En la vida de Eduardo Batán casi todo empieza con un lápiz. Creció en El Palmar rodeado de planos extendidos sobre la mesa del comedor y maquetas que convertían la casa en un pequeño taller, con un padre delineante y una madre pintora. No recuerda haber decidido ser arquitecto: simplemente lo reconoció.
Lleva más de tres décadas construyendo edificios en Murcia y cerca de veinticinco años vinculado a la universidad. Ese mismo lápiz que lo llevó a la arquitectura nunca dejó de buscar otros soportes.
Una vocación que nunca se decidió, simplemente se reconoció
El entorno familiar de Batán no dejaba mucho margen para la indiferencia ante el dibujo. Con un padre delineante y una madre pintora, los planos y los pinceles formaban parte del paisaje cotidiano. Cuando, con cuatro o cinco años, supo que quería ser arquitecto, no fue una decisión razonada. Fue un reconocimiento. Como quien ve su propio reflejo y lo identifica sin esfuerzo.
Ese impulso temprano se tradujo después en disciplina. Terminó la carrera de Arquitectura en Valencia en un tiempo poco habitual y se colegió con apenas 23 años, una edad que ni siquiera figuraba en las tablas estadísticas del colegio profesional. Desde entonces acumula más de tres décadas de oficio que combinan el ejercicio libre, la administración pública y la gestión universitaria, décadas en las que el lápiz nunca descansó del todo.
Edificios que se descubren al ser recorridos
En la Universidad de Murcia, Batán ha dejado huella en proyectos concretos: el edificio Ática, la Facultad de Bellas Artes y el Centro de Atención a la Infancia. Este último es el que más satisfacción le genera, y no por su escala ni por su presencia exterior, sino por algo más difícil de medir: niños y docentes lo habitan con naturalidad.
Esa observación no es anecdótica. Para Batán, el éxito de un edificio se mide por cómo lo usan quienes viven dentro de él, no por su impacto fotográfico. La funcionalidad prima sobre la imagen. Diseña espacios flexibles, duraderos y adaptados al clima murciano, pensados para el confort cotidiano antes que para el catálogo.
La arquitectura, sostiene, no es un gesto previo ni una forma impuesta desde fuera. Es una solución que emerge cuando se comprenden de verdad las necesidades del lugar y de quienes lo habitarán. El edificio aparece al ser recorrido. Como el camino que se encuentra andando.
El mural escolar que despertó una vocación dormida
Durante años, la vertiente artística de Batán quedó relegada. Las exigencias técnicas del oficio arquitectónico ocupaban el espacio que en su infancia había pertenecido al dibujo libre. Esa parte no desapareció, sin embargo. Esperaba.
En torno a 2012, un encargo casi doméstico lo devolvió a ese territorio: un mural para una escuela. Algo pequeño, sin grandes pretensiones. Pero aquel trabajo le sugirió una idea. Sin experiencia previa en narrativa gráfica, comenzó a experimentar: escaneó acuarelas pintadas durante un viaje al Himalaya y les añadió bocadillos digitales. Así nació su primer cómic. Lo que parecía un experimento puntual se convirtió en una línea de trabajo propia.
El cómic como herramienta de divulgación histórica y científica
Desde aquel primer experimento, Batán ha desarrollado una obra gráfica centrada en la divulgación histórica y científica. Ha abordado la expedición antártica de Scott, biografías de exploradores y arquitectos, y episodios relevantes de la cultura científica, temas que exigen documentación rigurosa y también sensibilidad para transmitirlos.
Para él, el cómic no es entretenimiento menor. Es una herramienta pedagógica que permite comprender la historia de forma visual y emocional, accesible para lectores que no buscan un ensayo académico. En sus páginas confluyen dos perfiles que en apariencia poco tienen que ver: el arquitecto, preciso en la documentación, y el dibujante, atento a la atmósfera y al ritmo narrativo.
Esa combinación ha tenido reconocimiento. Uno de sus cómics divulgativos sobre la arquitectura moderna murciana recibió una mención en premios de arquitectura, una distinción que dice algo sobre cómo su trabajo borra las fronteras entre disciplinas.
Dos lenguajes, un mismo propósito
Hoy Batán compagina la docencia universitaria, la pintura y la creación de historietas. Al buscar su nombre en internet, aparece casi tanto como autor gráfico como por su trayectoria en arquitectura. Esa doble presencia no parece incomodarle. Más bien al contrario.
La aparente paradoja se disuelve cuando se mira de cerca. Sus edificios y sus páginas persiguen lo mismo: que alguien entre en ellos, se oriente y comprenda un poco mejor el mundo. Lo que importa, en ambos casos, no es la imagen exterior sino lo que sucede dentro.
Eso invita a una pregunta más amplia. ¿Cuántas personas ejercen una sola vocación cuando en realidad llevan dos o cuatro esperando el momento adecuado para salir? La historia de Batán sugiere que las vocaciones no siempre compiten entre sí. A veces se alimentan mutuamente. Y a veces basta con un mural en una escuela para que todo lo que estaba latente encuentre, por fin, su forma.
