El Teresa Herrera olía a reencuentro. Riazor bullicioso, la avenida de la Habana repleta, y el Deportivo de La Coruña a punto de disputar su primer gran examen desde que recuperó el sitio en Primera División: nada menos que el Real Madrid en el torneo de pretemporada más cargado de historia de la ciudad.
Para un equipo recién ascendido, hay pruebas de estrés y luego está esto.
Un regreso a la élite con el mejor examinador posible
Volver a Primera División ya es un logro en sí mismo. Hacerlo con el Real Madrid como primer gran rival es otra dimensión completamente distinta. El Teresa Herrera no selecciona contrincantes menores, y el Deportivo lo sabía. La carga histórica del enfrentamiento, el calor de una grada que llevaba años esperando este momento, y la avenida de la Habana repleta antes del pitido inicial dibujaban un escenario que no tenía nada que ver con cualquier amistoso de verano.
Hidalgo optó por la solidez defensiva, fiel a su planteamiento habitual. Sin margen para experimentos, el técnico blanquiazul confió en la potencia de Noé para generar peligro arriba, consciente de las numerosas bajas en las bandas que ha arrastrado el equipo este verano. Había además un elemento emotivo: Angeliño debutaba por fin en Riazor, y la afición lo recibió con afecto genuino.
El Dépor aguanta, pero el Madrid espera su momento
Los primeros compases resultaron más manejables de lo previsto. El Deportivo exhibió ese gen competitivo que le devolvió a la élite, y se notó sobre el césped. El Real Madrid, aún en modo pretemporada, administraba el balón con paciencia pero sin profundidad. La posesión era blanca; el peligro real, escaso.
El primer contratiempo llegó en el minuto 22: la lesión de Noé obligó a Hidalgo a un cambio antes de tiempo. Entró Villares, no por decisión táctica sino por necesidad. El plan inicial quedó condicionado desde ese momento.
Aun así, el Dépor resistió. Leo Román tuvo que lucir su primera gran parada en Riazor, detalle que resume con precisión lo que ocurría: el equipo coruñés sufría, pero no cedía. Mérito real, no simple supervivencia.
El instante que lo cambió todo: la lección del contragolpe
El Dépor competía con solvencia cuando llegó el momento definitorio. Un saque con la mano de Lunin, una contra ejecutada con precisión letal, y Brahim rematando a la red antes de que nadie pudiera reaccionar. Segundos. Eso es lo que tardó el Real Madrid en convertir el mínimo descuido en gol.
Ese instante ilustra con claridad la diferencia entre el fútbol de ascenso y la élite. No se trata de dominio prolongado ni de superioridad táctica aplastante, sino de calidad y castigo inmediato. El Dépor había competido bien y acumulado méritos, pero en un parpadeo comprobó que eso no basta.
El impacto psicológico fue inevitable. Un equipo que había sostenido el pulso durante casi cuarenta minutos se encontró de repente perdiendo por un gol que llegó casi de la nada. La lección es dura pero nítida: en Primera no se gana a los puntos. Se pierde al KO.
Segunda parte: cambios, desgaste y amor propio
Hidalgo movió el banquillo en el descanso. Mella y Quagliata entraron para aportar amplitud y peligro por las bandas, buscando abandonar una versión más conservadora que permitía aguantar pero no generar daño real al rival.
El problema es que el Dépor seguía sin poder presionar con eficacia ni crear profundidad ante un rival de mayor nivel. Es la lógica de un equipo construido para tener el balón cuando el Madrid se lo administraba con comodidad. Las dificultades propias del salto de categoría comenzaban a hacerse visibles, partido a partido, en cada transición.
Pero el equipo no se rindió. Kevin fue un revulsivo con energía y carácter, como ya había demostrado en Florencia. Y Loureiro tuvo el empate en sus botas en una acción a balón parado cerca del final. No entró, pero el intento habló del orgullo competitivo de un vestuario que reconoció su inferioridad y no bajó los brazos.
Lo que el Dépor se lleva de vuelta a A Coruña
El resultado final fue 0-1, pero el Deportivo regresa con algo más que una derrota en el equipaje. Se lleva la confirmación de que puede competir, de que su carácter no se diluyó en el ascenso, y también una advertencia clara: en Primera, el margen de error es prácticamente inexistente.
La figura de Bil merece mención aparte. El joven del ascenso se midió a Rüdiger sin complejos ni intimidación, y la grada lo disfrutó. Es el símbolo de una generación que no conoce el miedo, aunque todavía tenga mucho camino por recorrer.
El reloj ya corre hacia lo que de verdad importa. En cinco días, Riazor abre sus puertas para recibir al Elche en el inicio de LaLiga. Ahí comenzará la verdadera prueba de resistencia, partido a partido, sin red. Lo que el Dépor aprendió ante el Madrid puede ser, si lo asimila bien, su mejor punto de partida.
