La carretera que lleva a Sajazarra no avisa de lo que viene. A ambos lados, viñedos centenarios marcan el ritmo; al fondo, la silueta de un castillo se recorta contra el horizonte como si el tiempo hubiera decidido detenerse aquí.
El pueblo pertenece a Los Pueblos más Bonitos de España, pero parece empeñado en no contárselo a nadie.
Un castillo que escondía una bodega en sus mazmorras
El castillo de Sajazarra no es solo una postal. Es un edificio con historia propia, construido en el siglo XV por la familia Velasco, que adquirió la villa de manos de la Corona de Castilla. Su planta rectangular y las torres en las esquinas no responden a ningún capricho estético: son la respuesta directa a siglos de disputa territorial entre la Corona de Castilla y el Reino de Pamplona, dos poderes que se pelearon por el control de estas tierras con insistencia y con armas.
Los Velasco, además de poderosos, fueron administradores hábiles. Ejercieron como Condestables de Castilla y acumularon mayorazgos en La Rioja que fueron pasando de generación en generación. El castillo que levantaron resistió guerras, abandono y el peso del tiempo, aunque no lo resistió todo: en los años 50 del siglo XX, una de sus torres se derrumbó.
Fue entonces cuando Alfonso Líbano Pérez tomó una decisión. Compró el castillo en los años 60 y emprendió su restauración. Lo que encontró en las mazmorras no lo esperaba nadie: prensas y calados medievales. Alguien había elaborado vino allí dentro, y probablemente llevaba haciéndolo mucho más tiempo del que nadie imaginaba.
Ese hallazgo cambió el rumbo de la familia. En 1973, Líbano fundó Señorío de Líbano, una bodega familiar que hoy compite y gana en certámenes internacionales como el London Wine Competition. El castillo no se puede visitar por dentro, pero es uno de los mejor conservados de España —y eso, en buena parte, se lo debe a un hombre que decidió no dejarlo caer.
La iglesia que mezcla siglos y estilos sin pedir permiso
Frente al castillo, la iglesia de Santa María de la Asunción lleva en pie desde el siglo XII. Nació como parte del recinto amurallado y no terminó de remodelarse hasta el siglo XVII. Cinco siglos de obras dejan huella, y aquí esa huella es visible en cada rincón.
La nave central conserva el románico original. Las naves laterales —la de la epístola y la del evangelio— muestran elementos góticos, igual que la talla de la Virgen de la Antigua, mientras que la portada principal y el retablo pertenecen al Renacimiento del siglo XVI. El barroco aparece en la sillería del coro y en la torre de tres cuerpos, coronada por cuatro gárgolas que vigilan el pueblo desde las alturas.
Esta mezcla no es desorden. Es la historia acumulada de un lugar que fue creciendo según lo que cada época tenía para ofrecer, con cada estilo como una capa de tiempo superpuesta sobre la anterior. El resultado es un edificio que no encaja en ninguna categoría fácil. En arquitectura, eso suele ser una buena señal.
El dragón metálico que atraviesa el ayuntamiento
Desde la iglesia, el casco histórico de Sajazarra se despliega como un mapa trazado con intención. Las calles empedradas están alineadas con una precisión que no es casualidad: el diseño medieval buscaba controlar los accesos al pueblo y facilitar su defensa. Caminar por ellas es entender, sin necesidad de explicaciones, cómo funcionaba la vida aquí hace siglos.
Bajando por la calle del Olmo se llega a la plaza del Ayuntamiento. El edificio es discreto —construcción castellana de finales del siglo XIX, sin grandes alardes arquitectónicos— y nada hace presagiar lo que viene.
Por una de sus ventanas asoma un dragón metálico. No es pequeño ni sutil. La criatura parece atravesar el edificio de lado a lado, con la cola saliendo por la parte trasera, como si el animal hubiera decidido instalarse allí sin consultar a nadie. La obra forma parte de una exposición de arte contemporáneo de artistas riojanos integrada en el espacio urbano del pueblo. Es imposible pasar delante sin detenerse.
Bodegas, sarmiento y el único restaurante del pueblo
El enoturismo sostiene buena parte de la vida económica de Sajazarra. Además de Señorío de Líbano, hay otras bodegas que merecen tiempo y atención.
Alegre Valgañón está junto a la oficina de turismo. Detrás hay una historia concreta: Eva y Óscar, dos estudiantes de enología que empezaron a construir su proyecto en Italia y lo materializaron en Sajazarra en 2014. Elaboran vinos orgánicos que se han ganado el respeto del sector. Es el tipo de bodega pequeña donde todavía se nota que hay personas detrás de cada botella.
Puente del Ea se encuentra a las afueras, en la carretera que une Sajazarra con Tirgo, y lleva 25 años como referente de La Rioja Alta. La experiencia que ofrecen es completa: visita guiada al viñedo y a la bodega, cata, aperitivo o menú de productos locales con maridaje incluido.
Para comer, la elección es sencilla porque solo hay una: el Asador Ochavo. La brasa es su lenguaje y el sarmiento su ingrediente secreto. Las chuletillas de lechal se preparan así, con esa leña que huele a viñedo. Por la parrilla también pasan lubina y ventresca, acompañadas de salsa vizcaína y servidas en raciones generosas.
El menú degustación cuesta menos de 30 euros e incluye productos típicos de La Rioja cocinados, de nuevo, al sarmiento. Al final de la comida, con una copa en la mano y el olor a madera quemada todavía en el aire, Sajazarra termina de presentarse. Sin prisa. Como siempre ha hecho todo aquí.
