Durante siglos, las grandes montañas fueron percibidas como territorios hostiles, apenas transitados por pastores o cazadores ocasionales. Esa imagen dominó también la arqueología: las cumbres eran espacios secundarios, marginales, ocupados solo en circunstancias excepcionales.
Ahora, una investigación desarrollada en el corazón de los Pirineos catalanes está poniendo en cuestión ese relato de forma contundente.
Un prejuicio científico que duró décadas
Durante gran parte del siglo XX, la arqueología trató las zonas de alta montaña como territorios de segunda categoría. La lógica parecía razonable: el frío extremo, la nieve prolongada y la escasez de recursos hacían improbable una presencia humana estable. Los investigadores concentraron sus esfuerzos en valles, llanuras y costas, dejando las cumbres completamente al margen.
El problema fue circular. Sin investigación no había datos, y sin datos el vacío se leía como ausencia real de ocupación, no como ausencia de estudio.
El Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici fue el escenario donde ese paradigma comenzó a agrietarse. El Grupo de Arqueología de Alta Montaña de la Universitat Autònoma de Barcelona lleva más de dos décadas acumulando evidencias que apuntan en una dirección completamente distinta a la asumida durante generaciones.
La base de datos más completa jamás construida para los Pirineos
El resultado de ese trabajo acaba de publicarse en la revista Archaeologica Data. El estudio reúne 124 dataciones radiocarbónicas procedentes de 45 yacimientos distintos, lo que permite situar cronológicamente cerca de 380 enclaves documentados dentro del parque.
Es una cifra notable por sí sola. Lo que la convierte en un hito es su alcance temporal: cubre prácticamente todo el Holoceno, el periodo geológico iniciado tras la última gran glaciación. Los investigadores califican esta serie como una de las más completas elaboradas para cualquier región de alta montaña en Europa, fruto no de una campaña puntual, sino de más de veinte años de prospecciones, excavaciones y análisis sistemáticos.
Un refugio a 2.300 metros ocupado desde el final de la última glaciación
El yacimiento más revelador es el abrigo de les Obagues de Ratera, situado a más de 2.300 metros de altitud. Las dataciones indican que ya era frecuentado hace aproximadamente 10.000 años, cuando todavía persistían pequeños glaciares en algunos sectores de la cordillera.
La secuencia arqueológica identificada allí resulta extraordinaria: abarca el Mesolítico, el Neolítico, el Calcolítico, la Edad del Bronce, la Edad del Hierro, la Antigüedad tardía, la época visigoda y los siglos XIX y XX. Pocos yacimientos de toda Cataluña presentan una continuidad comparable. La Cova del Sardo y el abrigo de Portarró ofrecen igualmente secuencias que se extienden durante varios milenios, lo que demuestra que ciertas áreas de alta montaña fueron utilizadas de forma recurrente, generación tras generación, como parte de la vida ordinaria de las comunidades humanas.
Cuando Ötzi cruzaba los Alpes, los Pirineos también hervían de actividad
El análisis estadístico de las dataciones permite identificar momentos concretos de intensificación. Uno de los más llamativos se sitúa entre aproximadamente 3300 y 2500 a.C., durante los últimos siglos del Neolítico.
Esa horquilla coincide con la época en que vivió Ötzi, la momia hallada en los Alpes italianos. Mientras aquel individuo recorría los pasos alpinos, las montañas pirenaicas experimentaban también una notable concentración de actividad humana. Los datos sugieren que los grupos neolíticos explotaban estos espacios con intensidad creciente: los pastos de altura, los recursos forestales y las posibilidades ganaderas habrían convertido la alta montaña en un componente fundamental de sus economías, no en un destino excepcional.
Otro incremento significativo se aprecia durante la Antigüedad tardía y los primeros siglos medievales, relacionado con las transformaciones que siguieron al fin del Imperio romano. La ocupación de la montaña no fue lineal: estuvo marcada por fases dinámicas de expansión y contracción.
La arquitectura más antigua conocida de los Pirineos
Entre los hallazgos más concretos destaca lo encontrado en Portarró: estructuras con bases de piedra y elementos de madera datadas en torno a hace 5.000 años. Según los investigadores, constituyen el ejemplo más antiguo conocido de arquitectura en piedra de toda la cordillera.
El dato importa porque cambia la interpretación del uso del territorio. Construir implica planificar, invertir trabajo y prever una ocupación futura; no es el comportamiento de quien pasa de forma improvisada.
Los 380 yacimientos documentados incluyen refugios rocosos, corrales, posibles viviendas, hornos y círculos de piedra con posible función funeraria, distribuidos por prácticamente todo el territorio estudiado. Encajan, además, con estudios paleoecológicos previos que ya habían detectado cambios en la vegetación y señales de actividad humana en sedimentos y lagos de la región, aunque sin poder vincularlos con ocupaciones concretas sobre el terreno.
La historia que emerge no es la de un paisaje apenas rozado por el ser humano. Es la de una relación prolongada, intensa y transformadora entre comunidades humanas y un entorno que consideraban propio. Quizá valga la pena preguntarse cuántos otros territorios que hoy llamamos «vírgenes» o «inhóspitos» guardan, bajo la superficie, una historia igual de densa que aún no hemos tenido la paciencia de buscar.
