Llevaba meses sin competir. Su último partido oficial había sido en marzo, y cuando volvió a vestirse de rojo en Tbilisi, lo primero que hizo fue repartir un pase entre las piernas como si el tiempo no hubiera pasado.
Mario Saint-Supéry tiene 18 años, juega de base y, en ausencia de Sergio de Larrea, ha asumido el mando de la selección española en estas Ventanas FIBA. El malagueño formado en Gonzaga no ha tenido que esperar demasiado para convertirse en el director de juego de España.
El regreso que nadie esperaba tan pronto
Su primera convocatoria con la absoluta no respondió a ningún plan previsto. Llegó por la baja de Lorenzo Brown en el EuroBasket, y el propio Saint-Supéry reconoce que quizás fue demasiado pronto. Aun así, la vivió como una lección necesaria. «El aprendizaje fue a las malas por los resultados», admite, «pero me ayudó a estar más preparado de cara al futuro en los torneos grandes.»
El contexto ahora es distinto. La adaptación al grupo ha sido inmediata, en parte porque comparte vestuario con jugadores con los que ya ha coincidido en sus clubes: Joel Parra, Darío Brizuela, Alberto Díaz, Francis Alonso. Esa mezcla de juventud y experiencia le resulta natural, casi inevitable. «El grupo que tenemos es formidable», dice sin dudar.
Con De Larrea ausente, Mario ha ocupado el rol de base titular sin que el peso parezca afectarle. Juega con la misma soltura que si llevara años haciéndolo.
Gonzaga, el laboratorio donde se forja un base de élite
Hay un mito extendido sobre el baloncesto universitario estadounidense: que se entrena poco y se vive demasiado bien. Saint-Supéry lo desmiente sin rodeos. «Este ha sido el año que más he entrenado en mi vida», afirma.
La clave está en las instalaciones. En Gonzaga, el gimnasio y las pistas están abiertos las veinticuatro horas, los siete días de la semana. Eso le permite tirar antes de clase, volver a la pista por la tarde y cumplir además con los entrenamientos del equipo. La acumulación de trabajo, un programa de pesas más exigente y una dieta más calórica han producido un cambio físico notable en pocos meses.
Cuando algo no le sale bien, su entrenador Mark Few le pone vídeos de John Stockton —la leyenda formada en ese mismo campus antes de convertirse en uno de los mejores bases de la historia de la NBA. No es un referente cualquiera.
Una identidad propia: entre la comparación con Ricky y el sello personal
La comparación con Ricky Rubio aparece con frecuencia cuando se habla de Saint-Supéry. Él no la rechaza, pero la matiza. Lo que comparte con Ricky no es un estilo concreto, sino una filosofía: disfrutar jugando y lograr que quienes le ven también disfruten.
Los pases espectaculares —por la espalda, entre las piernas— no son exhibicionismo. Son su manera de ser efectivo. «Es como soy efectivo», explica, «porque al final ese pase sólo se podía dar así, si no, no entra.» Que Chus Mateo le dé libertad para ser él mismo es algo que valora especialmente.
Al mismo tiempo, trabaja sin pausa en lo que todavía le falta. El manejo de balón, el tiro tras bote y las finalizaciones cerca del aro han centrado su verano. El talento ya está; el detalle se construye.
La generación que quiere escribir su propio capítulo dorado
Mario Saint-Supéry sabe que no está solo. Menciona a Sergio de Larrea, Hugo González, Izan Almansa y Aday Mara como parte de una generación que él mismo considera muy talentosa. «Suena impresionante», dice, y se le nota que lo cree de verdad.
Pero evita el triunfalismo con una madurez que sorprende en alguien de su edad. «Todavía no hemos hecho nada», reconoce. La generación necesita tiempo para crecer, para cuajar como equipo, para aprender junto a los veteranos que aún sostienen el proyecto.
Los referentes históricos —el oro de Saitama en 2005, el Mundial de 2019— no le generan presión. Le generan emoción. «Se me pone la piel de gallina sólo con pensarlo», dice cuando imagina disputar un Mundial. Quiere ganarlo todo con España: EuroBasket, Mundial y Juegos Olímpicos. Lo dice con convicción, no con arrogancia.
La NBA como destino inevitable, no como obsesión
El Draft no le quita el sueño. No se ha marcado un puesto concreto ni una ronda específica. Primera, segunda o sin ser elegido: lo considera algo secundario. Su razonamiento es sencillo y firme. «El que es bueno para jugar en la NBA acaba jugando en la NBA.»
Lo que sí le importa es el tipo de carrera que quiere construir. No aspira solo a llegar; aspira a ser alguien importante dentro de la liga. Esa distinción dice mucho de cómo piensa.
El March Madness le ofreció una muestra de la dimensión cultural del baloncesto universitario en Estados Unidos. «Se para el país para verlo», recuerda. Esa visibilidad, esa exigencia diaria y ese entorno competitivo son el mejor escenario posible para seguir creciendo. Lo que venga después, en forma de Draft o de contrato, llegará como consecuencia del trabajo. Mario Saint-Supéry ya ha decidido que esa es la única variable que controla.
