En el fresco de Rafael La escuela de Atenas, Platón señala al cielo y Aristóteles tiende la mano hacia la tierra. Dos gestos que llevan dos mil quinientos años sin resolverse.
Esa tensión fue el punto de partida de un diálogo celebrado en la sede de la Fundación Juan March, donde los filósofos Javier Gomá y Ángel Gabilondo conversaron durante más de hora y media sobre las nuevas traducciones de La República y la Política. La ocasión era editorial. Lo que emergió fue algo distinto: la sospecha de que los griegos clásicos no son historia, sino espejo.
Una conversación que dura veinticinco siglos
El pretexto era concreto. La editorial Arpa ha publicado nuevas traducciones de La República de Platón y la Política de Aristóteles, con prólogos de Gomá y Gabilondo respectivamente. El encuentro en la Fundación Juan March desbordó con rapidez ese formato de presentación.
Gomá sostiene que la filosofía no es ciencia, sino —en sus palabras— «literatura conceptual». La distinción importa: la ciencia acumula y supera; la filosofía regresa y relee. De ahí que los clásicos «vivan en eterna primavera». Sus textos contienen verdades que el tiempo no erosiona, preguntas que cada generación hereda sin poder cerrarlas del todo.
Tanto Platón como Aristóteles privilegiaban la oralidad sobre la escritura. Lo esencial era convivir y conversar; el diálogo escrito era apenas una imitación de esas charlas reales. «La filosofía no es estar razonando en tu alcoba a solas», argumenta Gomá. El conocimiento nace del encuentro, de ese «centelleo» del que habla Gabilondo, esa iluminación que solo aparece cuando dos personas piensan juntas.
El lector como último autor
Gabilondo señala un riesgo específico: leer los textos clásicos como algo cerrado, dogmático, definitivo. Para él, un libro no existe si no se abre. «El lector es el último autor», defiende.
La idea tiene raíces históricas. Gomá recuerda que hasta el siglo XVIII leer era un acto colectivo, en voz alta, en compañía. La lectura silenciosa e individual es una invención moderna, y con ella llegó la ilusión de que el texto habla por sí solo. El pensamiento, insisten ambos, no es un monólogo.
«El logos está atravesado por su propio decir», reflexiona Gabilondo. De ahí una paradoja: ni Platón era siempre platónico ni Aristóteles siempre aristotélico. Los dos practicaban un pensamiento abierto, en movimiento, que resistía sus propias conclusiones.
La gran cesura: dignidad humana y democracia moderna
El individuo como tal no preocupaba a los griegos. Esa es, según Gomá, la fractura decisiva entre el mundo antiguo y el moderno. A partir del romanticismo del siglo XIX, el individuo se emancipa del todo cósmico y se descubre semejante a un ángel.
La consecuencia política es de gran alcance. «En Occidente hemos admitido que cada ciudadano es un contrapoder», explica Gomá. La democracia moderna descansa sobre una idea que ni Platón ni Aristóteles concibieron: que ningún ser humano es superior a otro. Por eso la democracia es, en sus palabras, una «fragilidad invencible».
Gabilondo va más lejos. «Los griegos de verdad somos nosotros», dice, con la esclavitud y la exclusión de mujeres y no ciudadanos en mente. Aristóteles definió al ser humano como «animal político», capaz de compartir un lenguaje moral, pero esa intuición convivía con una polis profundamente excluyente.
El totalitarismo del bien y el realismo de Aristóteles
La República de Platón propone una sociedad perfecta ordenada por la razón absoluta. Gomá la describe como un «totalitarismo del bien», vinculándola —con matices— a la crítica que Karl Popper formuló de forma «algo tosca». La utopía platónica parte de una confianza excesiva en que la razón puede construir el orden humano desde cero.
Aristóteles corrige a su maestro. En la Política advierte que la polis no puede gobernarse como las matemáticas. Lo humano es contingente, está «trenzado con la casualidad, con la fortuna, con la libertad», y no pertenece al orden de lo necesario.
De esa corrección nace uno de los hallazgos centrales del pensamiento occidental. Casi de pasada, al inicio de la Ética, Aristóteles intuye que ética y política son lo mismo, que la una es continuación de la otra. La política, entonces, no es ingeniería de utopías. Es «un saber de la prudencia y la inteligencia práctica», como señala Gabilondo.
La lección política que nadie quiere escuchar
Platón y Aristóteles coincidían en algo esencial: el rechazo al sofismo. La verdad no puede sacrificarse al poder. Esa convicción atraviesa ambas obras y sigue siendo incómoda hoy.
La enseñanza central de los clásicos, según Gomá, es el «régimen de la medianía»: moderación, ponderación, justicia. No las grandes ideas ni los grandes bienes como objetivo, sino la política entendida como espacio de convivencia, concordia y vida sencilla.
Gabilondo añade que vincular la política con la felicidad sería hoy tachado de ingenuidad en cualquier parlamento. Y sin embargo, ahí está la propuesta. ¿Cómo se llega a esa vida política digna? Siendo buenos, cultivando la amistad, aprendiendo. «La educación es el camino«, dice, y luego duda de su propia sentencia con una sonrisa.
Quizás esa duda sea, en sí misma, la lección más griega de todas. Dos mil quinientos años después, las preguntas que importan siguen sin respuesta definitiva. Y tal vez eso no sea un fracaso de la filosofía, sino su mejor argumento para seguir leyéndola.
