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Grabados idénticos en piedra a miles de kilómetros de distancia: lo que los petroglifos ibéricos revelan sobre los navegantes del Bronce

by Paula Gutiérrez
28 de julio de 2026
in Historia

Hace más de 3.000 años, alguien grabó la silueta de un barco en una roca del noroeste ibérico mirando al mar. No fue un gesto aislado: ese mismo trazo —con remos, mástil y decoraciones casi idénticos— aparece repetido en las costas de Suecia y Dinamarca, a miles de kilómetros de distancia.

Un nuevo estudio publicado en PLOS One ha aplicado escaneo láser y fotogrametría a estos petroglifos y ha encontrado paralelismos tan precisos que resulta difícil atribuirlos al azar. ¿Coincidencia, influencia compartida o contacto directo entre poblaciones separadas por el océano?

Doce yacimientos con vista al mar

El estudio documenta doce sitios con grabados de barcos en el noroeste ibérico, concentrados entre la ría de Vigo y el estuario del río Lima. Lugares como Santo Adrião, Laje da Churra, Eira do Louvado, Auga dos Cebros o Borna comparten un rasgo significativo: casi todos mantienen una relación visual directa con el mar o con los grandes ríos navegables.

Siete de los enclaves se ubican a menos de tres kilómetros de la costa atlántica. El más extremo es el petroglifo de Borna, a solo 320 metros del litoral.

El análisis mediante Sistemas de Información Geográfica (SIG) amplió esa perspectiva de forma notable. Incluso los yacimientos del interior ofrecen horizontes marinos sorprendentes: desde Penedo do Muro, situado a unos 100 kilómetros de la costa, la visibilidad teórica alcanza los 101 kilómetros. Las comunidades que grabaron estos barcos elegían posiciones elevadas y estratégicas de forma deliberada, buscando control visual sobre rutas de navegación, desembocaduras de ríos y bahías de fondeo.

El escaneo láser que cambió la lectura de Santo Adrião

El hallazgo más llamativo del estudio surge del escaneo de alta resolución del yacimiento de Santo Adrião, en el norte de Portugal. La nueva visualización reveló detalles antes invisibles: una posible cabeza animal en la proa, líneas verticales que conectarían el casco con un surco natural de la roca, y un trazo que sugiere un remo de gobierno inclinado. Según los autores, estos elementos coinciden con los barcos grabados en Bottna y Himmelstalund, en Suecia, fechados entre 1400 y 1100 a. C.

No es el único paralelo. En Penedo do Muro aparecen barcos representados «quilla contra quilla», disposición típica de los anillos de cuello escandinavos del periodo VI, entre 700 y 500 a. C. En Alto das Veigas 2 destaca un símbolo en forma de hacha ceremonial, motivo recurrente en navajas de afeitar nórdicas de la misma época. La reconstrucción 3D no solo mejora la lectura de los grabados: obliga a revisar lo que se creía saber sobre ellos.

La vela atlántica, más antigua de lo que se creía

Durante décadas se asumió que la navegación a vela llegó tarde al Atlántico europeo. Los nuevos datos cuestionan esa cronología con evidencias concretas.

El barco número 1 de Auga dos Cebros, con mástil central y lo que parece un aparejo, podría datarse hacia 1200 a. C. Esa fecha se acerca al ejemplar escandinavo más antiguo conocido: un grabado sobre tronco hallado en Vendsyssel, Dinamarca, fechado en torno a 1550 a. C. La distancia temporal entre ambos es menor de lo que se pensaba. Otros barcos con mástil aparecen en Eira do Louvado y en el panel 6 de Laje da Churra, este último con una verga sostenida por obenques.

Las proporciones de los mástiles —relativamente cortos en ambas regiones— sugieren velas de baja relación de aspecto, aptas para travesías costeras y fluviales. No eran embarcaciones oceánicas de largo alcance, sino herramientas eficaces para moverse por la fachada atlántica.

Cobre, estaño y un lenguaje visual compartido

¿Por qué comunidades tan distantes representaban el mismo tipo de barco? La explicación más sólida remite al comercio de metales. Durante la Edad del Bronce Final, el cobre y la plata del sur de Iberia viajaban hacia el noroeste peninsular y, posiblemente, hasta Escandinavia y el sur de Inglaterra. El noroeste ibérico actuó como nodo clave de ese circuito, y la región del Tâmega, rica en estaño, habría sido un destino de interés para viajeros foráneos.

La presencia de iconografía escandinava en enclaves alejados de la costa, como Penedo do Muro, sugiere que esos visitantes dejaron su huella en santuarios locales. Pero los barcos no solo transportaban mercancías. La aparición recurrente de cruces solares junto a embarcaciones —tanto en Galicia y Portugal como en Suecia— apunta a una mitología compartida del viaje del sol, traducida en imágenes a ambos extremos de Europa.

Lo que revelan estos petroglifos va más allá de la tecnología naval o las rutas comerciales. Sugieren que hace más de tres mil años existía algo parecido a un horizonte cultural atlántico: un conjunto de creencias, símbolos y saberes que circulaban junto a los lingotes de metal. Pensar en la Edad del Bronce como una época de comunidades aisladas resulta, a la luz de estas rocas, cada vez más difícil de sostener.

Tags: Arqueologíacultura atlánticaEdad del Bronceescaneo láserhistoria navalnavegaciónpetroglifos
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