Javier Perianes regresa esta semana a la Región de Murcia para interpretar a Manuel de Falla. No es una novedad: lleva más de veinte años haciéndolo. Lo que sí resulta digno de atención es que Falla murió en 1946 y, aun así, en cuanto suena la primera nota de El amor brujo o de Noches en los jardines de España, cualquier oyente sabe con exactitud a quién está escuchando.
Ciento cincuenta años después de su nacimiento, esa inmediatez sigue siendo difícil de explicar.
Un sello inconfundible a través del tiempo
Hay compositores que suenan a su época. Falla suena a sí mismo. Eso, según Perianes, es lo que separa a los grandes creadores del resto: una voz tan personal que resulta imposible confundir con ninguna otra. «Cuando escuchas a Falla no tienes la tentación de confundirlo con ningún otro compositor», ha afirmado el pianista. Y esa certeza no ha envejecido.
Obras como El sombrero de tres picos o Noches en los jardines de España lo demuestran desde el primer compás. No hace falta haber leído el programa de mano. El sello está ahí: en la textura, en el color, en esa mezcla de raíz española y elaboración sofisticada que Falla convirtió en lenguaje propio.
Perianes lo formula con una imagen casi poética: cada vez que suena su música, es como devolverlo a la vida. Ciento cincuenta años después de su nacimiento, esa resurrección se repite en cada auditorio del mundo.
Veinte años con las mismas partituras, siempre nuevas
Perianes lleva más de dos décadas tocando a Falla. Lejos de agotarse, la relación se profundiza. «Espero que haya evolucionado y no involucionado», dice, con una sonrisa implícita en las palabras. Porque esa es la clave: una obra artística no permanece estática, sino que crece junto a quien la interpreta.
Hay pasajes que siempre estuvieron en la partitura pero que, con los años, se perciben de otro modo. No cambia el texto. Cambia quien lo lee. Cualquier lector de novelas lo reconocerá: volver a una obra después de tiempo es, en cierta forma, encontrarte con una versión distinta de ti mismo.
El pianista lo compara con reencontrarse con un viejo amigo: el vínculo permanece, aunque ambos hayan cambiado. Esa imagen revela mucho sobre cómo entiende su oficio. No como una técnica que se domina, sino como una relación que se cultiva.
Falla más allá de España: un compositor europeo
Existe la tentación de encasillar a Falla como compositor nacional. Perianes la rechaza con claridad. «Nadie se plantea si Beethoven puede ser interpretado por un músico español, francés o japonés», señala. Con Falla, dice, debería ocurrir exactamente lo mismo.
La razón es biográfica y musical al mismo tiempo. La etapa parisina fue decisiva: el contacto con Debussy, Ravel y Paul Dukas no fue un episodio menor, sino algo que transformó su manera de entender la composición. El folclore español siguió siendo su materia prima, pero la formación europea le dio las herramientas para convertirlo en algo universal. El resultado es un lenguaje que no pertenece a ningún país en exclusiva. Pertenece a la música.
Noches en los jardines de España: el piano que no quiere ser protagonista
Esta obra exige, antes que nada, una corrección conceptual. No es un concierto para piano, o al menos no en el sentido convencional. El piano no lidera: colorea. Es una textura más dentro del tejido orquestal, integrada en el conjunto antes que destacada sobre él.
Los propios títulos que Falla consideró antes de decidirse revelan esa intención: «impresiones sinfónicas», «nocturnos para piano y orquesta». Ninguno sitúa al piano en el centro, y la elección final tampoco lo hace. Para Perianes, ahí reside la verdadera dificultad interpretativa. No se trata de brillar, sino de equilibrar: lograr que la voz del piano dialogue con la riqueza orquestal sin imponerse ni desaparecer. Un ejercicio de escucha tanto como de ejecución.
Ravel y Falla: un diálogo de ida y vuelta
El programa que Perianes lleva a Murcia y Cartagena no responde a un capricho. Junto a Noches en los jardines de España suena el Concierto en Sol de Ravel, y la elección tiene una lógica profunda: ambos compositores se admiraban mutuamente, y esa admiración dejó huellas concretas en sus partituras.
Escuchados juntos, los intercambios se vuelven audibles. Hay algo de francés en Falla y algo de español en Ravel, no como préstamo superficial, sino como afinidad genuina entre dos maneras de entender el sonido. El segundo movimiento del Concierto en Sol añade otra capa: es a la vez un homenaje a Mozart y una asimilación del jazz y el blues que Ravel descubrió en su viaje por América. Modernidad y tradición conviviendo sin contradicción. Perianes lo llama, sin más, «una de las grandes maravillas de la obra».
La vocación como único privilegio que importa
Una carrera consolidada puede volverse rutina. Perianes parece haber encontrado la manera de evitarlo: no mirar demasiado hacia atrás. Cada proyecto es, en sus palabras, una nueva oportunidad para aprender. Siempre aparece un director con una perspectiva distinta, o un colega que ilumina un rincón desconocido de una partitura familiar.
Sobre los jóvenes y la música clásica, no ofrece soluciones mágicas porque reconoce que no las hay. Lo que sí defiende es la oportunidad: él mismo descubrió la música sinfónica a través de conciertos escolares. No se trata de imponer, sino de abrir puertas. Y cuando se le pregunta por el mayor privilegio de su profesión, la respuesta es directa: poder dedicarse a lo que uno siente como vocación. Los viajes, los auditorios, los colegas extraordinarios vienen después. Quizás ahí reside también la clave de por qué Falla sigue vivo: porque hubo alguien que lo sintió como llamada, lo estudió como oficio y lo entregó como don. Y porque sigue habiendo intérpretes dispuestos a hacer lo mismo.
