En Bédar, algunas ventanas siguen abiertas tal como las dejaron sus dueños al huir. Las puertas de las casas, entreabiertas. Los coches, aparcados donde estaban. Y un silencio que pesa.
El fuego que arrasó el Levante almeriense convirtió este pueblo en una escena de abandono súbito: casetas de perro vacías, objetos tirados sin orden, una pista de tenis que emerge intacta en medio de un paisaje negro. Lo que quedó atrás cuando cientos de vecinos salieron corriendo —muchos de ellos jubilados extranjeros que habían encontrado aquí su paraíso— cuenta, sin palabras, lo cerca que estuvo la tragedia de ser mucho mayor.
Un rincón de Europa convertido en zona cero
El Levante almeriense no es un destino turístico convencional. Es un paisaje árido, solitario, de una belleza austera que, en las últimas décadas, se convirtió en refugio de jubilados británicos, belgas y de otros países europeos. Buscaban tranquilidad, sol y una vida sencilla lejos del ruido. Muchos la encontraron en pedanías dispersas como La Serena, Almocáizar o los alrededores de Bédar.
El jueves, ese lugar empezó a arder. El fuego se declaró en la pedanía de Almocáizar y se extendió con una velocidad que tomó a todos por sorpresa. En pocas horas, las llamas habían consumido 6.600 hectáreas. Se convirtió así en el mayor incendio de la temporada y, según las autoridades, en el peor siniestro forestal de la historia de Andalucía.
La huida: minutos que marcaron la diferencia entre la vida y la muerte
Ken tiene 74 años. Su amigo, 67. Ambos son británicos y llevan nueve años viviendo en La Serena, una pedanía de Bédar. El jueves por la tarde estaban en la piscina cuando comenzaron a caer cenizas sobre las calles. Una vecina los alertó. Corrieron a sus casas a coger los pasaportes mientras el resto del pueblo huía ya en dirección contraria.
«Todo el mundo estaba en shock. Desde el coche mirábamos hacia abajo y en un minuto las llamas estaban más cerca. Venían de todos lados, el humo estaba en todas partes. En media hora todo estaba ardiendo», cuentan.
La evacuación no llegó a través de ninguna alerta oficial en el móvil. Fue verbal, puerta a puerta. Eso ralentizó la respuesta, pero también la hizo humana: vecinos avisando a vecinos, carreras, coches arrancando a toda prisa. Cerca de 1.500 personas fueron desalojadas de varios municipios y realojadas en hoteles, albergues, polideportivos y hasta en un antiguo convento.
Doce muertos y decenas de ilocalizados: la angustia de los que no aparecen
No todos lograron salir a tiempo. El incendio causó la muerte a 12 personas que intentaban escapar de las llamas. Las autoridades andaluzas hablan de 23 personas «ilocalizadas», un término que el consejero Antonio Sanz repite con insistencia: alguien ha avisado de que no las encuentra, pero podrían estar evacuadas, o podrían ser víctimas. Con denuncia formal ante la Guardia Civil, el balance oficial es de siete desaparecidos.
En las redes sociales, los llamamientos se multiplican. Desde Sheffield, Danielle Gillam-Kirton publicó que no podía contactar con sus padres, Pete y Fran Gillam, vecinos de Bédar. El primo de Jean Claude buscaba a la mujer de este, «desaparecida». Patricia Mcgough pedía ayuda en Facebook para encontrar a su hija, que salió en su coche el jueves por la tarde y no fue localizada sana y salva hasta el día siguiente.
Identificar a los fallecidos es una tarea compleja. El estado de algunos cuerpos ha obligado a enviar muestras biológicas a Madrid para su análisis por especialistas en criminalística, mientras agentes de la Policía Judicial recogen muestras de ADN entre los familiares desplazados a la zona.
Planes de emergencia obsoletos y una alerta que nunca sonó
Una de las críticas más repetidas apunta a la no activación del sistema Es-Alert, el mecanismo oficial diseñado para enviar avisos de emergencia a los teléfonos móviles. La evacuación, como confirman los testimonios, se hizo de forma verbal y puerta a puerta. Eso funcionó en algunos casos. En otros, puede que no llegara a tiempo.
Ecologistas en Acción fue más allá. La organización denuncia que varios municipios de la zona no tienen actualizados sus planes de emergencia forestal, incumpliendo el decreto 371/2010, que lo exige precisamente por tratarse de zonas de alto riesgo. El debate sobre cómo gestionar emergencias en entornos rurales con viviendas dispersas y aisladas queda abierto, sin respuesta fácil.
Una ventana de oportunidad: el fuego comienza a ceder
El sábado, las condiciones meteorológicas cambiaron. El viento bajó hasta los dos kilómetros por hora y la humedad relativa se situó en torno al 50%. El consejero de Emergencias llamó a esto una «ventana de oportunidad». Por primera vez desde que se declaró el incendio, los cerca de 500 efectivos del Plan Infoca y sus veinte medios aéreos pudieron pasar de la defensa al ataque.
La autopista A-7 reabrió al tráfico. Más de 600 evacuados pudieron regresar a sus hogares, y la práctica totalidad de las viviendas en el perímetro del fuego se salvaron.
Bédar seguía cerrado. Pero en algún lugar, Ken y su amigo esperaban noticias de su casa, de sus vecinos, de los que aún no aparecen. «Se necesitará mucho tiempo para recuperarnos de esto», decían. «No es solo el fuego. Mucha gente ha fallecido y otra mucha ha desaparecido.»
Cuando el humo se disipe del todo, quedará una pregunta que va más allá de este incendio: ¿estamos preparados para proteger a las personas que viven en los lugares más vulnerables, los más alejados, los más solos?
