Hace más de 3.000 años, alguien grabó la silueta de un barco en una roca del noroeste ibérico mirando al mar. Ese mismo gesto —casi idéntico en forma, en detalle, en intención— aparece repetido miles de kilómetros al norte, en las costas de Escandinavia.
El paralelismo lleva décadas intrigando a los investigadores. Un equipo internacional ha examinado estos petroglifos con escáner láser y fotogrametría de alta resolución, y los resultados replantean lo que se creía saber sobre la prehistoria europea.
Doce yacimientos y una misma mirada al mar
El estudio documenta doce sitios con grabados de barcos concentrados entre la ría de Vigo y el estuario del río Lima. Nombres como Santo Adrião, Laje da Churra, Eira do Louvado, Auga dos Cebros y Borna comparten una característica difícil de ignorar: casi todos mantienen una relación visual directa con el mar o con los grandes ríos navegables.
El análisis mediante Sistemas de Información Geográfica confirmó que siete de estos enclaves se ubican a menos de tres kilómetros de la costa atlántica. El caso más extremo es el petroglifo de Borna, a solo 320 metros del litoral.
Los yacimientos del interior siguen la misma lógica. Penedo do Muro, situado a unos 100 kilómetros de la costa, ofrece hasta 101 kilómetros de visibilidad teórica del horizonte marino en condiciones óptimas. Las comunidades elegían posiciones elevadas y estratégicas que permitían controlar rutas de navegación, desembocaduras de ríos y bahías de fondeo. El patrón no admite demasiadas dudas.
El escáner láser que reescribió Santo Adrião
El hallazgo más relevante del estudio surge del escaneo de alta resolución de un barco grabado en el yacimiento de Santo Adrião, en el norte de Portugal. La nueva visualización reveló detalles antes invisibles: una posible cabeza animal en la proa, líneas verticales que conectan el casco con un surco natural de la roca y un trazo que sugiere un remo de gobierno inclinado. Según los autores, estos elementos coinciden de forma notable con los barcos grabados en Bottna y Himmelstalund, en Suecia, fechados entre 1400 y 1100 a. C.
El paralelismo no se detiene ahí. En Penedo do Muro aparecen barcos representados «quilla contra quilla», disposición típica de los anillos de cuello escandinavos del periodo VI (700-500 a. C.). En Alto das Veigas 2 destaca un símbolo en forma de hacha ceremonial, motivo recurrente en navajas de afeitar nórdicas de la misma época. Cada detalle contribuye a un cuadro difícil de explicar sin contacto real entre ambas orillas del océano.
La vela atlántica: más antigua de lo que se creía
Durante décadas se asumió que la navegación a vela llegó tarde a la fachada atlántica europea. Los nuevos datos contradicen esa hipótesis con evidencias concretas.
El barco número 1 de Auga dos Cebros, con mástil central y lo que parece un aparejo, podría datarse hacia 1200 a. C. Esa fecha se aproxima al ejemplar escandinavo más antiguo conocido: un grabado sobre un tronco hallado en Vendsyssel, Dinamarca, fechado en torno a 1550 a. C. Otros barcos con mástil aparecen en Eira do Louvado y en el panel 6 de Laje da Churra, donde lo que podría ser una verga sostenida por obenques constituye un detalle técnico de notable precisión para una representación prehistórica.
Las proporciones de los mástiles, relativamente cortos en ambas regiones, sugieren velas de baja relación de aspecto. Ese diseño resulta adecuado para travesías costeras y fluviales, lo que encaja bien con las rutas que los investigadores proponen para esta red atlántica.
Cobre, estaño y mitología solar: el lenguaje común del Atlántico
La pregunta que subyace a todo el estudio es evidente: ¿por qué comunidades tan distantes compartían un mismo lenguaje visual? La explicación más sólida apunta al comercio de metales. Durante la Edad del Bronce Final, el cobre y la plata del sur de Iberia viajaban hacia el noroeste peninsular y, desde allí, posiblemente hasta Escandinavia y el sur de Inglaterra. El noroeste ibérico funcionó como nodo clave en ese circuito, y la región del Tâmega, rica en estaño, habría atraído a viajeros foráneos que dejaron su huella iconográfica en santuarios locales como Penedo do Muro.
Los barcos no transportaban solo mercancías. La aparición recurrente de cruces solares junto a embarcaciones —tanto en Galicia y Portugal como en Suecia— apunta a una mitología compartida del viaje del sol. El estudio, publicado en PLOS One en 2026 y liderado por Marta Díaz-Guardamino de la Universidad de Durham, empleó fotogrametría y reconstrucción 3D para sustentar estas conclusiones.
Lo más significativo quizá no sea la tecnología utilizada para analizar los grabados, sino lo que estos revelan. Hace 3.000 años, personas separadas por miles de kilómetros de océano miraban el mar con los mismos ojos, tallaban los mismos barcos y compartían inquietudes similares ante la travesía. La piedra guardó ese registro durante milenios. Ahora empieza a leerse.
