viernes, junio 19, 2026
Vega Media Press
  • Actualidad
    • Economía
    • Movilidad
  • Gastronomía
  • Historia
  • Turismo
No Result
View All Result
Vega Media Press
Home Turismo

Volvieron al pueblo siendo quienes son, y los vecinos les llevan cítricos del huerto

by David Pérez
19 de junio de 2026
in Turismo
Dos hombres en la puerta de una masía en el Valle de Ricote con una cesta de naranjas y limones del huerto

En la puerta de su casa en el Valle de Ricote, dos vecinos reciben cítricos del huerto como gesto cotidiano de aceptación y pertenencia en su pueblo.

Cada mañana, cuando José Ángel y Alejandro salen por la puerta de su casa en Villanueva del Río Segura, las vistas del Valle de Ricote todavía les hipnotizan. A veces una vecina se acerca para contarles sus últimas historias. Otras, alguien les pregunta si irán a la verbena del fin de semana.

Durante décadas, muchas personas LGBTIQ+ abandonaron sus pueblos para poder ser quienes eran. Ese éxodo tuvo hasta nombre: sexilio rural. Pero en algunos rincones inesperados de la España vaciada, algo parece estar cambiando.

Casa Jaleos: verbenas, cohetes y una sola habitación

José Ángel y Alejandro no buscaban nombre para su agencia de comunicación. El nombre ya estaba en la casa. La vivienda que compraron en Villanueva del Río Segura se llamaba Jaleos porque pertenecía, históricamente, a la familia que organizaba las verbenas y los saraos del pueblo. «La casualidad nos dio el nombre», cuentan. Dejaron Murcia capital durante la pandemia y no han mirado atrás.

La anécdota que mejor resume su llegada al pueblo la protagonizan unas vecinas mayores que fueron a visitarles. Recorrieron la casa con curiosidad y, al comprobar que solo había una habitación, preguntaron dónde dormían. José Ángel y Alejandro explicaron que son matrimonio. Las vecinas se miraron y respondieron: «Nos encanta que al pueblo venga gente que se quiere.» Esas mismas mujeres les traen cítricos del huerto, ramas de laurel y detalles de ganchillo.

Para ellos, esos gestos no son anecdóticos. Son el núcleo de algo más grande.

«La visibilidad no puede ser solo una pantalla, una serie, una revista», explican. «Tiene que ser también la pareja gay que saluda en la calle y en el mercadillo, que se implica en el pueblo, que lo quiere y lo cuida.» Saludar, acudir al mercadillo, aparecer en la verbena: actos cotidianos que, en un pueblo pequeño, funcionan como declaración política sin necesidad de ningún micrófono.

Están convencidos de que su arraigo tiene que ver con algo simple. «A veces hace falta conocernos en persona para naturalizar lo que somos: gente que se quiere.»

Noe y Marian: bordado quinqui y ‘hermanas viudas’

En la pequeña tienda de ultramarinos de Ulea, Marian deja pasar a un vecino que lleva unos yogures. Cuando él paga, agradece a «todas… y a ti», sin saber bien cómo dirigirse a ella. Marian le sonríe. Esa escena, pequeña e incómoda, resume bastante bien cómo funciona la aceptación en proceso.

Noelia y Marian se mudaron a Ulea para dedicarse al bordado artesanal en su taller La Heredá. El oficio les viene de familia: la madre de Noelia estudió corte y confección; la abuela de Marian le puso una aguja en la mano cuando era niña y le enseñó a bordar, a hacer ganchillo, a todo. «Al final nos juntamos las dos con esta afición de mayores y le dimos un toque un poco quinqui», cuenta Marian. «Mi abuela nunca le haría un abrigo a un Furby.»

El arraigo al Valle de Ricote es el hilo conductor de su proyecto. La calma de Ulea les permitió sentarse a crear, y el pueblo las incluyó en sus fiestas sin demasiadas preguntas.

Las incomodidades lingüísticas persisten. El entorno dice «tu amiga» cuando debería decir «tu mujer». Algunas vecinas las llaman «hermanas viudas» o «compañeras». «Les incomoda saber que nos acostamos, nunca lo van a reconocer», dice Noelia, medio riendo. No es una aceptación perfecta, ni tampoco rechazo. Es un territorio intermedio, real y sin artificios.

Juana y Toñi: un Solete Repsol en el pueblo de toda la vida

Juana Fernández se fue a Barcelona. Trabajó como sumiller en restaurantes gastronómicos de primer nivel, aprendió, creció. Y luego hizo algo que ella misma califica de «muy valiente»: volver a Bullas.

No volvió por derrota ni por nostalgia. Volvió para reivindicar las recetas de las mujeres del pueblo que cocinaron durante generaciones «sin que nadie les preguntara sus nombres». Ese legado se convirtió en Taller de Sabores, un restaurante con Solete de la Guía Repsol donde el equipo está formado por mujeres y personas del colectivo. «Eso no es casualidad: es una decisión», afirma Juana.

Toñi, herrera autodidacta y escultora, trabaja el hierro y cuida el huerto con la misma lógica: «Cuidar la tierra como ella nos cuida a nosotras.»

Juana habla de identidad con precisión: «Aprendes que la identidad no se construye mirando a quien te señala, sino rodeándote de quien te ve.» Y añade algo sobre el peso del reconocimiento externo: «Es difícil ignorar un Solete de la Guía Repsol en tu pueblo de toda la vida.»

El pueblo como decisión, no como derrota

Los tres casos comparten una misma estructura de fondo. Ninguno regresó al pueblo porque fracasara en la ciudad. Todos eligieron el territorio con consciencia, con proyecto, con voluntad de poner en valor lo que ya estaba allí.

El concepto de sexilio rural describía una realidad dolorosa: la de quienes tuvieron que marcharse para poder ser quienes eran. Esa realidad no ha desaparecido. Las resistencias existen, los silencios también. Las «hermanas viudas» y los «tu amiga» siguen ahí, recordando que la aceptación es un proceso lento y desigual.

Pero estas historias muestran que el mapa está cambiando, aunque sea despacio.

La visibilidad LGBTIQ+ en entornos rurales no depende solo de leyes ni de titulares. Depende de la presencia física en la plaza, en el mercado, en la verbena; de saludar, de llevar cítricos, de aparecer. De ser, simplemente, vecinos.

La pregunta que dejan estas historias no es si los pueblos están listos para recibir a personas LGBTIQ+. Es qué tipo de comunidades queremos construir, y quién está dispuesto a quedarse para construirlas. Juana y Toñi lo dicen con claridad: «Sentimos que los pueblos tienen mucho futuro precisamente ahora.» Cada día que abren el taller, bordan un abrigo para un Furby o lanzan un cohete en la verbena, están demostrando que tienen razón.

Tags: aceptacióncomunidadidentidadLGBTIQ+pueblosexilio ruralValle de Ricote
Previous Post

Décadas de crecimiento por volumen no fueron suficientes: la industria del aguacate replantea su futuro desde el consumidor

Next Post

España ya tiene la tecnología para moverse de forma sostenible, pero aún le faltan las certezas que el usuario necesita para dar el paso

Categorías

  • Actualidad
  • Deportes
  • Economía
  • Gastronomía
  • Historia
  • Movilidad
  • Sin categoría
  • Turismo

Archivos

  • junio 2026
  • agosto 2025
  • julio 2025
  • junio 2025
  • marzo 2025
  • febrero 2025
  • Política de privacidad
  • Términos y Condiciones de Uso
  • Política de Cookies

© 2025 Vega Media Press

No Result
View All Result
  • Actualidad
    • Economía
    • Movilidad
  • Gastronomía
  • Historia
  • Turismo

© 2025 Vega Media Press