Ocho años son muchos silencios. Muchos partidos de Segunda, de Segunda B, de categorías que un club como el Deportivo de La Coruña nunca debería haber conocido. Pero el domingo, más de 29.000 personas llenaron Riazor para ver el regreso a Primera División, con Aubameyang en el once y una generación joven que afrontaba por primera vez el vértigo de la élite.
La ilusión era enorme. Las preguntas, también.
Un regreso cargado de historia y preguntas
Ocho años fuera de la élite dejan marca. El Deportivo llegó a este partido con un proyecto joven, con más incógnitas que certezas, y Antonio Hidalgo apostó por un 4-4-2 de corte defensivo, un sistema con el que el equipo se mueve mejor presionando que construyendo desde atrás. El planteamiento era legible: orden, intensidad, aprovechar las transiciones rápidas.
Enfrente, el Elche de Anselmi exhibió desde el inicio mayor dominio y más recursos. Sus movilidades interiores desorganizaban la defensa posicional blanquiazul con relativa facilidad: los centrocampistas ilicitanos encontraban espacios entre líneas, y el color naranja de su afición, muy presente en las gradas de Riazor, añadía una nota discordante a una tarde que debía pertenecer por completo a la ciudad gallega.
Aubameyang aparece cuando el Dépor más lo necesita
Durante buena parte de la primera mitad, el gran fichaje del verano había pasado casi inadvertido. El partido tenía alternativas, pero el dominio era visitante. Entonces apareció Amatucci —ese pie derecho que en poco tiempo lo ha convertido en referencia del mediocampo deportivista— y encontró a Aubameyang con un pase preciso y medido.
El gabonés no necesitó más. Solo dos contactos: un control de calidad y una definición de categoría. Los grandes jugadores no se amedrentan ante el momento, y Aubameyang lo confirmó antes del descanso, desatando la euforia de una afición que llevaba años esperando exactamente eso.
La conexión entre ambos apunta a ser el eje creativo del equipo durante la temporada. Si funciona con regularidad, el Dépor tendrá argumentos reales para competir en Primera. Por ahora, fue un destello de calidad en medio de muchas dudas.
Leo Román, el otro gran protagonista entre los palos
El club apostó fuerte por Leo Román este verano. La inversión fue de las que hacía tiempo no se veían en Riazor. El portero ibicenco respondió desde el primer minuto: en la primera parte ya evitó una ocasión clara en un córner, y en la segunda se ganó una ovación unánime con una actuación difícil de olvidar.
Rozando la hora de juego, Román firmó una doble parada de mérito considerable. Primero detuvo un mano a mano ante Fer Niño y, sin tiempo para recomponerse, sacó un guante soberbio a Gonzalo Villar. «Leo, Leo…», coreó la grada. Fue el momento más emotivo de la tarde para la afición blanquiazul, y explicó con claridad por qué el club confió en él con tanta convicción.
Pero ni el mejor portero puede detenerlo todo. A falta de quince minutos, un centro con rosca al primer palo encontró la cabeza de Marc Aguado, y el 1-1 fue inevitable.
El empate que rompe la felicidad coruñesa
Anselmi supo leer el partido. Modificó su sistema defensivo y volcó al Elche en ataque, y el gol llegó con lógica: un centro bien medido y un cabezazo preciso de Marc Aguado que Leo Román no pudo detener. El estadio encajó el golpe en silencio.
Tras el empate, al Dépor le faltaron recursos para reaccionar y batir de nuevo a Dituro. Amatucci seguía siendo el faro del equipo, siempre bien colocado, siempre preciso. Pero el conjunto fue perdiendo fuelle a medida que avanzaba el reloj.
La última ocasión fue un remate de Luismi al filo del final, a medio paso de conectar un centro lejano de Quagliata. Resumió bien la impotencia blanquiazul: voluntad, esfuerzo, pero sin el acierto definitivo.
Un punto de partida para una lucha que será larga
Un punto. Eso es lo que queda de este regreso a Primera División. Ni derrota ni victoria, sino ese término medio agridulce que no satisface del todo pero tampoco hunde. Hidalgo apeló al carácter y la resiliencia de sus jugadores antes del pitido final, consciente de que en esta categoría cada punto tiene peso real.
El debut en LaLiga dejó lecciones concretas: el equipo tiene calidad individual —Aubameyang y Amatucci lo demostraron— pero le falta solidez a balón parado y mayor contundencia en ataque. Carencias habituales en un recién ascendido, aunque habrá que corregirlas pronto si el objetivo es la permanencia.
La afición de Riazor acompañó hasta el final. Más de 29.000 personas que saben lo que es sufrir y que están dispuestas a volver a hacerlo. Quizás esa sea la pregunta más relevante que deja esta tarde: ¿cuánto aguanta una ciudad cuando el equipo que ama todavía está aprendiendo a caminar en la élite?
