El estrecho de Ormuz lleva semanas cerrado, los mercados globales encajan el impacto del conflicto en Oriente Próximo y la incertidumbre comercial no da tregua. Sin embargo, los analistas que siguen la economía española no han movido ni una décima sus previsiones.
Según el último Pulso Económico Trimestral de EY Insights, España crecerá entre un 2% y un 2,5% en 2025. Una cifra que, en el contexto actual, merece una explicación.
Una economía que resiste donde otras flaquean
El panel de expertos de EY Insights no habla de milagro, sino de estructura. La previsión de crecimiento del PIB español de entre el 2% y el 2,5% para 2025 se apoya en dos pilares concretos: la demanda interna y los fondos europeos Next Generation, que actúan como amortiguadores frente a las turbulencias del comercio global y la escalada de precios energéticos tras el cierre del estrecho de Ormuz.
El propio informe resume la situación con precisión: España es «una economía con motores internos relativamente sólidos, pero expuesta a un contexto internacional e institucional cada vez más incierto». Una descripción honesta que no niega los riesgos, aunque tampoco los exagera.
Lo que distingue a España ahora mismo es que su crecimiento no depende en exceso de la demanda exterior. Mientras el comercio global absorbe los efectos de la guerra arancelaria y el conflicto en Oriente Próximo, la demanda interna mantiene el pulso. No la hace invulnerable, pero sí más resistente que economías con mayor exposición a los flujos internacionales.
El papel clave de los fondos europeos Next Generation
Los fondos europeos aparecen en el informe como uno de los factores explicativos más claros de la resiliencia española. Su impacto no es abstracto: hay dinero concreto en juego, con plazos concretos.
El Gobierno tiene hasta agosto para demostrar a Bruselas que ha cumplido todos los objetivos e hitos comprometidos. Si lo logra, podrá acceder al séptimo y último pago del programa: 24.400 millones de euros que deben ejecutarse antes de que termine el año. No es un trámite menor.
Los analistas ya miran más allá de 2025. El verdadero test llegará en 2027, el primer año sin desembolsos europeos del programa puesto en marcha tras la pandemia. Ese ejercicio revelará si el crecimiento español tiene raíces propias o si ha dependido demasiado del impulso externo. Para entonces, el Gobierno prevé presentar los presupuestos más expansivos de la historia, con un techo de gasto de 226.000 millones de euros, y Pedro Sánchez ha anunciado un «gran fondo soberano» para compensar la futura ausencia de fondos europeos. La intención está clara. La ejecución, pendiente de comprobación.
Los riesgos que acechan desde dentro y desde fuera
El informe de EY Insights no elude los riesgos. Los identifica con precisión, tanto en el exterior como en el ámbito doméstico.
Fuera de las fronteras españolas, el panel señala la geopolítica internacional, la evolución del comercio global y la política comercial estadounidense como los principales desafíos. Factores sobre los que España tiene escasa capacidad de influencia: solo puede adaptarse.
Dentro, el diagnóstico es más incómodo. La fragmentación parlamentaria y la inestabilidad política preocupan al 75% de los expertos consultados, que ya les atribuyen efectos «negativos o muy negativos» sobre la economía. Es un porcentaje significativo, y refleja que la incertidumbre política doméstica no es ruido de fondo, sino un factor con peso real en las expectativas empresariales e inversoras. El contexto presupuestario añade otra capa de complejidad: un techo de gasto históricamente elevado puede sostener la demanda a corto plazo, pero también plantea preguntas sobre la sostenibilidad fiscal en un horizonte sin fondos europeos.
Europa ante China: ni confrontación ni rendición
El informe dedica un capítulo específico a cómo debe reposicionarse la Unión Europea frente a China en un tablero comercial que Trump ha alterado de forma sustancial. La pregunta de fondo es clara: cómo mantener una relación abierta con Pekín sin asumir dependencias estratégicas inaceptables.
Los analistas rechazan los extremos. Una estrategia basada solo en el diálogo recibe poco respaldo, pero un endurecimiento generalizado tampoco convence. Lo que genera consenso es una combinación de política industrial europea activa y mecanismos selectivos de defensa comercial, aplicados en sectores con evidencias de subsidios, sobrecapacidad o competencia desleal. Esta opción alcanza una valoración de 7,93 puntos sobre 10. Una política industrial más coordinada para reducir dependencias estratégicas de China obtiene 7,73 puntos. El mensaje es coherente: más autonomía económica europea, sin cerrar la relación con Pekín.
La expresión que sintetiza esta postura es «autonomía estratégica«. Aparece con creciente frecuencia en los documentos institucionales europeos. Lo que queda por ver es si se traduce en medidas concretas o permanece como aspiración bien formulada.
Lo que viene después importa tanto como lo que ocurre ahora. España llega a la segunda mitad de 2025 con previsiones sólidas, pero con dos citas ineludibles en el horizonte: el cumplimiento de los hitos europeos antes de agosto y la prueba de 2027 sin red de fondos comunitarios. La economía española ha demostrado capacidad de resistencia. El siguiente paso es demostrar que esa resistencia no depende de condiciones que están a punto de desaparecer.
