Hay libros que se leen. Y hay libros que se habitan, se esculpen, se performan o simplemente desafían cualquier intento de clasificación. Frederic Amat, artista barcelonés nacido en 1952, lleva más de medio siglo construyendo estos últimos.
La exposición Vuit, que abre el 11 de julio en La Virreina Centre de la Imatge de Barcelona, reúne una selección de sus libros-arte y los materiales que los rodean y desbordan: una práctica singular que convierte la página en escenario y el libro en algo que todavía no tiene nombre del todo consensuado.
Un arte que cabe en un libro pero no en ninguna definición
Frederic Amat ha creado más de cincuenta libros-arte a lo largo de su carrera. El número es significativo, pero lo más llamativo es la variedad de formas que adoptan: libro ilustrado, libro objeto, libro conceptual, libro instalación, libro como performance. Cada uno abre un escenario distinto dentro de una práctica que no reconoce fronteras entre disciplinas.
Para Amat, el libro es un territorio más, no un destino final. Su obra abarca pintura, escultura, escenografía, cine, intervención en el espacio público y actos performativos que, según él mismo ha señalado, «todavía no tienen nombre consensuado». El libro no interrumpe esa exploración. La continúa por otros medios.
Lo que sostiene toda esta diversidad es un vocabulario gestual, cromático y ritual que ha generado una sintaxis reconocible. Pocos artistas contemporáneos han mantenido esa coherencia a lo largo de décadas y formatos tan dispares. Vuit, comisariada por Valentín Roma, reúne en La Virreina estos libros junto a los materiales que los rodean y desbordan.
La larga historia detrás del libro como obra de arte
El libro-arte no nació en el siglo XX, aunque con frecuencia se presente como una invención moderna. Sus raíces son antiguas y pertenecen a tradiciones muy distintas: los libros visionarios de William Blake, los manuscritos miniados medievales, los códices americanos, las vanguardias rusas, el grabado japonés. Ninguna cultura puede reclamarla en exclusiva.
El hito más citado es la traducción de Mallarmé de El cuervo de Poe, acompañada de litografías de Manet en 1875. No son ilustraciones al servicio del texto: son imágenes que dialogan con el poema en la escena de la página. Esa distinción no es menor.
La relación entre poetas y pintores tiene también una historia secular. Rubens leía a Tácito mientras pintaba y dictaba cartas al mismo tiempo. Miró y André Masson ambicionaban ser pintores-poetas, y esa ambición los distinguía de sus predecesores. Mallarmé formuló el principio fundante: «todo, en el mundo, existe para desembocar en un libro.»
Poetas, imágenes y páginas compartidas
La colaboración con poetas es el hilo conductor de los libros-arte de Amat. Con J. V. Foix, considerado el mayor poeta catalán del siglo XX, creó La ventada del somni, una carpeta de seis grabados. Con Joan Brossa produjo Tal i tant, un desplegable de más de dos metros con cubiertas de madera. Dos proyectos, dos lógicas distintas, la misma convicción de fondo.
Las colaboraciones más recientes son igualmente exigentes. Humo, junto a Chantal Maillard, combina poema en prosa con fotografías traslúcidas de carácter espectral. What is poetry?, con Lawrence Ferlinghetti, resulta inextricable entre sintaxis visual y poética: ninguna de las dos cede terreno a la otra.
Detrás de todo esto hay una convicción compartida que el poeta José Ángel Valente formuló con claridad en diálogo con Antoni Tàpies: «Creo que pintura, poesía y música son inseparables.» Ese principio vertebra la obra de Amat con una consistencia que pocas prácticas artísticas contemporáneas pueden sostener.
Octavio Paz, Cuba y la era electrónica de la poesía
En 2007, Amat escenificó en Girona el poema Blanco de Octavio Paz. El Nobel mexicano había escrito en 1995 que ese poema podría «inaugurar una nueva forma de expresión: la de la edad electrónica que combina la palabra hablada, el signo escrito, el color y la imagen visual.» Amat fue quien lo llevó a la práctica con rigor.
El diálogo con Paz había comenzado antes. Amat recorrió el mismo trayecto indio descrito en El mono gramático e intervino su propio ejemplar del libro, creando un livre d’artiste. El proceso muestra cómo el libro puede convertirse, también él, en un libro por otros medios.
La colaboración con Guillermo Cabrera Infante siguió una lógica parecida. La edición iluminada de Vista del amanecer en el trópico en 1998 fue la primera entrega; le siguió La Habana: captions, con fotografías de sintaxis amatiana. Ambos trabajos confirman que el libro, para Amat, no tiene por qué limitarse a la página impresa.
Seven Days y la obra más acabada de un artista sin límites
Seven Days es una elegía al poeta canadiense Mark Strand, traductor y amigo de Octavio Paz. Combina serigrafías de gran intensidad luminosa con tipografía del dramaturgo Robert Wilson y diseño de Estela Robles. Quienes han escrito sobre esta exposición la señalan como la obra más equilibrada de todos los libros-arte que Amat ha creado hasta ahora. La luz sostiene cada hoja.
La exposición Vuit puede verse en La Virreina Centre de la Imatge de Barcelona del 11 de julio al 1 de noviembre.
El Eclesiastés advierte que «no hay fin de hacer muchos libros.» Amat parece haber tomado esa advertencia no como límite, sino como programa. Medio siglo de práctica ininterrumpida invita a preguntarse qué significa que un artista dedique tanto empeño a una forma que el mundo digital declara obsoleta. Quizás la respuesta esté en lo que el libro siempre ha sido: no un contenedor de palabras, sino un escenario donde algo ocurre entre quien lo hace y quien lo habita.
