Hace más de 20.000 años, en un valle estrecho entre los Picos de Europa y la costa cantábrica, alguien perforó un diente de ciervo con un movimiento rotatorio preciso. Ese gesto se repitió durante milenios en la cueva asturiana de Llonín: conchas marinas, colmillos de lobo, vértebras de salmón, fósiles de gusano marino acumulados capa a capa en la oscuridad de la roca.
Un equipo internacional acaba de analizar 271 de esos ornamentos. Lo que encontró va mucho más allá de la artesanía prehistórica.
Un taller de identidad en el corazón de la roca
El estudio fue realizado por investigadores de las universidades de Cantabria, Oviedo y La Sapienza de Roma, y publicado en la revista PLOS One. Combinaron análisis taxonómicos, biométricos y de huellas de uso para reconstruir qué hacían exactamente los habitantes de Llonín con esos pequeños objetos.
Durante el Solutrense Superior, la cueva funcionó como un taller activo. Los investigadores documentaron 16 colmillos de ciervo sin perforar y varias piezas con perforaciones a medio terminar. El proceso completo de fabricación ocurría allí mismo, dentro de la roca.
El análisis microscópico, con aumentos de hasta 200 veces, reveló que el 92,35% de los adornos acabados mostraba señales claras de uso. Las marcas de pulido y deformación en las perforaciones permitieron reconstruir cómo se llevaban: con cordones simples, cordones dobles, o cosidos directamente a la ropa.
Ocho técnicas distintas y ningún estándar: la firma del individuo
La variedad técnica encontrada resulta significativa. Los investigadores identificaron ocho métodos distintos de preparación y perforación —abrasión, rotación, presión, percusión, incisión, aserrado, flexión y combinaciones de varios de ellos—. Eso apunta a varios artesanos con preferencias propias, trabajando de forma simultánea o en etapas sucesivas.
Cada adorno, según los autores, pudo actuar como marcador de identidad personal: un trofeo de caza, un talismán, un elemento decorativo. Nadie fabricaba igual que el vecino.
Esa ausencia de estandarización sugiere una sociedad con movimientos frecuentes de población en el entorno regional. Cada individuo habría construido su propio repertorio simbólico, acumulado pieza a pieza a lo largo de su vida.
El giro magdaleniense: cuando la joya dejó de fabricarse aquí
El panorama cambia de forma notable durante el Magdaleniense Medio. El conjunto se vuelve mucho menos diverso: casi todas las conchas pertenecen a una sola especie, Littorina obtusata/fabalis, con 77 ejemplares identificados.
Lo más revelador es lo que desaparece. No hay piezas sin perforar, ni objetos con fallos técnicos evidentes. Eso indica, según el estudio, que los adornos llegaban ya fabricados desde fuera, probablemente desde la franja costera. Llonín pasó de ser un centro productor a un simple punto de recepción.
Los investigadores proponen que este cambio coincide con episodios de agregación social: grupos dispersos de cazadores-recolectores se reunían en la cueva y traían consigo objetos ya elaborados como marcadores de identidad colectiva. La riqueza del arte parietal y de la industria ósea de esos niveles refuerza la idea de Llonín como lugar de encuentro recurrente.
Redes de intercambio que cruzaban montañas y llegaban al Mediterráneo
El análisis geográfico de los materiales revela conexiones que superaban con creces el entorno inmediato. La presencia de conchas de Tritia mutabilis, una especie que ya no habita en el Cantábrico, evidencia contactos con el Mediterráneo a través del valle del Ebro desde el Solutrense.
La cueva ocupa un corredor estratégico desde el que se podía alcanzar tanto el norte de los Pirineos como la costa mediterránea. La circulación de materiales líticos procedentes de entre 40 y 100 kilómetros de distancia confirma su función como nodo dentro de redes de intercambio más amplias.
Dos escalas de movilidad convivían en este sistema. Una operaba a nivel local, ligada a la subsistencia y a las materias primas cercanas. La otra implicaba desplazamientos de largo alcance, articulados por el intercambio de objetos, información y tradiciones simbólicas compartidas entre comunidades distantes.
Más que adornos: dispositivos de comunicación social con 20.000 años de antigüedad
Los ornamentos de Llonín funcionaron como sistemas capaces de transmitir información sobre identidad personal, pertenencia grupal y relaciones de intercambio. No eran decoración. Eran comunicación.
El contraste entre la heterogeneidad solutrense y la homogeneidad magdaleniense ofrece una oportunidad poco común: observar cómo cambiaron las funciones sociales de un mismo tipo de objeto en un mismo lugar a lo largo de milenios. El arco temporal analizado abarca desde hace 21.800 hasta 11.000 años, cubriendo el Solutrense Superior, el Magdaleniense y el Aziliense.
El hallazgo sitúa a Llonín como uno de los registros más completos de complejidad social paleolítica en la región cantábrica. Y deja abierta una pregunta que vale la pena sostener: si hace 20.000 años alguien ya usaba un colgante para decir quién era y de dónde venía, ¿cuánto hemos cambiado realmente?
