Cuando leemos el Cantar de Roldán o las leyendas artúricas, tendemos a creer que estamos ante una muestra representativa de lo que escribió la Europa medieval. Esa imagen, sin embargo, podría ser profundamente engañosa.
Durante siglos, la pregunta pareció imposible de responder: ¿cuánto de ese pasado escrito desapareció para siempre? Un nuevo estudio publicado en PNAS Nexus ofrece, por primera vez, una respuesta con cifras concretas.
Un hallazgo que cambia cómo entendemos la historia escrita de Europa
El estudio proviene de investigadores de la École nationale des chartes, la ENS Paris-Saclay y otras instituciones francesas. Su conclusión principal es tan clara como inquietante: hasta el 60% de las obras medievales analizadas podrían haberse perdido para siempre, y más del 95% de los manuscritos originales ya no existe.
Para llegar a esas cifras, los investigadores combinaron modelos matemáticos, simulaciones informáticas y el análisis de cerca de 2.000 manuscritos medievales. Es la primera vez que se aplica este enfoque cuantitativo a una escala tan amplia.
El corpus elegido fue la literatura caballeresca francesa de los siglos XII al XV: relatos artúricos, gestas de Carlomagno y aventuras de Alejandro Magno. Un conjunto lo bastante documentado como para construir modelos fiables y extraer conclusiones que van más allá del caso particular.
Copiar un libro era como transmitir un gen: errores, mutaciones y árboles genealógicos
Antes de Gutenberg, cada libro existía solo si alguien lo copiaba a mano. Ese proceso nunca era perfecto. Los copistas cometían errores, omitían fragmentos, adaptaban el texto a su público y, con el tiempo, esas variaciones se transmitían a las siguientes copias del mismo modo que una mutación genética pasa de generación en generación.
Los filólogos llevan casi dos siglos aprovechando esas diferencias. Comparando errores compartidos entre copias, construyen los llamados stemmata codicum: árboles genealógicos de los textos medievales. La analogía con la biología evolutiva resulta sorprendentemente precisa.
Pero esos árboles tienen una limitación evidente: solo incluyen los manuscritos que sobrevivieron. Todo lo que desapareció sin dejar descendencia documental queda completamente fuera del mapa.
Simular ocho siglos de historia para medir lo invisible
Para cubrir ese vacío, los investigadores desarrollaron un modelo inspirado en la ciencia de sistemas complejos, con el objetivo de reproducir digitalmente el nacimiento, la copia y la desaparición de manuscritos a lo largo de varios siglos. El modelo admitía variables históricas reales: epidemias como la Peste Negra, guerras, incendios o cambios en los gustos literarios que redujeran el número de copias en circulación.
Después ejecutaron miles de simulaciones y las compararon con los árboles genealógicos reales construidos por los filólogos. Cuando ambos resultados coincidían, el modelo ofrecía una estimación plausible de cómo había evolucionado la tradición manuscrita.
Lo que distingue este enfoque es su escala. No intenta reconstruir un manuscrito concreto perdido, sino entender el comportamiento global de toda una cultura escrita durante ocho siglos.
El momento más peligroso: los primeros años de vida de un libro
Uno de los resultados más destacados del estudio es que la supervivencia de una obra dependía, sobre todo, de sus primeros años de existencia. Cuando un texto acababa de ser compuesto, circulaban muy pocas copias. Si alguna se perdía en ese período inicial, la obra entera podía extinguirse sin dejar rastro.
En cambio, si el libro lograba generar suficientes copias en esa etapa temprana, sus probabilidades de sobrevivir aumentaban considerablemente: cuantos más manuscritos circulaban, más difícil resultaba que todos desaparecieran al mismo tiempo.
Este fenómeno también ilumina el papel de ciertos autores medievales que supervisaban personalmente la copia de sus obras. Incluso los grandes clásicos conservados reflejan ese proceso. El Cantar de Roldán que leemos hoy corresponde a estados textuales posteriores; el manuscrito original probablemente ya no existe.
El azar como coautor silencioso de la literatura europea
Durante décadas, los historiadores explicaron la supervivencia de ciertas obras apelando a su calidad literaria o su importancia cultural. Las simulaciones matizan esa idea de forma significativa.
Los procesos aleatorios tuvieron un peso enorme. Incendios, inundaciones, epidemias o simples accidentes pudieron eliminar ramas enteras de la tradición manuscrita. Muchas obras no desaparecieron por ser inferiores, sino por quedarse sin copias en el momento equivocado.
Esta metodología puede aplicarse más allá de la literatura caballeresca: textos grecolatinos, escritos jurídicos, documentos científicos o religiosos. Cualquier tradición transmitida mediante copias sucesivas es susceptible de un análisis similar. La pregunta que el estudio deja abierta es profunda e incómoda: ¿hasta qué punto nuestro conocimiento del pasado representa realmente lo que existió? Si las estimaciones son correctas, la historia escrita que conocemos sería solo una pequeña fracción de un universo mucho más amplio.
Quizá lo más valioso del estudio no sea solo cuantificar la pérdida. Es recordarnos que detrás de cada manuscrito conservado hay una cadena de copias, decisiones y casualidades que venció al tiempo durante siglos. Y que por cada texto que hoy podemos leer, probablemente hubo decenas de voces que desaparecieron sin que nadie pudiera escucharlas.
