Carl Wunsch tiene 84 años y lleva más de seis décadas estudiando algo que la mayoría de las personas nunca verá: las corrientes que circulan a miles de metros de profundidad y que, en silencio, regulan el clima del planeta. Desde el MIT, contribuyó a construir los sistemas que hoy nos permiten escuchar al océano.
Ahora, justo cuando ese conocimiento acumulado resulta más necesario, Wunsch observa cómo parte de la infraestructura científica que ayudó a levantar empieza a desaparecer.
El hombre que puso el océano en el mapa del clima
Wunsch no llegó al océano por vocación directa. Estudiaba geofísica, sismología, geomagnetismo. Pero un oceanógrafo carismático que hacía sus propias mediciones con papel y lápiz le cambió el rumbo. Nacido en Brooklyn en 1941, encontró en el mar un problema matemático fascinante. Su fortaleza estaba en los números: tomaba datos en el océano y volvía a su oficina para confrontarlos con sus modelos.
Con el tiempo, esa combinación de matemáticas, física y tecnología espacial le permitió demostrar algo que hoy parece evidente pero que entonces no lo era: el océano es el gran regulador térmico del planeta. Sin entenderlo, no se puede entender el clima. Por ese trabajo, Wunsch recibe el XVIII Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA en la categoría de Cambio Climático.
El problema, explica, es que el océano es profundamente contraintuitivo. La circulación a gran escala está controlada por la rotación de la Tierra, y casi nadie tiene una comprensión instintiva de eso. Personas como él han pasado décadas construyendo esa intuición. Aun así resulta difícil de transmitir.
Una maquinaria invisible que mueve el clima del planeta
Bajo la superficie del mar circula una maquinaria gigantesca. Almacena calor, redistribuye energía y responde a los cambios climáticos con una lentitud que desafía la escala humana. Algunas masas de agua profunda tardan siglos en renovarse. El océano que observamos hoy todavía está respondiendo a eventos ocurridos hace cientos de años.
Un ejemplo concreto: hay zonas del océano que, según la interpretación de Wunsch, aún se están enfriando como consecuencia de la Pequeña Edad de Hielo, que se extendió hasta el siglo XIX. El sistema climático tiene una memoria mucho más larga que nuestra historia reciente.
Esa lentitud tiene una consecuencia directa para el presente. Si las emisiones de gases de efecto invernadero se detuvieran hoy mismo, los cambios continuarían durante décadas, probablemente siglos. El exceso de CO₂ ya acumulado garantiza transformaciones graves. Lo que Wunsch no puede predecir con precisión es cuáles serán exactamente: ¿sequía en México? ¿Lluvias extremas? El sistema puede producir ambas cosas. Lo que sí es seguro es que el planeta seguirá calentándose, el deshielo continuará, y ese proceso podría durar entre 30 y 150 años. Nadie lo sabe con certeza.
El desmantelamiento silencioso de la ciencia climática
En Estados Unidos, dice Wunsch sin rodeos, la situación es un desastre. La Administración Trump está desmantelando el sistema de observación oceánica que llevó décadas construir. El daño no es solo presente: cuando se destruyen registros científicos, reconstruirlos resulta casi imposible. La incertidumbre que eso genera se acumula de forma irreversible.
Sus sucesores tendrán que trabajar con huecos que ya no se podrán rellenar. No es solo un problema técnico. Es una deuda que se traslada a las generaciones futuras.
Pero el daño más profundo puede ser otro. Wunsch advierte de que se está perdiendo una generación entera de científicos del clima en Estados Unidos: investigadores que hacían trabajo valioso y han perdido financiación. Resulta muy difícil animar ahora a los jóvenes a dedicarse a esta disciplina cuando la ciencia climática se ha convertido en campo de batalla ideológico. Recuperarse de esto, dice, llevará varias generaciones.
Lo que todavía no estamos midiendo
Wunsch es muy consciente de los límites del conocimiento actual. Hay partes del océano que siguen sin estar suficientemente observadas, especialmente en el hemisferio sur. En el norte, el océano tiene una profundidad media de 4.000 metros, y la superficie es turbulenta, cambia de formas aleatorias que complican la medición.
La mayoría de los sistemas de observación registran datos cada diez días. Wunsch no sabe si eso es suficiente, y esa incertidumbre le preocupa de verdad.
Su mayor temor es que las generaciones futuras pregunten por qué no se midió algo que ya no se puede recuperar. Un fenómeno que ocurrió y no fue registrado es, simplemente, información perdida para siempre. Esa brecha entre lo que se observa y lo que los modelos necesitan saber representa, para él, una debilidad estructural de la ciencia climática actual.
Un consejo para los que vienen después
Si tuviera que aconsejar a un estudiante brillante hoy, Wunsch sabe exactamente qué le diría: sitúate en el medio. Entre quienes construyen grandes modelos climáticos y quienes realizan observaciones directas existe una brecha real. Ambas comunidades no siempre se entienden: los modelizadores conocen poco la complejidad de los datos reales, y los observadores a menudo no comprenden bien las limitaciones de los modelos.
Ese perfil híbrido es escaso porque las dos disciplinas son extraordinariamente complejas. Se puede dedicar una carrera entera solo a entender qué significan físicamente los datos de los instrumentos de observación, y hace falta otra carrera para comprender modelos con millones de líneas de código. Pedir las dos cosas a la vez es mucho. Pero es justo donde más se necesita trabajo.
Frente al escepticismo ideológico, Wunsch recurre a la perspectiva histórica. La ciencia se autocorrige; siempre lo ha hecho. El ejemplo clásico es que el sol no gira alrededor de la Tierra: una idea que muchos rechazaron porque contradecía sus creencias. Algo parecido está ocurriendo ahora, a otra escala. Es, dice, más un problema de psicología y sociología que de ciencia.
Lo que queda implícito en todo lo que dice es una pregunta que no formula directamente pero que sobrevuela cada respuesta: ¿quién quedará para seguir haciendo las preguntas correctas? El conocimiento acumulado puede destruirse. Los registros pueden borrarse. Una generación de científicos puede perderse. Pero la pregunta sobre lo que el océano sabe y nosotros todavía no seguirá siendo urgente, aunque nadie esté ya escuchando.
