Las olas de calor ya no sorprenden, pero siguen subestimando a quienes más exponen. Con temperaturas que rozarán o superarán los 40 °C en buena parte del país, el riesgo solar en personas mayores se cuela en los momentos más cotidianos: un paseo matinal, una terraza a mediodía, el camino a pie hasta la farmacia.
La piel envejece y, con ella, pierde grosor, elasticidad y capacidad de recuperación. El daño acumulado durante décadas hace que incluso una exposición breve pueda dejar marca. Y sin embargo, la protección solar sigue tratándose, en muchos casos, como algo reservado para la playa.
Una piel que ya no se defiende igual
Con los años, la piel cambia de formas que no siempre se ven a simple vista. Se vuelve más fina, más seca, y su capacidad de regenerarse se ralentiza notablemente. A eso se suma el daño solar acumulado durante décadas, que no desaparece sino que se va expresando en manchas, lesiones o irritaciones que antes no estaban.
La doctora Cristina Villegas, jefa de servicio de Dermatología del Hospital Universitario Sanitas La Moraleja, lo explica con claridad: una quemadura solar en una persona mayor tiene más impacto que en un adulto joven. La piel más fina tarda más en recuperarse, y si ya existen heridas, úlceras, manchas previas o cicatrices recientes, la radiación agrava la zona y dificulta aún más ese proceso.
Todo esto convierte la protección solar en algo que va mucho más allá de la estética. Es una medida de salud con consecuencias reales en la movilidad, el descanso y la calidad de vida.
El obstáculo invisible: aplicar la crema correctamente
Conocer la recomendación no siempre es suficiente. El problema, en muchos casos, es poder llevarla a cabo. La rigidez en los hombros, la pérdida de fuerza en las manos o el deterioro cognitivo hacen que zonas como la espalda, los pies o la parte posterior de las piernas queden sin proteger con frecuencia. No por descuido, sino por limitación real.
Miriam Piqueras, directora Médica de Sanitas Mayores, subraya que ayudar a aplicar el protector también forma parte del cuidado preventivo. No es un gesto menor: evita molestias que después limitan salidas, descanso o movilidad. La fotoprotección debe adaptarse a la situación funcional de cada persona. No existe una rutina única válida para todos.
Cuándo, cuánto y cómo aplicar el protector
La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) recomienda aplicar el protector unos 30 minutos antes de salir, sobre piel limpia y seca. En personas mayores, hacerlo antes de vestirse facilita cubrir zonas que después quedan parcialmente tapadas por la ropa.
La cantidad importa tanto como el momento. Para la cara, se utilizan como referencia dos líneas de producto extendidas en dos dedos; para el cuerpo, la AEMPS recomienda unos 30 ml cuando hay muchas zonas expuestas. Una capa demasiado fina reduce considerablemente la protección real. Además, una sola aplicación no dura todo el día: el protector debe renovarse cada dos horas y siempre después de sudar, bañarse o secarse con toalla. La franja entre las 12:00 y las 16:00 horas es la que conviene evitar.
Las zonas que casi siempre quedan sin proteger
Las orejas, el dorso de las manos y los empeines reciben mucha radiación durante paseos o en terrazas, y son también las que con más frecuencia quedan sin cubrir. No porque se ignoren, sino porque se olvidan en el momento de aplicar la crema.
El cuero cabelludo es otra área vulnerable, especialmente en personas con poco cabello: si no se usa sombrero, necesita protección directa. Los labios requieren un bálsamo con factor de protección solar. Seguir siempre el mismo orden —cara, orejas y cuello, luego manos, antebrazos y piernas, y por último los empeines— ayuda a no saltarse ninguna zona y puede convertirse en un hábito sencillo.
Más allá de la crema: hábitos que completan la protección
El protector solar es imprescindible, pero no lo es todo. La AEMPS recuerda que no sustituye al sombrero, las gafas de sol ni la ropa ligera que cubra la piel; estas medidas se complementan y, juntas, reducen el riesgo de forma significativa.
Organizar las salidas a primera hora de la mañana o al caer la tarde es un ajuste sencillo con un impacto real. También conviene revisar el estado del producto antes de usarlo: las cremas alteradas por el calor, o abiertas desde el verano anterior, pueden haber perdido eficacia.
Incorporar el protector a la rutina diaria, igual que la hidratación o la medicación pautada, es quizás el cambio más importante. El verano seguirá siendo cada vez más caluroso. La pregunta no es si protegerse, sino cómo hacerlo de forma constante y adaptada a cada situación. Quienes acompañan a personas mayores tienen también un papel clave en ese proceso.
