La noche del miércoles, una flota de drones trazó sobre Barcelona una frase en letras de luz: «Primer l’amor, després la tècnica». Ocurría durante la bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Família por el Papa León XIV, y la paradoja era difícil de ignorar: la tecnología más precisa disponible había sido convocada para escribir en el cielo un mensaje que cuestiona su propio dominio.
La frase, atribuida a Antoni Gaudí, no era un adorno. Era, también, una declaración de principios.
Una frase caligrafiada en el cielo
La ceremonia de bendición de la Torre de Jesús no fue únicamente un acto religioso. Fue también un espectáculo de creatividad barcelonesa orquestado por Igor Cortadellas, cuya repercusión global superó cualquier previsión. Los drones no dibujaron una decoración: escribieron una declaración.
La paradoja visual era difícil de ignorar. La tecnología más precisa disponible —esa que vigila, que automatiza, que reemplaza— fue convocada para trazar en el cielo un mensaje que cuestiona su propio dominio. Nadie lo había planeado como símbolo. Todos, sin embargo, lo leyeron así.
El impacto fue inmediato. Barcelona tiende a no reconocer su propia capacidad, y esa noche algo se movió. La autoestima colectiva —ese intangible que no aparece en los rankings pero que sostiene a una comunidad— recibió un impulso difícil de cuantificar y fácil de percibir.
¿Qué dijo realmente Gaudí?
La literalidad exacta de la frase es incierta. Según algunas fuentes, Gaudí habría dicho algo próximo a que hay que tener amor por las cosas en las que se trabaja y, después, disponer de la técnica necesaria para llevarlas a cabo. No es lo mismo: esa versión original sería más una consigna de taller que una reflexión sobre lo humano.
El valor simbólico supera la literalidad histórica. La versión más rotunda —la elegida para la ceremonia— es la que quedará grabada en el imaginario de la ciudad. Como señala el artículo de referencia: si la frase no es del todo exacta, está bien hallada.
Hay además una ironía productiva en invocar a Gaudí como crítico de la técnica. El historiador Daniel Giralt-Miracle lo describe en su ensayo Gaudí esencial como «precursor de muchas soluciones técnicas cercanas a la high tech». Gaudí no rechazaba la tecnología. La subordinaba a algo mayor.
El Papa y la encíclica que llama a ‘desarmar’ la IA
Durante su visita a España, el Papa León XIV difundió mensajes de su encíclica Magnifica Humanitas. El documento llama a «desarmar» la inteligencia artificial con una precisión conceptual notable: «Desarmar significa romper esta equivalencia entre poder tecnológico y el derecho a gobernar».
La aclaración importa. Desarmar no significa renunciar, sino impedir que la tecnología ejerza dominio sobre lo humano. No es una posición ludita. Es una posición ética.
La sintonía entre esa encíclica y la frase proyectada con drones no fue casual en el contexto del evento. Ambos mensajes llegaban al mismo punto por caminos distintos: la técnica es un medio, no un fin. Cuando se convierte en fin, algo esencial se pierde.
Tecnología al servicio de las personas: el modelo Barcelona
Barcelona no es ajena a la tecnología. Al contrario: alberga centros y empresas que trabajan con ella orientados al bienestar colectivo. Lo que algunos describen como una versión renovada del modernismo —una combinación de arte, ciencia, tecnología y humanismo— resulta difícil de replicar en otros contextos.
Ese mensaje ha cruzado fronteras. Representantes de Barcelona lo llevaron al festival de la Nueva Bauhaus en Bruselas y volvería a resonar en el Sónar+D. No como eslogan institucional, sino como convicción compartida.
Lo llamativo es la eficacia del lema. Crear una frase de marca puede costar millones de euros y largos procesos creativos. Aquí bastó con el sentido escénico y con usar bien la tecnología para proyectar —con alguna licencia histórica— una frase que ya nadie podrá desposeer de su contenido simbólico.
Un lema para el presente: contra los tecnofascistas
Nadie aquí reivindica el ludismo. La cuestión no es rechazar la tecnología, sino exigirle que sirva a las personas. Existe una diferencia clara entre la tecnología orientada al bienestar colectivo y el uso que hacen de ella quienes la emplean para concentrar poder, vigilar y excluir.
La frase de Gaudí funciona como una actualización de «Haz el amor y no la guerra». Primero lo humano, después la herramienta. No al revés.
En un momento en que el debate global sobre el control de la inteligencia artificial se intensifica, ese orden de prioridades importa. Vale la pena detenerse a pensar qué tipo de tecnología estamos construyendo, y para quién. Esa pregunta, escrita con drones en el cielo de Barcelona, sigue flotando en el aire.
