Durante diez años, algunas de las mujeres más influyentes de la historia cultural española compartieron un mismo espacio en Madrid: impulsaron el sufragio femenino, llenaron auditorios y crearon una guardería pionera para hijas de obreras. Hablamos de Clara Campoamor, Victoria Kent, Elena Fortún, María Teresa León. Y sin embargo, hasta hace apenas unos meses, su historia colectiva no existía en ningún ensayo ni archivo ordenado.
El Lyceum Club Femenino cumple cien años en 2026. Hasta este mismo año, no había ni un listado fiable de sus socias.
Un centenario que llega con un siglo de retraso
Cien años es mucho tiempo para que una historia permanezca sin contar. El Lyceum Club Femenino existió, actuó y transformó la vida pública española —y aun así, hasta 2026 no existía ni un listado fiable de sus socias ni un solo ensayo monográfico dedicado a él.
Este año llegan dos a la vez. La periodista Eva Cosculluela publica El club de las modernas, un recorrido en el que comparte su propio proceso de investigación. Por su parte, la profesora universitaria Rocío González Naranjo firma Marisabidillas, frívolas y peligrosas, más denso y académico, pero igualmente revelador. Los dos libros reconstruyen la misma historia olvidada desde ángulos distintos.
El olvido no fue accidental. Tras la victoria franquista, la Falange se apropió del local del club e instaló allí un inofensivo «Círculo cultural Medina». Los archivos se dispersaron y la memoria institucional desapareció. Sandra Gilbert y Susan Gubar explicaron en 1979, en La loca del desván, por qué las mujeres sufren una «ansiedad de autoría»: sin antecedentes visibles, dudan de su propia capacidad creativa. Recuperar el Lyceum es, también, devolverles esos antecedentes.
Quiénes eran las ‘lyceómanas’
El modelo llegó desde Londres, donde en 1903 un grupo de mujeres creó su propio club inspirándose en la tradición británica de clubs masculinos. La idea se expandió por Berlín, París, Bruselas y Nueva York antes de aterrizar en Madrid en 1926 y en Barcelona en 1931.
Sus socias eran cultas, de clase media o alta, y representaban profesiones que apenas comenzaban a abrirse a las mujeres: médicas, abogadas, periodistas, políticas. En Madrid superaron las quinientas. Entre ellas estaban Clara Campoamor y Victoria Kent, la compositora María Rodrigo, la escritora Elena Fortún, María Lejárraga, Zenobia Camprubí y la escenógrafa Victorina Durán.
En Barcelona, el Lyceum de Via Laietana 39 reunió figuras como Aurora Bertrana, que fue su presidenta; la polifacética Ana María Martínez Sagi, poeta, sindicalista y atleta; y la periodista María Luz Morales, quien llegaría a dirigir La Vanguardia durante la Guerra Civil.
Más de quinientas actividades y una guardería de vanguardia
En diez años, el Lyceum de Madrid acogió más de quinientas actividades: exposiciones, conciertos, lecturas, cursos y conferencias sobre derechos, salud e historia de las mujeres. Era un espacio donde pensar y actuar juntas —algo que las mujeres habían tenido muy pocas oportunidades de hacer hasta entonces.
La iniciativa más destacada fue la creación de una Casa de los Niños. Funcionaba de ocho de la mañana a ocho de la tarde, atendía a criaturas desde los dos años y contaba con personal diplomado. Gratuita para madres trabajadoras. Una avanzadilla, en toda regla, del moderno Estado de bienestar.
El club también presionó para reformar el Código Civil —patria potestad compartida, derecho de las mujeres casadas a administrar sus propios bienes— y el Código Penal. Todo esto desde una organización laica por estatutos, lo que desató la hostilidad del sector católico y provocó ataques desde los púlpitos y la prensa conservadora.
Las parejas detrás de las grandes mujeres
Un ciclo de conferencias organizado por la Biblioteca Nacional examinó cómo las relaciones de pareja marcaron las trayectorias de las socias. La conclusión es incómoda: detrás de muchas grandes obras había una mujer invisible.
María Lejárraga escribía las exitosas obras de teatro firmadas por su marido Gregorio Martínez Sierra. Él mismo lo reconoció ante notario. Zenobia Camprubí gestionó toda la vida doméstica y profesional de Juan Ramón Jiménez, lo que llevó a María Teresa León a proclamar que el Nobel lo había ganado Zenobia.
Elena Fortún ocultó su homosexualidad durante toda su vida. Su novela Oculto sendero apareció póstumamente, en una maleta encontrada en Estados Unidos, en casa de su nuera. No se había atrevido a publicarla en vida: revelaba una historia personal que la época no estaba dispuesta a aceptar.
¿Debería llamarse ‘generación del 26’ en lugar de ‘del 27’?
La etiqueta «generación del 27» procede de un homenaje a Góngora celebrado en Sevilla ese año. Fue un evento exclusivamente masculino. Las mujeres no estaban allí, y sin embargo llevan décadas incluidas —o más bien subsumidas— bajo ese nombre.
Del centenario del Lyceum surge otra propuesta: llamar a este período «generación del 26», tomando como hito fundacional la creación del club, o bien «generación de la República», para incluir a ambos sexos sin privilegiar a ninguno. El argumento tiene peso: la irrupción colectiva de cientos de mujeres en el espacio público intelectual y político fue, históricamente, más novedosa que el homenaje a un poeta barroco.
El olvido del Lyceum no es una anomalía. Es un patrón. Cuando la memoria cultural solo recoge los hitos masculinos, la exclusión de las mujeres del espacio histórico no termina con su muerte: se perpetúa. Recuperar el Lyceum cien años después invita a preguntarse cuántas otras historias siguen esperando, todavía, en alguna maleta.
