Entre mayo y noviembre de 1820, cuatro municipios del levante de Mallorca perdieron a más de 2.400 personas en apenas seis meses. De cada diez enfermos identificados, ocho murieron.
Una letalidad del 78 % no encaja con ningún brote conocido de peste bubónica clásica. Y sin embargo, durante dos siglos, esa fue la etiqueta que acompañó a la epidemia del Llevant mallorquín. Ahora, la revisión de los partes sanitarios conservados plantea una pregunta incómoda: ¿qué enfermedad fue, exactamente, la que arrasó aquellos pueblos?
Cuatro pueblos, medio año y 2.400 muertos
El foco epidémico comenzó en Son Servera a principios de mayo de 1820. Desde allí se propagó a Artà, Capdepera y Sant Llorenç —los otros tres municipios del levante mallorquín que quedaron atrapados en la misma cadena de contagios. En apenas medio año, el brote causó entre 2.400 y 2.434 muertes, según las reconstrucciones de investigadores de la Universitat de les Illes Balears.
El caso de Son Servera es el más extremo. Se estima que enfermaron unos 1.340 habitantes de una población inicial de alrededor de 1.684 personas: prácticamente toda la comunidad. La letalidad media entre los cuatro municipios rondó el 78 %, una cifra equivalente a casi el 80 % de la población total de la zona. Estos datos proceden de un estudio publicado recientemente en la revista científica PNAS, que revisó los registros sanitarios conservados de aquel período.
Por qué el diagnóstico de ‘bubónica’ se queda corto
La bacteria Yersinia pestis produce tres formas clínicas distintas. La bubónica se transmite a través de pulgas y roedores, con inflamación dolorosa de los ganglios linfáticos. La neumónica afecta a los pulmones y puede saltar directamente de persona a persona. La septicémica es una infección generalizada de la sangre, casi siempre mortal y sin síntomas externos claros.
Una letalidad del 78 % y una velocidad de propagación tan elevada resultan más compatibles con las formas neumónica y septicémica que con la bubónica clásica, que raramente alcanza esos niveles de mortalidad cuando se analiza a escala de comunidad entera.
El problema es que en 1820 no existía microbiología diagnóstica. Reconstruir el tipo de peste exige combinar indicios indirectos —mortalidad, velocidad de propagación, distribución espacial, testimonios médicos de la época— y ninguno de ellos permite establecer el diagnóstico por sí solo.
Los partes sanitarios que hablan dos siglos después
La base documental de esta revisión son los partes sanitarios diarios conservados en el Archivo Histórico de la Real Academia de Medicina de las Islas Baleares. Los investigadores de la Universitat de les Illes Balears los analizaron en detalle: los documentos registraban casos, curaciones y defunciones, e incluían en algunos casos el sexo, la edad y las circunstancias del fallecimiento.
A partir de esas series, el análisis epidemiológico estimó un número reproductivo básico (R₀) de entre 1,3 y 1,5, con un intervalo serial medio de 2,7 días. El R₀ indica cuántas personas contagia de media un enfermo en una población sin inmunidad previa. Un valor así, sostenido en un municipio sin gran puerto, apunta a transmisión interpersonal —lo que también implica que un aislamiento eficaz podría haber interrumpido la cadena de contagios, algo que resultó determinante.
El origen: entre el contrabando y la leyenda
La tradición popular atribuye el inicio a un pastor que recogió la capa de un marinero muerto. La historia circula desde entonces, pero no está documentada y debe tratarse como leyenda no confirmada.
La hipótesis más sólida apunta a una descarga clandestina de mercancías —posiblemente ropas, trigo o sal procedentes de Tánger— que habrían llegado a tierra sin ningún control sanitario. La documentación menciona un contrabando de prendas concreto: el vendedor y su hija murieron con bubones, y las ropas fueron quemadas en Ses Païsses. La ausencia de un gran puerto en Son Servera complica la introducción marítima directa, aunque no la descarta si hubo desembarco ilegal en algún punto de la costa.
El cordón sanitario que contuvo la catástrofe
El aislamiento formal comenzó el 27 de mayo de 1820 y no se levantó hasta el 1 de febrero de 1821, casi nueve meses después. El dispositivo combinó el aislamiento terrestre de los cuatro municipios con vigilancia costera, control de embarcaciones, cuarentenas y supervisión de mercancías. Esa contención impidió que la epidemia se extendiera al resto de Mallorca y de las Baleares. La lógica aplicada entonces —aislar, vigilar, cuarentenar— anticipa principios que siguen vigentes en la gestión de brotes actuales.
Lo que falta para cerrar el caso: la prueba genética
No existe confirmación genética definitiva de que el agente causante fuera Yersinia pestis en los restos humanos de este brote. La prueba concluyente requeriría ADN antiguo autenticado y un contexto arqueológico controlado que permitiera asignar cada caso a una forma clínica concreta.
La hipótesis más sólida hasta ahora apunta a una epidemia de Yersinia pestis con formas clínicas mixtas: bubónica, neumónica y septicémica actuando de forma simultánea o sucesiva. El estudio demuestra el valor de los registros históricos para calcular tasas de contagio, pero también sus límites frente al diagnóstico retrospectivo.
Hay algo que invita a la reflexión en todo esto. Dos siglos de certeza sobre lo que fue aquella epidemia se disuelven ante unos partes diarios que nadie había analizado con estas herramientas. La etiqueta «bubónica» no era incorrecta, pero sí era incompleta. Esa incomodidad —comprobar que las categorías heredadas no siempre encajan con los datos— es, quizás, la lección más duradera que deja el Llevant de 1820.
