Europa creía haber dejado atrás los ciclos de endurecimiento monetario. Tras años de tipos bajos y una inflación que parecía domesticada, la eurozona se adentraba en 2026 con más cautela que urgencia. Pero el bloqueo del Estrecho de Ormuz lo cambió todo.
El encarecimiento de la energía ha vuelto a poner al Banco Central Europeo ante una disyuntiva que parecía superada: actuar contra la inflación sin ahogar una economía que apenas crece.
El detonante: el Estrecho de Ormuz y el precio de la energía
El Estrecho de Ormuz no es solo una vía marítima. Es el cuello de botella por el que transita la mayor parte del petróleo y el gas que consume la eurozona. Su bloqueo, en el contexto de la guerra en el Golfo Pérsico, ha disparado los costes energéticos y reactivado una inflación que parecía controlada.
Los datos confirman la gravedad del momento. La inflación de la eurozona se situó en el 3,2% en mayo, por encima del objetivo del 2% del BCE y superando las previsiones para el conjunto del año. Una cifra que, por sí sola, ya justificaba una respuesta.
El BCE no ha esquivado el diagnóstico. Su comunicado reconoce que la guerra en Oriente Próximo genera «presiones inflacionistas» que se propagan por la economía europea de forma directa e indirecta. Christine Lagarde fue aún más explícita: la crisis energética está durando «más de lo que se esperaba», y esa prolongación fue el factor que terminó de acelerar la decisión de actuar.
La decisión del BCE: unanimidad y sin alternativas sobre la mesa
El Consejo Gobernador del BCE, reunido en Fráncfort, elevó los tipos de interés hasta el 2,25%, un incremento de 25 puntos básicos. La decisión fue tomada por unanimidad y, según Lagarde, «sin reservas». No hubo debate sobre otras opciones, ni siquiera sobre una subida mayor.
La institución trabaja con tres escenarios económicos posibles, y en todos ellos la subida de tipos se considera necesaria y justificada. Eso elimina la ambigüedad: no fue una decisión de compromiso, sino una conclusión compartida ante una amenaza concreta.
Lagarde fue directa al responder a quienes cuestionaban el riesgo de enfriar la economía. «El mayor riesgo era no tomar ninguna decisión», afirmó. Si la inflación se descontrola, explicó, resulta aún más difícil reconducirla. El mandato del BCE es la estabilidad de precios, y ese mandato marcó el camino.
Previsiones revisadas: más inflación, menos crecimiento
Las nuevas proyecciones del BCE dibujan un panorama más sombrío que el de hace apenas dos meses. La inflación media para 2026 se ha revisado al alza hasta el 3%, cuatro décimas más que en marzo. El retorno al objetivo del 2% no se espera hasta 2028.
La inflación subyacente —que excluye energía y alimentos frescos— se situará en el 2,5% de media este año. Este indicador es clave para la política monetaria del BCE, junto con los datos generales de precios y la transmisión efectiva de las medidas a la economía real.
El crecimiento también se resiente. El BCE recortó su previsión de PIB para 2026 hasta el 0,8%. El FMI, en una actualización publicada el mismo día, estimó un crecimiento del 0,9% para la eurozona, dos décimas menos que en abril; el Banco Mundial coincidió con la cifra del BCE: un 0,8%.
La palabra «incertidumbre» aparece tres veces en el comunicado oficial. No es un detalle menor: refleja que las proyecciones dependen de variables que el banco central no controla, como la duración del conflicto, la intensidad del choque energético o los posibles efectos de segunda ronda en salarios y precios.
El impacto en hogares, empresas y mercado laboral
El choque energético no afecta igual a todos los sectores. Las exportaciones mantienen cierto dinamismo, pero la demanda interna es más vulnerable. El BCE prevé que la renta real de los hogares europeos se vea erosionada por el encarecimiento de la energía, lo que frenará el consumo.
El mercado laboral resiste por ahora. La tasa de paro se mantiene cerca de mínimos históricos, aunque ya se aprecia un enfriamiento en la creación de empleo. Es una señal de alerta temprana que el BCE seguirá de cerca. Ante este escenario, la institución ha pedido a los gobiernos que las medidas fiscales de apoyo sean temporales, focalizadas y proporcionadas.
El riesgo de un deterioro mayor existe si otras rutas de suministro se ven afectadas o si aumentan las fricciones comerciales con socios como Estados Unidos.
¿Qué viene después? Septiembre, en el punto de mira
Lagarde evitó comprometerse con ningún movimiento futuro. Los mercados y los economistas, sin embargo, no tienen dudas: anticipan una nueva subida de 25 puntos básicos en septiembre. El BCE no lo ha confirmado, pero tampoco lo ha descartado.
Lo que sí ha dejado claro es qué factores pesarán en las próximas decisiones. La evolución de la guerra y la posible reapertura del Estrecho de Ormuz son las variables principales, a las que se suman los datos de inflación general, inflación subyacente y la transmisión efectiva de la política monetaria.
El BCE también alertó sobre un riesgo de naturaleza diferente: el avance de modelos de inteligencia artificial «más rápidos e intrusivos» que aumentan la exposición a ciberataques. La institución asegura estar trabajando para reforzar su resistencia ante posibles intrusiones.
Lo que viene es un otoño de decisiones condicionadas por factores externos que ningún banco central puede controlar del todo. La eurozona entra en esa etapa con tipos más altos, crecimiento débil y una inflación que tardará años en volver al objetivo. La siguiente reunión del BCE, y sobre todo la situación en el Golfo, dirán si el camino se estrecha o se despeja.
