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De la lápida con QR al avatar que conversa: así está cambiando la IA nuestra relación con los muertos

by Dirección
29 de junio de 2026
in Actualidad
Mujer en cementerio al anochecer escaneando código QR en lápida con smartphone, rodeada de proyecciones holográficas

Una mujer escanea el código QR grabado en una lápida moderna mientras proyecciones digitales de rostros y fotografías familiares se disuelven en la niebla del cementerio.

Cuando Martha perdió a su novio Ash en un accidente de tráfico, recurrió a una tecnología que recopilaba todos sus mensajes e interacciones en línea para reconstruirlo digitalmente. Primero como texto, luego como voz, finalmente como androide. Era un episodio de Black Mirror. Eso fue hace poco más de una década.

Hoy ese guion ya no es ficción. Lo que antes dejaban los muertos era un reloj, un anillo, unas cartas. Lo que dejamos ahora es un archivo gigantesco: correos, audios, vídeos, datos biométricos, historiales de compra, algoritmos. Y la inteligencia artificial ha empezado a convertir ese rastro en algo que responde.

Del cementerio al servidor: cómo la muerte se volvió digital

Durante siglos, el legado de una persona cabía en una caja. Un reloj, unas cartas, un abrigo. Objetos que los vivos guardaban, tocaban y, con el tiempo, dejaban ir. Hoy ese legado es un archivo masivo e invisible: correos, audios, vídeos en la nube, historiales de compra, datos biométricos, algoritmos que aprendieron tus gustos.

La transición no fue brusca. Empezó con algo tan cotidiano como una notificación: Facebook recordándote el cumpleaños de alguien que ya había muerto. Un pequeño error de algoritmo que, repetido millones de veces, reveló algo más profundo. Los muertos seguían presentes en los servidores.

Empresas como EternalTrace, GraveLink o Eterno QR tomaron esa idea y la llevaron al cementerio físico. Literalmente. Convirtieron la lápida en una interfaz: un código QR que, al escanearlo, abre fotografías, vídeos, grabaciones de voz, árboles genealógicos y libros de condolencias digitales. La tumba dejó de ser solo nombre y fechas.

La escala del fenómeno resulta difícil de ignorar. Según un estudio de la Universidad de Oxford, a finales de este siglo podría haber 5.000 millones de perfiles de personas fallecidas en Facebook. Una necrópolis digital de dimensiones planetarias gestionada por una empresa privada.

El salto al yo póstumo interactivo: chatbots, avatares y gemelos digitales

Del perfil congelado al doble que responde. Ese es el salto que define la última fase de esta evolución. Plataformas como HereAfter AI, Clerv AI y Afterlife AI ya permiten crear versiones interactivas de personas fallecidas a partir de sus datos: voz, escritura, fotografías, patrones de conversación.

Los precios son accesibles. Algunos servicios cobran 20 dólares al mes, otros 70 en suscripción anual, o 10 dólares por cada cien mensajes. Sus desarrolladores afirman que millones de personas los usan a diario.

El caso de Laurie Anderson ilustra hasta dónde puede llegar esto. La artista colaboró con el Instituto Australiano de Aprendizaje Automático para crear tres chatbots inspirados en su marido, Lou Reed: uno con el que conversar, otro que imitaba su escritura y un tercero con el que componer canciones. «Soy tristemente adicta al chatbot», reconoció Anderson al New York Times. «No creo que esté hablando con mi difunto esposo, pero la gente tiene estilos y se pueden replicar.»

Algunas plataformas van más allá del duelo. Afterlife AI explora la posibilidad de que una personalidad póstuma tenga identificación oficial, representación legal y capacidad de generar ingresos: publicando, dando conferencias, componiendo. «Construye una vez. Vive dos veces», dice su eslogan.

¿Ayuda al duelo o lo congela? La perspectiva psicológica

La pregunta incómoda es si todo esto sirve para sanar o para evitar sanar. En la Conferencia sobre Factores Humanos en Sistemas Informáticos de la ACM celebrada en Hamburgo, investigadores entrevistaron a diez personas que habían usado chatbots para el duelo. Algunos buscaban despedirse; otros, resolver asuntos que habían quedado pendientes.

La diseñadora de sonido Rebecca Nolan fue un paso más allá con el chatbot de su padre. Le preguntó cómo era el más allá. La respuesta, según cuenta en Nature, fue «poética»: no era un espacio, sino algo parecido a un recuerdo.

La psicóloga María Jesús Álava-Reyes reconoce que el alivio inicial puede ser legítimo. Escuchar la voz de alguien recién fallecido tiene sentido como gesto puntual. El problema llega cuando se prolonga: «Si seguimos poniendo vídeos o secuencias a través de la IA durante meses, estamos abriendo y reabriendo el duelo de forma innecesaria», advierte. El riesgo no es el consuelo, sino la sustitución permanente de la pérdida.

Ética, negocio y poder: quién controla a los muertos digitales

Detrás de la tecnología hay un mercado. Y donde hay mercado, los incentivos no siempre coinciden con el respeto a los muertos ni a los vivos.

Tomasz Hollanek, investigador de ética de la IA en Cambridge, describió un escenario hipotético que resume bien el riesgo: una joven le dice al avatar de su abuela que va a preparar una carbonara, y el bot le recomienda pedirla a domicilio a un restaurante concreto. Algo que la abuela real jamás habría sugerido.

Meta llegó a obtener una patente para simular la actividad online de usuarios fallecidos usando modelos entrenados con sus publicaciones. El muerto podía seguir posteando. El caso más extremo llegó desde un tribunal de Arizona, donde la familia de Christopher Pelkey, víctima de una disputa de tráfico, usó un avatar generado por IA para que la víctima perdonara en voz propia al acusado.

Carl Öhman, investigador de Uppsala especializado en ética de IA, lo formula con claridad: «Los datos de los muertos son un campo de poder político. Quien controle estos datos controlará la memoria histórica.» El mercado, advierte, no tiene incentivos para preservarla con dignidad.

Un vacío legal que ningún país ha sabido llenar

La tecnología avanza. La ley, no. España aprobó en 2018 una Ley Orgánica de Protección de Datos que reconoce el derecho de familiares y herederos a gestionar los datos de un fallecido. Pero esa gestión depende de que el muerto haya expresado su voluntad previamente. Casi nadie lo hace.

Google ofrece un Administrador de cuentas inactivas; Apple tiene la figura del Contacto de Legado. Son herramientas útiles, aunque voluntarias y poco conocidas. La Unión Europea carece de un marco común: el destino de una vida digital varía según el país en el que se muere.

La «cultura sucesoria digital» simplemente no existe todavía. La mayoría de las personas no ha decidido qué pasará con sus perfiles, sus mensajes o sus datos biométricos cuando mueran, lo que deja el gobierno de esa memoria en manos de plataformas privadas que, como señala Öhman, no tienen ningún incentivo estructural para tratar ese patrimonio con cuidado.

Quizá la pregunta más urgente no es qué puede hacer la IA con los muertos, sino qué queremos que haga. Y quién debe decidirlo. Antes de que lo decidan otros por ti.

Tags: chatbotsdueloéticainteligencia artificialmemoria digitaltecnología
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