La niebla llega a la Selva de Irati sin avisar. En cuestión de minutos, el segundo mayor hayedo-abetal de Europa desaparece entre sombras húmedas y el silencio se vuelve denso, casi habitado. No es difícil entender por qué la mitología vasca pobló estos bosques de criaturas imposibles.
Pero Navarra lleva tiempo dejando de ser solo un paisaje para contemplar. Algo está cambiando en la forma en que los viajeros se relacionan con este territorio: cada vez más, vienen dispuestos a trabajarlo.
Un bosque encantado con siglos de historia a sus espaldas
El Basajaun, señor de los bosques en la mitología vasca, no eligió mal su hogar. La Selva de Irati concentra hayedos y abetales en una masa forestal que solo supera el bosque de Białowieża en Europa. Aquí conviven la niebla, las orquídeas silvestres y los caballos salvajes con una historia que pesa tanto como sus árboles centenarios.
Esa historia tiene capítulos notables. Con la madera de Irati se construyeron los mástiles de la Armada Invencible en el siglo XVI. Después, el bosque sirvió de frontera natural con Francia y escenario de contrabando. En 1375 nació aquí el Tributo de las Tres Vacas, considerado el tratado internacional en vigor más antiguo de Europa: un acuerdo entre pastores roncaleses y baretoneses que aún se celebra cada 13 de julio.
Mikel, fundador de Belarpe Bizi Ecotours, cuenta esta historia mientras guía rutas en bicicleta eléctrica por el monte Urkullu hasta el mojón 262, el punto fronterizo donde todo ocurrió. Una forma contemporánea de entrar en un territorio que no se entiende sin su pasado.
El giro regenerativo: cuando el viajero deja algo más que una foto
Navarra fue pionera en turismo rural en los años noventa. Hoy aspira a algo más ambicioso: el turismo regenerativo. El proyecto Huella Positiva agrupa a quince casas rurales navarras bajo una premisa clara: no basta con no dañar el entorno. Hay que mejorarlo.
La diferencia con el turismo sostenible es conceptual, pero también práctica. El viajero sostenible minimiza su impacto. El regenerativo actúa: restaura, reconstruye, recupera. Un cambio de rol que convierte la experiencia de viaje en algo más parecido a una colaboración.
Los ejemplos son concretos. En Oderitz, la Casa Rural Etxatoa invita a sus huéspedes a participar en el auzolan, el trabajo comunitario tradicional, para recuperar y señalizar los senderos históricos que conectaban aldeas antes de que llegara la carretera. En Bera, Iratxeko Berea enseña a reconstruir muros centenarios con la técnica de la piedra en seco, declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, sin argamasa ni cemento.
Mariposas, aves y huertos: la biodiversidad como proyecto colectivo
En Muneta, cerca de Estella-Lizarra, Maripaz e Ismael llevan meses construyendo el Sendero Tximeleta junto a los huéspedes de su casa rural Basaula. Plantan flores y aromáticas para crear hábitats de mariposas, aves y orquídeas. Sus espantapájaros, hechos con ropa donada por vecinos, funcionan en realidad como cajas-nido para aves y refugios para murciélagos.
En el valle del Baztán, Maxux Goñi abrió Markullu en 2017 con cinco apartamentos independientes y una filosofía eco integral. Cada noche riega un jardín diseñado para atraer mariposas e insectos. Los huéspedes pueden recoger verduras de su huerta y desayunar con lo que ella misma prepara, en cápsulas de café compostables.
En Ziga, Mertxe y Julián llevan desde los noventa recibiendo viajeros en Etxezuria. Su propuesta dentro de Huella Positiva es tan sencilla como efectiva: que el huésped regrese a casa habiendo aprendido sobre las plantas, los árboles y las aves del lugar. Para ello prestan un cuaderno elaborado junto a los niños del pueblo, o te acompañan ellos mismos al bosque.
Raíces en el plato: cocina navarra como acto de preservación
La gastronomía también forma parte de este modelo regenerativo. En Donamariako Benta, las hermanas Luzuriaga trabajan con producto navarro de forma rigurosa, continuando el legado que abrieron sus padres. Entre sus ingredientes figura el Euskal Txerri, una raza autóctona de cerdo navarro recuperada del olvido.
Los desayunos de las casas rurales cuentan una historia parecida. Yogures de Lacturale, mantequilla de Betelu, aceite de Arroniz, pan de centeno o sarraceno: cada elemento remite a un productor, a un valle, a una tradición. Comer se convierte así en una forma de conocer el territorio sin salir de la mesa. No es folclore. Es continuidad.
Vivir como siempre se soñó: el agroturismo autosuficiente
Hace dos décadas, Alicia y Luismi dejaron Pamplona para crear en Villanueva de Arce un agroturismo completamente autosuficiente. Hoy los huéspedes aprenden a barnizar un banco, plantan árboles o recolectan ortigas para hacer pesto casero. Las dos cabañas en los árboles que construyeron con sus propias manos son el alojamiento más solicitado.
Su historia resume bien lo que está ocurriendo en Navarra. La expresión dejar huella positiva no es aquí un eslogan de marketing. Es una práctica cotidiana que transforma el lugar y, casi inevitablemente, a quien lo visita.
Quizás esa sea la pregunta que este modelo plantea: ¿qué significa realmente viajar bien? No se trata solo de elegir un alojamiento con paneles solares o evitar el plástico. Se trata de preguntarte qué queda del lugar después de que tú te hayas ido, y si eso que queda es mejor o peor por tu paso. Navarra está ensayando una respuesta. Tú decides si quieres ser parte de ella.
