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Carissa Véliz, filósofa de Oxford: la IA no es más inteligente que los humanos y creer lo contrario tiene un precio político

by Dirección
23 de junio de 2026
in Actualidad
Carissa Véliz, filósofa de Oxford, en un estudio con libros de filosofía y símbolos del mito frente a la IA

Carissa Véliz, filósofa de Oxford y experta en ética de la IA, reflexiona en su estudio rodeada de libros y símbolos del choque entre mito e inteligencia artificial.

Carissa Véliz no tiene redes sociales, evita encender la cámara en videollamadas y pide que nadie publique su fecha de nacimiento. Para la filósofa mexicana del Instituto para la Ética de la Inteligencia Artificial de Oxford, la privacidad no es una opinión: es una práctica.

Su nuevo libro, Profecía, parece un giro inesperado para una experta en IA. Pero la pregunta que lo vertebra es muy concreta: ¿estamos entregando a los algoritmos el mismo poder que las sociedades antiguas depositaban en los oráculos?

Una filósofa que vive sin dejar huella digital

Véliz no usa ninguna plataforma asociada a Google o Meta. Evita encender la cámara en videollamadas y pide que nadie publique su fecha ni su lugar de nacimiento. No es una pose: es coherencia entre lo que piensa y lo que hace.

Su primer ensayo, Privacidad es poder, la convirtió en una voz de referencia en el debate sobre tecnología y derechos. Profecía llega ahora como un aparente cambio de rumbo que, en realidad, prolonga la misma pregunta de fondo: ¿quién tiene el poder de definir nuestro futuro?

El punto de partida es técnico y filosófico a la vez. La inteligencia artificial es, en esencia, una máquina de predicción: toma datos del pasado y los proyecta sobre lo que aún no ha ocurrido. Cuando Véliz buscó «ética de la predicción» por primera vez, apenas encontró resultados. Ese vacío fue la razón para escribir el libro.

Los mitos que sostienen el poder de la IA

El más extendido es el de la superinteligencia: la idea de que la IA es —o será— más inteligente que los seres humanos. Véliz lo desmonta con un dato histórico incómodo: ese mito no nació en Silicon Valley. Data de la antigua Grecia, donde ya se hablaba de autómatas capaces de superar a las personas. Los mitos más viejos, recuerda, tienen más arraigo en nuestra psicología.

Luego está el mito de la inevitabilidad. Tratar la IA como si fuera un designio divino —algo que simplemente ocurre— impide ver que es una tecnología diseñada por personas, con decisiones concretas, y que puede reformarse. Después llega el de la solución universal: la creencia de que la IA puede resolver problemas políticos, sociales y económicos. «Es una idea que, además, es en sí misma una predicción», señala Véliz. Los patrones son antiquísimos. Solo la tecnología es nueva.

Los tecnooligarcas como profetas modernos

Elon Musk, Sam Altman y otros líderes tecnológicos ocupan hoy el mismo rol político que los antiguos consejeros del poder: influir en la opinión pública desde una posición de privilegio. Véliz los compara con Rasputín o Nostradamus, no por su excentricidad, sino por su función estructural.

El caso de Anthropic le resulta especialmente revelador. La empresa habla de su modelo Claude como si fuera un ser humano con necesidad de ser feliz. «Si se lo creen, es increíblemente preocupante», dice Véliz. «Y si no, también, pero en otro sentido.» El problema de fondo es el conflicto de intereses: quienes más hablan de ética en IA son, con frecuencia, quienes más se benefician económicamente de ella. Anthropic, recuerda Véliz, usó libros sin permiso para entrenar su modelo. No puede dar lecciones.

Sobre la encíclica del papa León XIV, su valoración es matizada. Reconoce que el papa ha dicho cosas valientes, pero advierte del riesgo de que las grandes instituciones se usen mutuamente para lavar su imagen: las tecnológicas para blanquear lo que han hecho, la Iglesia para tapar sus escándalos.

Predecir el comportamiento humano no es ciencia: es autoritarismo

Hay una diferencia fundamental entre predecir cosas y predecir personas. Si alguien predice que va a llover y no llueve, las nubes no se inmutan. Pero si un algoritmo predice que un estudiante va a fracasar, puede cambiar cómo esa persona se percibe a sí misma. La predicción no anticipa el futuro: lo construye.

De ahí que Véliz formule una tesis provocadora: tener éxito prediciendo el comportamiento humano no es un avance científico, sino un síntoma de autoritarismo. Lo que probablemente está ocurriendo, dice, es que se está determinando ese comportamiento, no anticipándolo. La analogía histórica es precisa: en la Roma antigua, cuanta más gente creía en las predicciones sobre quién sería el próximo emperador, menos confianza depositaba en la República. Hasta que esta cayó. La democracia solo existe, recuerda Véliz, cuando el resultado es genuinamente incierto.

Cómo resistir la sociedad de la predicción

La resistencia que propone Véliz no es tecnofobia. Es actitud crítica. Ante cada predicción, sugiere hacerse varias preguntas: ¿quién la hace?, ¿qué datos usa y cuáles ha dejado fuera?, ¿quién gana con ese futuro?, ¿es ese el futuro que quieres?

También reivindica la serendipia. La incertidumbre genera ansiedad, sí, pero abre un espacio lleno de posibilidades que los algoritmos no pueden anticipar. Cuanto más dejas que decidan qué ves, a quién conoces o dónde comes, menos capacidad de decisión conservas.

Recomienda reducir la dependencia de los chatbots, no porque sean inútiles, sino porque interactuar más con ellos que con personas puede erosionar habilidades sociales y cognitivas. Los chatbots, señala, son hipócritas por diseño: siempre dan la razón. Y parte del valor de las relaciones humanas está, precisamente, en el desacuerdo.

Vivir en el presente es un acto de resistencia genuina. Cuando habitas el futuro —en las predicciones, en el teléfono, en las pantallas— dejas de prestar atención al mundo real. Y si lo descuidas, puedes perderlo. Esa advertencia, viniendo de alguien que ha construido una vida entera para no dejar rastro digital, no suena a consejo de autoayuda. Suena a filosofía aplicada.

Tags: Carissa Vélizéticafilosofíainteligencia artificialprivacidadtecnología
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