Steven Spielberg lleva creyendo en los extraterrestres desde que era adolescente. Su primer cortometraje ya apuntaba hacia el cielo, y desde entonces ha construido una filmografía que regresa, una y otra vez, a la misma pregunta: ¿y si no estamos solos?
Ahora, con El día de la revelación, el director da un paso que va más allá del espectáculo. La película no se pregunta si existe vida no humana inteligente en la Tierra — la da por hecha. Lo que plantea es otra cosa: el derecho a saberlo.
Una filmografía construida alrededor de una creencia
Desde Firelight, el cortometraje que Spielberg rodó de adolescente, el cielo nocturno ha sido su obsesión más constante. E.T., Encuentros en la tercera fase, La guerra de los mundos, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal: la lista es larga, y eso contando solo los proyectos que dirigió. Hay algo todavía más revelador: el logo de su productora lleva un alien incluido. La creencia no es un tema recurrente. Es una identidad.
En el último año, Spielberg ha dejado de insinuarlo y ha empezado a decirlo en voz alta. En entrevistas de promoción y en el propio tráiler de su nueva película ha afirmado que cree en la existencia de vida no humana inteligente en la Tierra. Ese cambio de registro importa, y mucho. Leer El día de la revelación desde esa postura activista transforma el sentido de toda la película.
Una película de tesis disfrazada de blockbuster de verano
La pregunta que El día de la revelación no se hace es si los extraterrestres existen. Los da por hecho desde la primera secuencia. El verdadero argumento gira en torno a algo distinto: el derecho de los ciudadanos a ser informados sobre esa existencia. Es una película sobre la transparencia, no sobre el contacto.
Para sostener esa tesis, Spielberg combina el thriller conspirativo con la película de persecuciones. El resultado es un blockbuster que funciona como entretenimiento y como manifiesto al mismo tiempo. El guion incorpora referencias directas al llamado Disclosure Movement y a informaciones desclasificadas por el gobierno de Estados Unidos, que revelan décadas de conocimiento oficial sobre vida no humana. También reflexiona sobre el caos que supondría una revelación global de esa magnitud, sin esquivar ni la mirada de la Iglesia católica ni las tensiones geopolíticas del presente.
Emily Blunt y Josh O’Connor: dos personajes para una misión imposible
Josh O’Connor encarna a un whistleblower dispuesto a revelar pruebas de vida no humana. Es un arquetipo clásico del universo spielbergiano: el ciudadano corriente al que la historia coloca de repente con el peso del mundo en las manos, y que en el proceso pone en riesgo a quienes quiere.
Más novedoso resulta el personaje de Emily Blunt: una meteoróloga que trabaja para una televisión local de Kansas City y descubre, sin buscarlo, que puede comunicarse con los extraterrestres. Es una protagonista femenina en una filmografía que no se ha prodigado en ellas, y Blunt la hace completamente suya, gestionando con igual soltura los momentos de tensión y los apuntes cómicos del personaje. El reparto coral añade a Wyatt Russell y Colman Domingo, con Colin Firth como antagonista principal. John Williams firma la música.
La tecnología alienígena y el guiño al Disclosure Movement
El guion de Spielberg y David Koepp incorpora detalles que proceden directamente de filtraciones y desclasificaciones reales. Uno de los más concretos: la idea de que el gobierno posee tecnología no humana recolectada en décadas pasadas y ha practicado ingeniería inversa con ella, un elemento central del Disclosure Movement tal como lo han descrito activistas e informantes ante el Congreso de Estados Unidos.
Otros elementos del filme son más especulativos: invisibilidad, teletransportación, una suerte de posesión de personas. Spielberg no los presenta como hechos verificados, sino como posibilidades narrativas. Lo que conecta ambos registros es la coherencia del conjunto: una película sobre el secreto que administra con precisión qué revela y cuándo.
La empatía como superpoder: el mensaje final de Spielberg
El mayor poder que la película atribuye a los extraterrestres no es tecnológico. Es emocional. La empatía aparece como la ventaja evolutiva más valiosa, en contraste con un mundo que Spielberg retrata brevemente pero con claridad: guerras, tensiones internacionales, un informativo que podría ser cualquier día de esta semana.
El tono optimista del director choca con el escepticismo del momento, y quizás eso sea exactamente el punto. El día de la revelación funciona como una invitación a creer, en los extraterrestres, sí, pero también en algo más difuso y más necesario: la posibilidad de que haya algo ahí fuera que nos enseñe a tratarnos mejor.
En un tiempo en el que creer en cualquier cosa se ha vuelto complicado, Spielberg lleva décadas apostando por lo mismo. La pregunta que deja la película no es si los alienígenas existen. Es qué dice de nosotros el hecho de que necesitemos que vengan de fuera para recordarnos lo que ya sabemos.
