La historia no solo decide qué recordar. También decide a quién olvidar. Cada vez que nombramos un gran descubrimiento, solemos pensar en un único rostro: Howard Carter con Tutankamón, Hiram Bingham con Machu Picchu. Los que excavaron, midieron y dirigieron el trabajo real quedan fuera del relato.
Pompeya no es una excepción. Alguien estuvo al frente de las excavaciones que sacaron a la luz las ciudades sepultadas por el Vesubio, tomó las decisiones, diseñó los métodos y coordinó los trabajos durante décadas. Pero ese nombre lleva casi tres siglos ausente de la mayoría de los libros de historia.
¿Quién dirigió realmente el descubrimiento de Pompeya y Herculano?
El hombre detrás del mayor hallazgo arqueológico moderno
Roque Joaquín de Alcubierre nació en Zaragoza en 1702 y se formó como ingeniero militar al servicio de la Corona española. Su vida cambió en 1738, cuando Carlos de Borbón le encargó construir un palacio en Portici, cerca de Nápoles. Era un encargo técnico, sin ninguna pretensión histórica. Durante las obras emergieron las primeras ruinas de Herculano, y aquella tarea rutinaria se convirtió en el punto de partida de uno de los descubrimientos arqueológicos más relevantes de la historia.
Alcubierre dirigió excavaciones de enorme complejidad técnica mediante galerías subterráneas, y gracias a ese trabajo se recuperó cerca del 80% de las esculturas conservadas de Herculano. Diez años después lideró también los trabajos que sacaron a la luz Pompeya. A esos dos yacimientos se sumaron Estabia y Cumas. El alcance de su trayectoria es difícil de dimensionar. Y, sin embargo, su nombre apenas aparece.
Por qué su nombre desapareció de la historia
La respuesta no es sencilla. La directora del documental, Silvia Pradas, apunta a una causa central: su forma de trabajar era demasiado avanzada para la época. Hasta entonces, era habitual que los hallazgos terminaran en manos de la nobleza. Alcubierre impulsó un modelo distinto, en el que los objetos debían quedar bajo custodia institucional, no dispersos en colecciones privadas.
Ese enfoque generó resistencias inmediatas. Los eruditos europeos querían acceder libremente a los yacimientos, pero el acceso estaba restringido. Las críticas se acumularon y, como no podían dirigirse a los monarcas, recayeron sobre Alcubierre. Lo que siguió fue una campaña de desprestigio sostenida que fue erosionando su reputación con el tiempo. Carlos de Borbón pasó a la historia como el «rey arqueólogo». Alcubierre fue desapareciendo del relato.
Un documental nacido de la vergüenza y la curiosidad
El proyecto nació de una pregunta incómoda. Un día, el productor Javier Llovería preguntó a Silvia Pradas si sabía quién era Roque Joaquín de Alcubierre. Ella no tenía ni idea. Cuando Llovería le explicó que era el arqueólogo que había descubierto Pompeya y Herculano, y que además era de Zaragoza —como ellos mismos—, Pradas sintió algo parecido a la vergüenza.
Entonces comenzó a preguntar a su alrededor: amigos, familiares, compañeros de trabajo. La respuesta fue siempre la misma. Nadie conocía ese nombre, ni siquiera en Aragón.
«Lo convertí en algo personal», declara Pradas. Esa sensación de injusticia fue el motor real del documental. La investigación que siguió fue exhaustiva, porque la directora quería garantizar el máximo rigor histórico sin sacrificar la accesibilidad. No era historiadora, y eso, lejos de ser un obstáculo, la obligó a construir un relato que cualquiera pudiera seguir.
Del rodaje en Pompeya a los festivales internacionales
El equipo grabó en algunos de los escenarios más representativos de la historia de Alcubierre: las ruinas de Pompeya y Herculano, y el Museo Arqueológico de Nápoles. Estar físicamente en esos lugares añadió al documental una dimensión que ningún archivo podría haber proporcionado.
Desde su estreno, el filme ha recorrido festivales especializados de reconocimiento internacional: el Saraqusta Film Festival, el Firenze Archeofilm y el Gordion International Archaeofilm Festival. El 1 de julio de 2026 se presentó en Roma, la ciudad que mejor encarna el escenario donde Alcubierre desarrolló su trabajo. Ese recorrido confirma que el documental está cumpliendo su propósito: devolver un nombre a la memoria colectiva, tal como resume la propia Pradas: «Nunca es tarde para devolver un nombre a la historia».
Lo que el olvido de Alcubierre revela sobre cómo construimos la historia
El caso de Alcubierre no es una anomalía. Es un patrón. Melchor Arteaga, el agricultor que condujo a Hiram Bingham hasta Machu Picchu, tampoco aparece en casi ningún relato popular. Los excavadores anónimos del Valle de los Reyes, igual. La memoria colectiva tiende a simplificar los grandes eventos y a concentrar el mérito en figuras de poder o de fama reconocida, borrando a quienes realizaron el trabajo real.
Recuperar estas figuras no es solo un gesto de justicia. Es también una forma de entender mejor cómo avanza el conocimiento: no a través de gestos heroicos y solitarios, sino mediante trabajo técnico, decisiones arriesgadas y métodos que a veces van por delante de su tiempo.
El documental sobre Alcubierre deja abierta una pregunta que va más allá de él. Si un hombre que dirigió el descubrimiento de Pompeya pudo desaparecer durante casi tres siglos, ¿cuántos otros nombres siguen enterrados bajo el peso del olvido? La historia que creemos conocer puede ser, en muchos casos, solo la versión más cómoda de lo que ocurrió.
