Las primeras prácticas de Alicia Rueda al volante fueron una batalla constante con el embrague y las marchas. Bastaron dos clases para tomar una decisión: mandó el coche manual «a la porra» y no volvió a mirarlo.
Con el automático, todo cambió. «Es como subir una montaña a pie pudiendo hacerlo en un teleférico», dice ella misma. Mismo destino, experiencia radicalmente distinta.
Dos clases bastaron para cambiar de opinión
Alicia tiene una lesión que hace especialmente incómodo el manejo del embrague. Aun así, comenzó sus prácticas con un coche manual, como la mayoría de los alumnos, y no tardó mucho en entender que esa no era su opción.
Tras solo dos clases, lo decidió. Probó un automático y no quiso volver atrás. «Para mí no hay comparación», afirma. «Con el automático termino las prácticas relajada; con el manual acababa agotada, física y mentalmente.» La diferencia no era menor. Era total.
El teleférico y la montaña a pie llevan al mismo destino, pero el esfuerzo —y el disfrute— no tienen nada que ver. Para Alicia, conducir no es gestionar marchas. Es prestar atención a la carretera.
Un fenómeno que va más allá de los jóvenes
El caso de Alicia no es el único. Roger Omar Morales llegó a Barcelona con 72 años y cinco décadas de experiencia al volante en América. Al cambiar de país, tuvo que examinarse de nuevo desde cero.
«Uno cree que por llevar tantos años conduciendo ya lo sabe todo, pero no es verdad; cada país tiene sus normas y hay que adaptarse», explica. Cuando empezó las prácticas con un coche manual en Barcelona, comprendió pronto que no tenía sentido para él: en Estados Unidos siempre había conducido automáticos.
Su motivación va más allá de la comodidad técnica. «Conducir también es seguir siendo independiente», señala Roger Omar. Para él, el automático no es un atajo, sino la forma de mantenerse autónomo el mayor tiempo posible.
El perfil de quienes eligen esta opción es, por tanto, muy diverso: jóvenes sin experiencia previa, personas con lesiones físicas, conductores mayores que revalidan su permiso. Lo que comparten no es una simple preferencia por lo fácil, sino una razón personal muy concreta.
Lo que dicen los profesores de autoescuela
El cambio no siempre parte del alumno. A veces es el propio instructor quien lo sugiere. Ana Calvo, profesora de Exit Autoescola, lo explica con claridad: hay alumnos que empiezan con un manual y acaban cambiándose por recomendación directa del profesor.
El motivo es pedagógico. Sin el embrague, el alumno puede centrar toda su atención en lo que realmente importa: la circulación, la toma de decisiones, la lectura del tráfico. El cambio de marchas, en las primeras fases del aprendizaje, puede convertirse en un obstáculo que distrae de todo lo demás. Hay errores que simplemente desaparecen con el automático.
El coche no se cala. No retrocede en una pendiente. Esas situaciones que generan ansiedad en los primeros días dejan de ocurrir. «El alumno puede centrar toda su atención en el tráfico y en tomar decisiones», concluye Calvo. Aprender sin marchas no significa aprender menos; significa aprender antes lo que de verdad cuenta.
El código 78 y el respaldo de la DGT
Examinarse con un coche automático tiene una consecuencia administrativa concreta. La DGT anota en el reverso del carné el llamado código 78, una restricción que indica que el titular solo puede conducir vehículos con caja de cambios automática. No es un carné de segunda categoría, sino una limitación técnica comparable a las que existen para el uso de gafas o lentillas.
Lo relevante es que la propia DGT quiere impulsar esta vía. Pere Navarro, director del organismo, anunció en el Congreso que trabajan en una fórmula para promover la formación y los exámenes con cambio automático. El dato que él mismo aportó es significativo: el 98% de las pruebas prácticas actuales todavía se realizan con vehículos manuales.
Ese porcentaje contrasta con la realidad del parque móvil. Los coches eléctricos e híbridos, que representan una proporción creciente de los vehículos nuevos, incorporan caja automática de serie. El manual, que durante décadas fue el estándar absoluto, empieza a ser la excepción en los concesionarios.
Si la tendencia continúa, el código 78 dejará de ser una rareza en los carnés españoles. La pregunta ya no es si el automático ganará terreno en las autoescuelas, sino a qué ritmo lo hará y cuándo la DGT dará pasos concretos para acompañar ese cambio con nuevas normas de formación.
