más de tres décadas en ser reconocido. La razón es sencilla: en aquel momento, nadie —incluidos ellos— entendió del todo lo que tenían entre manos.

«Creíamos que teníamos buen material para una charla», reconoce Ruvkun. No lo vieron como un descubrimiento revolucionario. Solo en el año 2000, cuando se confirmó que los microARN también estaban presentes en humanos, la comunidad científica empezó a dimensionar su importancia real.

El C. elegans fue elegido como modelo de estudio precisamente por su simplicidad: 959 células, cabe en un microscopio y es barato de cultivar. Esa accesibilidad no es un detalle menor. Permite hacer ciencia rigurosa sin recursos enormes, y eso —en la práctica— acelera el ritmo del descubrimiento de formas que los modelos más complejos simplemente no permiten.

Por qué los genes del gusano nos hablan de los humanos

La conexión entre un gusano microscópico y un ser humano puede parecer forzada. No lo es. Los animales comparten homólogos genéticos con nuestra especie, lo que significa que los genes del C. elegans tienen equivalentes directos en el genoma humano.

Los microARN actúan bloqueando genes del ADN, un mecanismo de control que la biología tardó décadas en valorar en su justa dimensión. Ruvkun lo atribuye en parte a un problema de comunicación: «Los genetistas no hemos sabido vender bien lo que es la genética». El genoma humano contiene unos 100.000 procesos genómicos diseñados para responder a infecciones, mutaciones y cambios ambientales. Trabajar con el gusano permite explorar esa maquinaria de forma más ágil y económica que con genomas humanos, que son complejos y costosos de analizar.

¿Podemos vivir 250 años? Lo que dice la ciencia del envejecimiento

En el laboratorio, Ruvkun logró algo que suena casi imposible: triplicar la vida de los gusanos C. elegans manipulando sus receptores de insulina. Un gusano normalmente muere al mes. Algunos de los suyos llegaron a los tres meses, lo que en términos humanos equivaldría a vivir 250 años.

Pero Ruvkun es el primero en matizar ese dato. Los gusanos longevos no vivían en condiciones normales —lo hacían en un estado de hibernación, similar al de una espora—. No era vida activa en ningún sentido reconocible. Triplicar la esperanza de vida humana de la misma forma no es posible ni deseable con los conocimientos actuales.

El envejecimiento sigue siendo uno de los grandes retos de la biología molecular. El gusano, sin embargo, continúa siendo una herramienta clave para estudiarlo, porque permite observar procesos que en humanos serían imposibles de aislar.

Una teoría radical: la vida en la Tierra llegó de otro planeta

Aquí es donde Ruvkun se aleja de la mayoría de sus colegas. Él cree que la vida llegó a la Tierra desde otro planeta. Es una postura minoritaria, y él lo sabe.

Su propuesta para buscar vida en Marte es concreta: rastrear el gen de ARN ribosómico —el más conservado evolutivamente— usando técnicas de PCR. Es la misma lógica que el científico Norman Pace aplicó en la Tierra para detectar vida en muestras de heces y barro. Ruvkun vio ese trabajo siendo investigador postdoctoral y pensó que había que replicarlo en Marte. «La mayoría de los científicos creen que lo que sucedió aquí no tiene nada que ver con lo que haya podido pasar en Marte», admite. Él discrepa abiertamente, aunque aclara que no habla de encontrar seres complejos, sino bacterias.

Musk, Marte y una crítica sin filtros

Ruvkun no tiene reparos en decir lo que piensa sobre Elon Musk. Lo llama «un capullo integral» y califica de «la tontería más gorda» la idea de colonizar Marte para escapar del fin del mundo. Intentó, sin éxito, que Musk se interesara en su propuesta científica de buscar vida marciana mediante ARN ribosómico.

Con ironía característica, sugiere que el único negocio realmente viable en Marte sería otro: enviar cadáveres humanos momificados para enterrarlos. «No hay que darles de comer ni necesitan oxígeno», razona. La broma tiene un punto serio detrás. Distingue con claridad entre explorar Marte científicamente —algo que apoya— y construir comunidades humanas allí, que considera inviable e irracional.

«Yo pasaría una tarde en Marte», dice, «pero no una década.»

Es una distinción que vale la pena sostener. La ciencia que Ruvkun representa —paciente, barata, construida sobre gusanos y décadas de trabajo— tiene poco que ver con la épica de las colonias espaciales. Los grandes descubrimientos rara vez llegan donde uno espera, ni en el momento en que uno los espera.

Tags: biología molecularC. elegansGary RuvkunmicroARNNobel Medicinavida en Marte
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