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Buitres sobrevolando huellas de dinosaurios: el cañón riojano que guarda 140 millones de años de historia bajo sus rocas

by David Pérez
14 de julio de 2026
in Historia
Buitres leonados sobrevolando el cañón del río Leza en La Rioja, con huellas de dinosaurios visibles en las rocas rojizas

El cañón del río Leza, en La Rioja, alberga huellas de dinosaurios de hace 140 millones de años en sus paredes de caliza, mientras buitres leonados surcan el cielo sobre la garganta.

En el cañón del río Leza, en La Rioja, los buitres leonados pasan tan cerca que se puede escuchar el aire entre sus alas. Justo debajo, impresas en la roca, esperan las huellas de los dinosaurios que cruzaron este mismo suelo hace 140 millones de años.

Este desfiladero de seis kilómetros, encajado entre paredes de 700 metros, guarda capas de tiempo que muy pocos viajeros sospechan al llegar.

Un río que no da nada, solo gusto verlo

De los siete ríos que surcan La Rioja, el Leza es el gran desconocido. El Tirón riega viñedos, el Iregua abastece a seis de cada diez riojanos, el Cidacos y el Alhama irrigan huertas y alimentan balnearios. El Leza, en cambio, carece de esa utilidad práctica. Solo gusto verlo, como dicen los propios riojanos.

Llegar desde el sur por la LR-250 es ya una experiencia en sí misma. La carretera es estrecha, bacheada y sin arcenes, y los únicos usuarios habituales son las vacas, que se quedan paradas en mitad del asfalto observando el coche con indiferencia absoluta. El navegador pronostica 43 minutos para recorrer 31 kilómetros. Acierta.

Al final del trayecto espera Soto en Cameros, capital del Camero Viejo: un solo bar abierto, carteles de otro siglo que prohíben la entrada de carruajes y caballerías, y una larga lista de vecinos que emigraron a América entre 1880 y 1936. Ninguno volvió, por lo que parece. La densidad de población de la comarca ronda los 2,5 habitantes por kilómetro cuadrado, cifra comparable a la del Sáhara. Este territorio existe al margen del tiempo contemporáneo.

El mirador del Torrejón: donde los buitres pasan rozando

Nada más cruzar el puente medieval de Soto en Cameros, el río se encajona. Comienza así un cañón de seis kilómetros comprimido entre escarpes de 700 metros, con estratos calizos que forman escalones donde antes hubo bancales de cultivo. El mirador del Torrejón, a dos kilómetros de la población, es el mejor balcón sobre todo ello.

Desde allí, los buitres leonados no son una promesa lejana. Son 71 parejas más individuos solitarios que pasan tan cerca que los prismáticos sobran. Tan acostumbrados están a la presencia humana que se posan a pocos metros sin inmutarse.

Toda la zona es área de especial protección de aves, y se nota: alimoches, águilas reales, halcones peregrinos, búhos reales y más de una docena de especies habitan las paredes del cañón. Una senda sencilla y bien señalizada conecta el pueblo con el mirador en una hora. En primavera y otoño, con el río crecido, esta ruta alta resulta mucho más segura que el fondo del barranco.

La senda de los saurópodos: 140 millones de años bajo los pies

Hace 140 millones de años, en el Cretácico Inferior, el cañón todavía no existía. Este territorio era un delta donde el primitivo Leza desembocaba en el mar de Tetis, y en lugar de vacas, pacían dinosaurios. La erosión que excavó el desfiladero llegó mucho después. Las huellas, sin embargo, permanecen.

El yacimiento Soto 1, a diez minutos de paseo desde la ermita de la Virgen del Cortijo, conserva 53 huellas de 17 animales: ocho carnívoros, cuatro herbívoros y cinco sin identificar. Con la luz rasante del amanecer, las impresiones tridáctilas de los terópodos se perfilan con notable claridad sobre la roca.

A dos kilómetros de la ermita, el yacimiento Soto 2 registra 154 pisadas de saurópodos cuadrúpedos. Los expertos interpretan que revelan un comportamiento social: estos grandes reptiles rodeaban a sus crías para protegerlas, igual que hacen hoy búfalos y elefantes. Los dos yacimientos se alcanzan cómodamente desde lo alto del pueblo.

Orquídeas, mariposas y la vida menuda que sobrevivió a los gigantes

En los mismos bancales donde los dinosaurios dejaron sus huellas florecen orquídeas. La Ophrys scolopax, conocida como orquídea becada, no ofrece néctar; en su lugar, imita a las abejas con una precisión extraordinaria para garantizar su polinización. La estrategia lleva funcionando millones de años.

Sobre esas mismas rocas cretácicas revolotean decenas de especies de mariposas —cleopatra, ícaro, ondas rojas, duende naranjitas— indiferentes a la historia que guardan las piedras bajo sus patas.

El recorrido circular completo por la margen derecha del cañón suma 9,4 kilómetros y unas cuatro horas, pasando junto a la sima del Chorrón y los corrales de Playerne y Zorraquín, vestigios de la tradición ganadera trashumante. Llegar solo hasta Soto 2 y volver, dedicando tiempo a fotografiar orquídeas y mariposas, es la opción más recomendable para quienes prefieren ir sin prisas.

Trevijano, dólmenes y neveras: el Camero Viejo más allá del cañón

A pocos kilómetros de Soto en Cameros, la pedanía de Trevijano estuvo a punto de desaparecer en los años setenta. Hoy la habitan menos de treinta personas. El pueblo conserva una nevera del siglo XVI —un antiguo pozo de nieve— a diez minutos de paseo desde la ermita del Santo Cristo.

La senda circular hasta Trevijano mide 15 kilómetros y requiere unas seis horas, con paso por el collado de Mayo y un sepulcro megalítico. Si el tiempo o las piernas no acompañan, el desvío en coche merece igualmente la visita.

Para comer, el restaurante Presa de Terroba ofrece cabrito camerano asado; Monterreal, en San Román de Cameros, sirve cocina riojana tradicional. Para dormir, el albergue Las Huellas en Soto en Cameros es prácticamente la única opción, y suele estar lleno de mochileros.

Esa escasez de infraestructura turística no es un descuido. Es casi una declaración de principios. El Camero Viejo eligió la soledad, y esa elección es precisamente lo que lo mantiene intacto. Quizá la pregunta que vale la pena hacerse, después de caminar entre huellas de dinosaurios y buitres que rozan el hombro, es cuánto tiempo más puede un lugar así permanecer desconocido, y si realmente nos interesa que cambie.

Tags: buitresdinosauriosHistoriaLa Riojanaturalezasenderismoturismo rural
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