Puede que pedalear de noche por pistas de tierra y piedra suelta, lejos de casi todo, sea una completa locura. El potente haz de luz del foco amarrado al manillar forma una burbuja de seguridad en mitad de la oscuridad, pero uno rueda con aprensión, concentrado en anticiparse a las trampas del camino. Varios pares de ojos cruzan la pista a diferentes alturas, invitando a imaginar el tamaño del espectro.
En lo alto de una loma interminable, un espectáculo inesperado barre el horizonte: luces rojas colgadas del vacío, a diferentes alturas, parpadeando y destrozando una oscuridad solemne.
Un viaje que empieza en el delta y no termina donde uno espera
Son molinos eólicos. Solo molinos. Pero en la oscuridad absoluta, sus luces rojas parpadeantes flotan en el vacío como algo vivo. Ese momento resume bien lo que ofrece La Garba: un territorio conocido que, pedaleado de noche y a fondo, se convierte en algo completamente distinto.
El recorrido largo del evento, denominado Lo Voltor —el buitre—, arranca y concluye en l’Ampolla, una localidad de Tarragona enclavada en el delta del Ebro. Son 500 kilómetros y 9.000 metros de desnivel positivo trazados con una lógica clara: seguir el Ebro y algunos de sus afluentes a través de dos parques naturales, el Delta de l’Ebre y Els Ports. El asfalto es la excepción. La norma son pistas agrícolas, vías verdes y caminos que llevan siglos ahí.
La Garba: una carrera donde nadie compite contra nadie
Ramón Navarro organiza La Garba bajo la marca Pedalma, junto a su socio Óscar Rodríguez. Su filosofía es sencilla pero poco habitual en el mundo del deporte: la aventura y la convivencia van antes que la competición. No hay premios de ninguna clase. «Cada uno sobrevive con su plan y sus posibilidades», explica Navarro.
Eso no significa que nadie empuje fuerte. Este año, Ulrich Bartholmoes completó Lo Voltor en menos de 24 horas —aunque él es claramente la excepción. La mayoría planifica el esfuerzo con cabeza, y la organización recomienda una estrategia de tres noches: salir de l’Ampolla, dormir en Horta de Sant Joan tras 179 kilómetros, descansar la segunda noche en El Boixar y cubrir el tramo final al tercer día.
Del llano al abismo: los paisajes que cambian todo
Dejar el delta atrás no ocurre de golpe. Los arrozales y las lagunas ceden terreno de forma gradual, y los caminos se vuelven más sinuosos y exigentes casi sin avisar. Hasta que aparece el Puerto de Cardó: 12 kilómetros de asfalto con final en grava que, según Navarro, son «una bofetada para el entusiasmo del más templado».
Antes de la cima aguarda una sorpresa: los restos de un balneario abandonado, rodeado de pequeñas ermitas colgadas sobre torres de caliza. Uno de esos rincones que justifican por sí solos haber salido de casa. A ese paraje le sigue el Montsagre, duro y áspero, sin concesiones.
El alivio llega en forma de vía verde. El tramo por la Val de Zafán ofrece un respiro llano y luminoso antes de que la oscuridad vuelva a tomar el mando, y es ahí donde cada participante decide si duerme o sigue pedaleando.
Matarraña, Els Ports y la cima que lo explica todo
El tramo por el Matarraña es uno de los más agradecidos del recorrido. Desde Nonaspe hasta Valderrobres —con su notable puente de acceso al casco histórico—, los kilómetros fluyen sin resistencia. El río acompaña, el terreno colabora y, por una vez, el cuerpo no protesta.
Luego llega Els Ports, en Castellón, y la montaña rusa vuelve. Repechos, cansancio, emoción. Al final, la última ascensión: el Mont Caro. A primera vista parece un capricho del organizador, porque una vez arriba no hay más remedio que deshacer el camino. Las vistas, sin embargo, lo justifican: abajo, el delta del Ebro desplegado en su totalidad; a la espalda, el recorrido de alta montaña recién superado. Es entonces cuando el viaje cobra sentido completo.
El 50% es logística, el 30% es la cabeza: claves para afrontar el reto
Navarro es directo sobre lo que marca la diferencia: «Dormir tres o cuatro horas diarias separa disfrutar de sufrir de forma exagerada. Y no queremos sufrimiento, sino gozo sobre la bici». Su fórmula asigna el 50% del éxito a la logística y el material, el 30% a la mentalidad y solo el 20% a la condición física.
Los grupos se forman solos durante el evento. Personas que no se conocen acaban pedaleando juntas durante horas y construyen, a veces, amistades que duran mucho más que el viaje. Los habitantes de los pequeños pueblos del recorrido también forman parte de eso: animan, colaboran, se implican.
La Garba invita a preguntarse qué significa realmente completar un reto así. ¿Importa el tiempo? ¿Llegar el primero? O quizás lo que queda, cuando todo acaba, es otra cosa: el recuerdo de esos ojos cruzando la pista en la oscuridad, las luces rojas flotando sobre el horizonte y la certeza de haber visto un territorio que muy poca gente conoce de verdad.
