En el noreste de Guatemala, una pequeña habitación abandonada en la selva conserva en sus paredes de yeso algo extraordinariamente frágil: decenas de anotaciones matemáticas pintadas hace más de mil años, casi invisibles por el deterioro.
Entre esos trazos, un equipo internacional de investigadores ha encontrado algo ausente en cualquier otro texto conocido del periodo Clásico maya: el nombre de un científico vinculado directamente a su propio trabajo intelectual. Por primera vez, la historia de la ciencia antigua en América tiene una firma.
Un despacho olvidado en la selva de Guatemala
La estructura 10K-2 de Xultún no es un templo ni un palacio. Es una habitación pequeña, casi íntima, donde varios especialistas realizaban cálculos, corregían anotaciones y preparaban materiales de trabajo. Cuando fue descubierta en 2010, sus paredes conservaban más de cincuenta textos matemáticos y astronómicos pintados sobre capas de yeso. No eran inscripciones monumentales: se parecían más a los apuntes que un científico dejaría en una pizarra antes de redactar una publicación definitiva.
Recuperar aquellos trazos exigió fotografía de alta resolución, escaneado, iluminación infrarroja y procesado digital de pigmentos. El deterioro acumulado durante más de un milenio los hacía prácticamente ilegibles a simple vista.
El más deteriorado de todos era el Texto 19. También resultó ser el que guardaba la mayor sorpresa.
Cómo los mayas sincronizaban los relojes del cielo
Para entender la relevancia del hallazgo, conviene conocer cómo funcionaba el sistema de cómputo temporal maya. Los especialistas manejaban varios calendarios a la vez: el Haab contaba 365 días y seguía el año solar; el Tzolk’in, de 260 días, regulaba ceremonias y vida religiosa. Eran herramientas científicas, no solo rituales.
Pero el trabajo no terminaba ahí. Los observadores mayas también registraban con gran precisión los movimientos de los planetas visibles: Venus presentaba un ciclo sinódico de unos 584 días, Marte de aproximadamente 780 días, cada uno siguiendo su propio ritmo.
El reto matemático consistía en encontrar los momentos en que todos esos ciclos volvían a coincidir —como intentar sincronizar varios relojes que funcionan a velocidades distintas—, sin telescopios ni instrumentos ópticos modernos. Ese era, precisamente, el trabajo de Sak Tahn Waax.
Una fórmula inédita: ocho años solares en una secuencia nunca documentada
El Texto 19 no conmemora ninguna batalla ni celebra el ascenso de un gobernante. Es una demostración matemática pura. Reúne los intervalos del calendario ritual de 260 días, el año solar de 365, el ciclo de Venus de 584 días y el de Marte de unos 780 días; toda la secuencia culmina en 2.920 días, equivalente a ocho años solares o cinco ciclos completos de Venus.
Lo novedoso no es que esos periodos fueran desconocidos —aparecen en otros textos y códices mayas posteriores—. Lo excepcional es la manera en que están organizados. Esa combinación concreta no había sido documentada en ningún otro texto maya conocido.
Los especialistas que analizaron el hallazgo descartan que se trate de una copia de conocimientos previos. Señalan, en cambio, creatividad matemática individual: una forma personal de ordenar los ciclos astronómicos para expresar relaciones que nadie había formulado de ese modo antes.
Los dos glifos que cambiaron la historia: aparece una firma
Al final del Texto 19, después de la fórmula, aparecen dos glifos que transformaron por completo la interpretación del conjunto. La expresión puede traducirse aproximadamente como «así dice…» o «esto lo dice…», seguida de un nombre propio: Sak Tahn Waax, que significa «Zorro de Pecho Blanco».
Esa estructura funciona como una atribución de autoría. No puede confirmarse con certeza absoluta que él mismo pintara el texto sobre la pared; es posible que otro escriba estuviera copiando o citando su trabajo. Lo decisivo es que la fórmula queda vinculada explícitamente a una persona concreta. Es la primera firma de un científico —no de un artista ni de un escultor— documentada en todo el periodo Clásico maya. El hallazgo fue publicado por un equipo internacional en la revista Antiquity.
Por qué este nombre cambia la historia de la ciencia antigua
Durante siglos, el conocimiento científico de los pueblos indígenas de América fue presentado como un saber colectivo y anónimo. Otras tradiciones conservaban nombres propios asociados a grandes descubrimientos. La ciencia maya, en cambio, parecía no tenerlos.
Sak Tahn Waax trabajó en la misma época que los grandes observadores del cielo en Grecia, India, China y Mesopotamia. El contexto arqueológico sugiere que no lo hacía en soledad: aquella habitación funcionó como espacio compartido donde varios especialistas corregían cálculos y preparaban manuscritos sobre papel de corteza. La mayor parte de esos materiales desapareció tras la conquista española.
Lo que sobrevivió no es un monumento construido para impresionar. Son unas notas de trabajo olvidadas en una pared, y esa cotidianidad hace el hallazgo aún más significativo: detrás de los grandes sistemas astronómicos mayas había personas concretas, con ideas propias y nombre propio.
Quizás lo más revelador no sea solo que Sak Tahn Waax existió, sino que probablemente no fue el único. Cuántos otros matemáticos y astrónomos trabajaron en habitaciones similares, dejaron sus cálculos en materiales perecederos y desaparecieron sin rastro es una pregunta que este descubrimiento no responde. Pero sí nos invita, por primera vez, a formularla.
