En la madrugada del 22 de enero de 1961, veinticuatro exiliados españoles y portugueses tomaron el transatlántico Santa María en alta mar con un plan tan descabellado como preciso: desviar el barco hasta Angola e iniciar desde allí una revolución que acabara con Franco y Salazar. Durante días, sus nombres ocuparon portadas en todo el mundo y el planeta entero pareció ponerse de su lado.
En España, sin embargo, nadie los recuerda. Una novela acaba de preguntar por qué.
La noche en que un barco se convirtió en una revolución
El 22 de enero de 1961, veinticuatro exiliados tomaron el Santa María con un objetivo tan ambicioso como improbable: desviar el transatlántico hasta Angola e iniciar desde allí una revolución capaz de derrocar simultáneamente a Franco y a Salazar. El plan exigía coordinación, audacia y una fe considerable en lo imposible.
Durante varios días, la operación acaparó portadas en todo el mundo. La prensa internacional convirtió a sus protagonistas en héroes antifascistas y, por un momento breve y extraño, el planeta pareció ponerse de su lado.
En España, la historia quedó enterrada. Nadie la contó, nadie la heredó. Y durante décadas, nadie preguntó por qué.
Por qué nadie recuerda el secuestro del Santa María
José Ignacio Carnero, autor de Los fabuladores, tiene una respuesta clara: esta historia no encaja en ninguna familia narrativa. «Es un cabo suelto», explica. «Un suceso que empieza y acaba con ellos, que no tiene descendientes ni ascendientes.»
Los relatos históricos perduran cuando forman parte de un puzle mayor. El 23-F se recuerda no por lo que ocurrió en el Congreso, sino porque integra el relato fundacional de la democracia española. El secuestro del Santa María no alimenta ningún mito posterior. No hay dónde colgarlo.
A eso se sumó la indiferencia internacional hacia las dictaduras ibéricas. En 1961, el franquismo ya resultaba útil para Estados Unidos, el mundo miraba hacia otro lado, y España funcionaba, según Carnero, «prácticamente en piloto automático». Aun así, el secuestro logró algo concreto: durante aquellos días, la prensa internacional adoptó un discurso abiertamente antifascista. Bastaba revisar las hemerotecas para comprobarlo. Fue un logro efímero, pero real.
Tres hombres demasiado mayores para hacer una revolución
Henrique Galvão tenía 66 años cuando participó en el secuestro. Sotomayor, entre 57 y 58. Edades inusuales para liderar una insurrección. Carnero lo subraya con asombro: «Lo normal a esa edad sería buscar tranquilidad, una jubilación serena.»
Las biografías añaden otra capa de complejidad. Galvão no era un antifascista convencido; hasta el final de su vida se definía como anticomunista y católico. Sotomayor, en cambio, era marxista. Sus visiones del mundo eran opuestas, y sin embargo encontraron algo que los emocionó a ambos por igual y los empujó a actuar juntos.
Esa alianza duró apenas un mes después del secuestro antes de desintegrarse bajo el peso de sus prejuicios acumulados. Lo que los unió, según Carnero, fue «un fuego interior poderosísimo»: algo que los llevó a comportarse como si tuvieran veinte años, con todo lo que eso implica de grandeza y de fragilidad.
Una novela en dos voces: historia y literatura frente a frente
Los fabuladores se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera ofrece una narración histórica fría, casi desapasionada, donde los hechos hablan por sí solos. La segunda cambia de registro por completo: el autor se implica, entra «con el cuchillo en el corazón y en las vísceras» de sus personajes.
Carnero distingue con precisión entre verdad histórica y verdad literaria. La novela busca esta última, con sus propias reglas internas, sin pretender sustituir al historiador ni al periodista. Pretende llegar a donde ellos no pueden llegar.
La investigación incluyó entrevistas a supervivientes directos. Camilo Mortágua falleció mientras Carnero escribía la novela; Víctor Velo se encuentra hoy en una residencia con un deterioro cognitivo grave. «He sido el último en llegar», reconoce el autor. Como guía ética para tratar a sus personajes, cita a Orson Welles: «dar a cada personaje sus mejores razones».
El fracaso como forma de victoria
Los protagonistas sabían que habían fracasado. Carnero no lo disimula: Los fabuladores es, según sus propias palabras, «un retrato del fracaso y de la derrota». Víctor Velo y Camilo Mortágua transmitían esa sensación con claridad cuando hablaba con ellos.
Y sin embargo, reivindicaban algo. Habían denunciado públicamente las dictaduras ibéricas en un momento de enorme indiferencia internacional y habían roto —aunque fuera por unos días— el relato que homologaba a Franco y Salazar ante el mundo. La dimensión quijotesca del episodio no es solo una metáfora: los protagonistas llevaban ejemplares del Quijote a bordo durante el secuestro y los leían por las noches. Sabían, en algún nivel, en qué tradición se inscribían.
Quizás la pregunta más incómoda que deja abierta la novela no es si fracasaron, sino qué significa fracasar cuando el objetivo era simplemente que el mundo prestara atención. Y qué queda de cualquier verdad cuando los últimos testigos que la vivieron ya no pueden contarla.
